Editorial:

Europa y las barreras

MIENTRAS SE derrumban las fronteras interiores por exigencias del mercado único, la Comunidad Europea se afana por construir otras más altas y fuertes en su perímetro exterior para protegerse de los otros: latinoamericanos, magrebíes, africanos, gentes del menesteroso, prolífico y esquilmado Tercer Mundo, que llaman a su puerta en busca de refugio, trabajo y solidaridad. Siguiendo esa lógica, la frontera exterior española acaba de hacerse un poco menos accesible para estas personas con las nuevas cuotas de entrada anunciadas: 5.000 pesetas por persona y día, en lugar de las 3.000 actuales, y e...

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MIENTRAS SE derrumban las fronteras interiores por exigencias del mercado único, la Comunidad Europea se afana por construir otras más altas y fuertes en su perímetro exterior para protegerse de los otros: latinoamericanos, magrebíes, africanos, gentes del menesteroso, prolífico y esquilmado Tercer Mundo, que llaman a su puerta en busca de refugio, trabajo y solidaridad. Siguiendo esa lógica, la frontera exterior española acaba de hacerse un poco menos accesible para estas personas con las nuevas cuotas de entrada anunciadas: 5.000 pesetas por persona y día, en lugar de las 3.000 actuales, y en todo caso, un mínimo de 50.000 pesetas, además de la posesión de billete para el regreso o el traslado a un tercer país.Parece, en principio, inevitable que los países comunitarios unifiquen los criterios de entrada por la frontera común para impedir que ninguno de ellos facilite más que los otros el ingreso en la Comunidad entera. Pero el problema es de tal envergadura política y social que no puede reducirse exclusivamente a una dimensión policial. Es imprescindible un diseño gubernamental europeo que opte claramente por mantener a Europa como la tierra de asilo y de acogida que siempre ha sido.

La decisión de encarecer la entrada en España va a afectar fundamentalmente a los ciudadanos de los países exentos de la obligación de visado y que se arriesgan a viajar hasta las fronteras españolas para probar suerte: es decir, magrebíes y latinoamericanos. Para los que necesitan visado la criba se efectuará en el país de origen. Este sistema dificilmente impedirá la entrada en Europa de traficantes de droga y otros delincuentes de altos vuelos -argumento en el que se atrincheran xenófobos y racistas-, pero puede resultar muy eficaz para devolver a su país de origen a personas que llegan huyendo del hambre, de la persecución o de la guerra. Europa ha integrado en su sistema productivo a millones de extranjeros, que han contribuido así a su desarrollo económico. Actualmente, en Francia hay un extranjero por cada 13 habitantes, y uno por cada seis en Suiza. En España, los 700.000 existentes suponen el 2% de la población. El fenómeno, por lo demás, no es nuevo en absoluto. La cultura europea -esa que los sacerdotes del purismo quisieran ver incontaminada- es en realidad el resultado de un mestizaje secular de pueblos, razas, religiones y modos de vida venidos a este continente desde los confines más extremos del mundo. Y nadie puede decir que el resultado no valió la pena.

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