La(s) derecha(s) en Chile
Tienen la oportunidad, pero también el deber, de reflexionar sobre su pasado, su presente y su futuro. Tanto para evitar errores de diagnóstico, como para construir mayorías con aquellos que no siempre piensan igual

Hablar de las derechas en Chile –en plural– no es una exageración, sino una descripción ajustada y precisa. Bajo esa etiqueta conviven distintas tradiciones (liberales, conservadores, corporativistas, nacionalistas) que, aunque comparten ciertos principios, no siempre han coincidido en la forma de llevarlos a la práctica. Mirada la cuestión desde una perspectiva histórica, esas diferencias no son sorprendentes ni necesariamente negativas.
De hecho, muchas veces esas discrepancias se han ordenado dentro de un marco compartido. Así, por ejemplo, durante el siglo XIX y buena parte del XX, liberales y conservadores se distanciaban en los énfasis, pero compartían una idea común: la política debía moverse a partir de reglas conocidas y hasta cierto punto inmutables. De ahí su valoración del orden institucional, su preferencia por la reforma antes que la ruptura y su desconfianza hacia proyectos que buscaban construir el paraíso en la Tierra. Esa coincidencia no eliminaba las divergencias, pero sí les daba un cauce.
Incluso en materia económica, donde las distancias parecían mayores, existían puntos de contacto. El liberalismo clásico, muy de moda en el siglo XIX, no separaba el mercado de la vida social; el conservadurismo, por otro lado, no era ajeno a la idea de cambio, siempre que este se diera dentro de límites reconocibles. Esa combinación permitía sostener principios relativamente estables sin quedar del todo desconectados de la realidad.
Ahora bien, el equilibrio liberal-conservador no ha estado ajeno a conflictos ni rencillas. Por de pronto, en la segunda mitad del siglo XX el liberalismo se identificó cada vez más con el mercado y el conservadurismo con el orden. Esa división comenzó a profundizarse durante los años 80, cuando una parte de la derecha optó por adaptarse a los consensos de la futura transición, mientras otra los miró con creciente distancia.
Y si bien los puntos de contacto anotados arriba nunca desaparecieron —permitiendo, entre otras cosas, que Sebastián Piñera llegara dos veces al poder en menos de una década—, el estallido social de 2019 y sus consecuencias obligaron a explicitar posiciones que antes podían mantenerse en un plano secundario. Desde entonces, las derechas no solo discuten estrategias, sino diagnósticos. Para algunos, el problema principal ha sido la falta de adaptación a cambios sociales evidentes; para otros, el debilitamiento del orden y la pérdida de autoridad. Ambas miradas se distancian en lo esencial: qué corregir y hasta dónde hacerlo.
A eso se suma un sistema político más fragmentado, donde las derechas ya no actúan como un bloque relativamente cohesionado, sino como un espacio en disputa. No hay nada de malo en ello, en tanto la democracia supone competencia y pluralismo. La pregunta es si la pluralidad de opiniones podrá ordenarse en torno a un proyecto reconocible o si terminará debilitando la capacidad del sector para incidir en la toma de decisiones.
Ese desafío se jugará en tres planos. El primero es el económico: cómo volver a crecer y generar empleo en un país que arrastra un déficit fiscal estructural y una incertidumbre creciente en materia de inversiones. El segundo es el social: cómo responder a demandas de seguridad, migración y cambio cultural sin caer en simplificaciones y discursos para la galería. El tercero es político: cómo construir mayorías en un escenario donde la discusión adversarial muchas veces le gana al debate de largo aliento.
El Gobierno de José Antonio Kast será una prueba concreta. Chile Vamos no puede situarse en una lógica puramente opositora, aunque tampoco puede diluirse en un apoyo acrítico. La colaboración será necesaria, en particular en materias donde hay coincidencias evidentes. Pero esa cooperación debe ir acompañada de algo más exigente: una reflexión profunda sobre las causas y consecuencias de lo mucho que ha sucedido en el país en un periodo relativamente corto de tiempo, incluidos los dos procesos constituyentes fallidos.
Porque, en el fondo, no se trata solo de coordinarse mejor, sino de tener claridad sobre el tipo de país que cada proyecto busca legar a las generaciones futuras. Sin eso, cualquier acuerdo tiende a ser transitorio. Sin eso, las alianzas se quedan en un ámbito meramente electoral, meramente pragmático.
En definitiva, las derechas tienen la oportunidad, pero también el deber, de reflexionar sobre su pasado, su presente y su futuro. Tanto para evitar errores de diagnóstico, como para construir mayorías con aquellos que no siempre piensan igual. Allí es donde sus líderes serán posteriormente analizados y juzgados.
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