Cambio de mando
Al comenzar esta nueva etapa es necesario que todos los sectores políticos asuman una disposición compartida en trabajar por el bien común de Chile, sabiendo que en democracia nadie ha ganado para siempre y que nadie tampoco lo ha perdido todo
El cambio de mando del 11 de marzo del 2026 no será el más dramático ni el más importante de nuestra historia patria. No marca la salida de una dictadura, ni está precedida por una catástrofe social o natural que nos haya tenido al borde de un abismo. Sin embargo, constituye un cambio significativo.
Está por concluir un Gobierno donde predominó por cuatro años la izquierda radical, presidida por un joven político que encarnó un discurso refundacional extremo y que, casi por casualidad, los acontecimientos colocaron en tan alta responsabilidad.
Comenzará el Gobierno de un político con amplio recorrido, que hasta hace algún tiempo nadie habría distinguido demasiado, salvo por su gran conservadurismo que lo llevó a ponerse a la derecha de la derecha tradicional que había gobernado dos veces desde el regreso de la democracia.
Para aumentar su significación, la centroizquierda que dirigió los cuatro primeros gobiernos en democracia de manera exitosa, hoy ya no existe como tal. Sus partidos terminaron acercándose de manera subalterna a la izquierda radical, terminando algunos de ellos algo deshilachados, otros dirigentes y seguidores acercándose a la derecha e, incluso al Gobierno entrante. Y, finalmente, otros quizás más cabezotas, reformadores y socialdemócratas, quedaron en una espléndida soledad observando los acontecimientos, sin otra ventaja que su libertad de espíritu.
José Antonio Kast venció las elecciones con viento a favor, astucia y sobre todo serenidad. A una extensa mayoría de votantes no les había gustado el Gobierno de Gabriel Boric, y sus razones tenían. En verdad no fue un buen Gobierno, y no solo por falta de experiencia y de talento político; tuvo un exceso de soberbia y profundizó algunas malas costumbres.
El peor error político fue jugarse por entero por la propuesta construida en la Convención Constitucional, donde cristalizó su concepción refundacional a través de un proyecto mal pensado y peor formulado que, a fin de cuentas, imponía una visión minoritaria que dañaba a la democracia. Ella fue rechazada con espanto por una mayoría aplastante no por ser “demasiado avanzada”, como señaló Boric, sino por un sano sentido común.
Boric aceptó la derrota, y de allí para adelante se quedó sin ideas, instalándose en una mediocre gestión en la cual el país no se cayó a pedazos, pero tampoco funcionó con eficiencia. El resultado fue un estancamiento, la economía creció apenas, se avanzó en el control de la inflación, pero anduvo muy mal en déficit fiscal. Decir que estabilizó el país, es largamente exagerado. Las cifras están a la vista.
Se acumuló una percepción ciudadana negativa sobre seguridad, regulación de la inmigración, empleo, educación, salud, vivienda y corrupción. Lo que sucedió es algo clásico en la política: la opinión pública desilusionada se volcó al otro extremo.
Votaron por Kast no solo quienes compartían su visión, ellos son una minoría, sino muchos que esperan de él soluciones a los acuciantes temas en los que predomina una percepción negativa. El resultado fue claro, pero no agobiante para el funcionamiento democrático.
La votación obtenida por la próxima oposición otorga los elementos para realizar los controles y el balance que una democracia requiere.
El presidente electo se mostró en un principio con un estilo dialogante y sobrio, algo deslucido quizás, pero poniendo el acento en los temas por los cuales fue votado, sin mentar, salvo en Bruselas, delante de sus amigos ultraderechistas hiperventilados, los temas religiosos, reproductivos, doctrinarios y culturales que forman parte de su identidad profunda pero que la mayoría de los chilenos no comparte. Lo hizo de manera moderada en comparación a sus correligionarios de otras latitudes que son groseramente vocingleros.
Después de ese primer momento gentil y republicano (en el sentido romano de virtud), las cosas se han ido encrespando entre vencedores y vencidos.
Los vencidos en verdad han tenido varias ‘avivadas’ no muy estéticas, y han sido demasiado activos para agrandar el llamado “legado” en los descuentos, pero eso es una misión imposible porque la estampa del balance de gobierno se parece más a Rocinante que a Bucéfalo.
Los vencedores comienzan por su lado a mostrar mal genio, hasta Kast frunce el ceño y se les escapan amenazas indebidas que despiertan inquietudes.
En su gira de presentación en sociedad, no todo fue acertado: algunas visitas reflejan cortoplacismo. Se entiende lo de Milei, pues pese a la motosierra. Argentina es un vecino insoslayable. Se aplaude lo de Brasil con Lula, pues tiene sentido de Estado. Lo de Meloni también salva, no le va tan estupendo como dicen, pero es pragmática y hábil. Lo de Bukele es una ganancia corta y peligrosa, y lo de Orbán no es ni siquiera ganancia.
Veremos qué señal dará con Trump cuando lo vea; si caerá en el halago servil que él espera siempre de todos, o si mantendrá, más allá de su cercanía política con algún empaque y dignidad, la línea histórica y los principios de nuestra política exterior, que están bastante lejos del simplismo intimidatorio que ejerce el actual presidente de EE UU.
El Gabinete ministerial nombrado suena respetable y no es un Gabinete de guerra. Kast ha manejado bien sus silencios, veremos cuando hable y actúe si sus palabras y acciones tomarán el camino de una dialéctica democrática. Ello dependerá del Gobierno en primer lugar, pero también de la oposición.
Que los dirigentes de un partido de la próxima oposición, el Comunista, llamen a movilizaciones en el día del cambio de mando, es una grave confusión de escenario, que solo cabe en cabezas fanáticas y tontorronas. Es puro oportunismo y nos hace daño como país.
Una relación respetuosa de adversariedad es lo que conviene a Chile, más aún en un mundo tan enfrentado como el de hoy, donde defender los intereses nacionales no será sencillo.
Al comenzar esta nueva etapa es necesario que todos los sectores políticos asuman una disposición compartida en trabajar por el bien común de Chile, sabiendo que en democracia nadie ha ganado para siempre y que nadie tampoco lo ha perdido todo. Será la ciudadanía y solo ella la dueña de nuestro destino futuro.
Hacer del debate democrático una pelotera donde sea imposible lograr acuerdos, sería muy irresponsable. Atravesamos tiempos duros e imprevisibles. No hay espacio para jaleos, embrollos y berenjenales que nos lleven a un atolladero sin destino.