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GUERRA ENTRE ISRAEL Y GAZA
Columna
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Del horror y de la belleza

En la Franja, miles de muertos triturados entre los escombros no esperan ni el comienzo ni el final de nada

Palestinos lloran junto a los cuerpos de los muertos en ataques de Israel, en un hospital de Rafah, en el sur de la Franja de Gaza, el 4 de diciembre de 2023.
Palestinos lloran junto a los cuerpos de los muertos en ataques de Israel, en un hospital de Rafah, en el sur de la Franja de Gaza, el 4 de diciembre de 2023.MOHAMMED SALEM (REUTERS)

Ya, cójame la mano.

¿Qué le coja la mano?

Sí. ¿Y por qué?

Porque se dice que eso es lo que la gente hace cuando esperan el final de algo.

Son solo las últimas líneas de una novela, Stella Maris, del escritor norteamericano Cormac McCarthy. Fue publicada en el 2022, un año antes que su autor muriese, y se trata de una conversación que sostiene Alice Western, una joven doctorada en matemáticas en Alemania y diagnosticada de esquizofrenia paranoide, quien se ha internado voluntariamente en una clínica, y que le pide al psiquiatra que le fue asignada que le tome la mano. No es más que eso, apenas un diálogo con el que termina un libro, pero que en su parquedad, en su desolada desnudez y, sobre todo, frente al presente, tiene algo profundamente perturbador y a la vez imponente.

Es como si algo efectivamente estuviera concluyendo. Algo inmenso, pesado, y al mismo tiempo casi irreal. Tan irreal que de pronto es como si toda la saga humana; las incontables lenguas que hemos hablado, las infinidades de culturas, de religiones, creencias, historias y genocidios e inesperados heroísmos, estuviese a punto de disolverse con un simple pestañeo, con solo un cambio de mirada.

Al frente, recortándose contra un atardecer permanentemente inmóvil, pareciera emerger algo que rebalsa todas las ideas con que intentamos definirlo y ante el cual, lo único que nos es dado desear es que, contra todas las evidencias que tenemos a mano, sea algo mejor que lo ya hace miles de años nos ha tocado ver y vivir. Que si no es el fin de todo, que al menos nos ahorre, aunque sea una mínima parte, la crueldad de este presente interminable que nos condena a ser víctimas o cómplices forzados de un horror que enceguece.

Pero vuelvo atrás. Stella Maris, la novela a la que me refería, fue publicada junto con otra novela que la precede, El pasajero, en un volumen único. Desde la icónica La carretera publicada 16 años antes, nada había aparecido del autor de Meridiano de sangre, Todos los hermosos caballos o No es país para viejos, entre otras novelas igualmente magistrales. Sin embargo, son estas dos últimas, El pasajero y Stella Maris, las que representan una culminación, y no solo de la portentosa obra de Cormac McCarthy, sino de esa ya larga saga que acompaña al mundo que llamamos literatura.

El pasajero tiene como personaje central a Bobby Western, el hermano de la joven que está hablando con el psiquiatra, y quien después de vagar por todo el país como un habitante de paso, llega finalmente a residir en Formentera. En la contratapa del libro se dice que El pasajero es “una sobrecogedora novela sobre la moralidad y la ciencia, el legado del pecado y la locura que se aloja en la conciencia humana”, y más abajo, refiriéndose ahora a Stella Maris, dice que se trata de “una investigación filosófica que cuestiona nuestras nociones de Dios, la verdad y la existencia”. Está bien, son unos buenos párrafos de contratapa, pero a la vez es algo infinitamente más puro e hiriente que eso: es la Belleza.

Al final de la novela, Western yace en su cama en un molino de viento escribiendo una carta a su hermana, el amor de su vida. Ha olvidado su cara –ella se había rehusado de verlo desde hace años–, y él cree que volverá a verla cuando muera:

“Sabía que el día que muriera vería el rostro de ella y quería pensar que podría llevarse consigo aquella hermosura, él, el último pagano sobre la faz de la tierra, cantando en su jergón a media voz en una lengua ignota”.

Entiendo entonces que el hecho de que Cormac McCarthy haya publicado estas dos novelas juntas no es casual, porque amabas quedaban así, hermanadas para siempre, física, materialmente, como lo estaban esos dos hermanos, Alice y Bobby, en la mente prodigiosa de su autor.

Y es apenas una delgadísima línea de luz, casi imperceptible, cruzando esta tierra hinchada de vergüenza y sangre.

Corte.

Afuera, el enloquecedor bombardeo.

Vamos, cójame la mano

Pero nadie contesta, solo los pedazos rotos de otros dedos que parecieran aún temblar a pocos centímetros de los que fueron sus dedos.

Abajo, en la franja, miles y miles de muertos triturados entre los escombros.

Sus manos no se cogen.

No esperan ni el comienzo ni el final de nada.

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