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Literatura cruel para tiempos crueles

En un momento en el que ha crecido la aceptación de la violencia extrema, puede que necesitemos libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres

El escritor estadounidense Cormac McCarthy, fotografiado en 1992 en El Paso, Texas. Gilles Peress (Magnum Photos / Contacto)

Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le ...

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Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le aplauden; como también se aplaude y vota a quien promete encerrar a inmigrantes en campos de concentración, bombardea hospitales o defiende a soldados violadores. El auge de la ultraderecha genera ecos de los horrores del siglo XX y muestra una vez más cómo los discursos de aniquilación del prójimo pueden volverse hegemónicos.

Podría pensarse que en tiempos como estos la literatura tiene sobre todo una función reparadora: ofrecer consuelo a nuestros atribulados corazones. Sea bajo la forma de literatura de evasión, o construyendo historias de superación personal, o mediante relatos que nos confortan expresando emotivamente lo que ya creíamos antes de leer, la literatura puede tranquilizarnos, situándonos en el lado correcto de la humanidad y creando en sus páginas una solidaridad de la que andamos necesitados.

Pero es posible que también necesitemos lo contrario, una literatura cruel para tiempos crueles, es decir libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres, que produzcan malestar al quitarnos los asideros a los que nos aferramos en el suelo tambaleante del presente. La réplica obvia a esta propuesta solo en apariencia paradójica sería: el mundo ya duele lo suficiente como para, además, adentrarnos en un arte doloroso; déjame respirar, déjame descansar, déjame, al menos, un espacio donde sentir alivio y el calor del grupo.

Resulta llamativo que, al mismo tiempo que buscamos espacios protegidos para nuestras emociones en distintas formas artísticas, asistamos desde hace años a un proceso en el que lo gore —antes un género de nicho—, se ha extendido en la literatura, el cine y las series, de forma que las vísceras, las violaciones, las torturas y los asesinatos más brutales se han ido convirtiendo en ingredientes habituales de nuestras cenas y sobremesas. Pero se trata en general de una violencia conformista que da al consumidor justo lo que espera: por un lado, un cosquilleo en su sistema nervioso que nunca impulsa a acción alguna y que justifica nuestras respuestas primarias hacia amenazas reales o imaginarias. Por otro, indiferencia frente a las víctimas, convertidas en un elemento más de la diversión.

Solo mirando de frente la realidad, en particular la que no queremos ver en nosotros mismos y en nuestras relaciones, podemos dar pasos para cambiarla

La crueldad que necesitamos en el arte no es ni la del espectáculo desensibilizador ni la del cortejo sumiso de las certezas que arropan los discursos hegemónicos. Lo que necesitamos es un aparente oxímoron: una crueldad ética, capaz de romper los consensos acomodaticios, narrar a contrapelo no ya del poder, también de la buena conciencia de los lectores y lectoras, desmontar narraciones que apuntalan formas aceptadas de violencia, empujar a ver las sombras que preferiríamos ignorar. Su violencia no fluye necesariamente con la sangre vertida en sus páginas, sino que se agolpa como agresión hacia quien lee. En lugar de darle el espectáculo catártico deseado o la justificación que necesita para sus propias agresiones, frustra una y otra vez sus expectativas.

Hay numerosos ejemplos de “literatura cruel”. Uno muy adecuado ahora que está cobrando fuerza el proyecto de fundar una sociedad en la que se enarbola la libertad como disfraz de la brutalización de las relaciones nacionales e internacionales, es Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, novela salvaje que desmantela la épica fundacional de Estados Unidos, presentando la historia como una sucesión de masacres cometidas por cazadores de cabelleras, y al mismo tiempo derriba las coartadas de todas las formas de épica nacional; los héroes a los que honran las patrias son asesinos, podría ser su inquietante conclusión.

También las novelas de Agota Kristof trabajan con la neutralización de toda forma de empatía e incluso de comprensión: nada hay en el mundo de Claus y Lucas que nos permita cerrar el libro con nuestras convicciones reforzadas. No ayudarnos a aprender, sino a desaprender las falsas verdades que hemos dado por buenas es la tarea de la filosofía según el filósofo Clément Rosset y también podría ser la de la literatura.

Habría sido fácil para Kristof convertir esta trilogía en un alegato contra el maltrato y abuso infantil, o contra el nazismo, o contra el estalinismo, temas que aparecen en la obra. Eso habría permitido al lector dejarse arrastrar por una empatía que lo llevara al puerto seguro de la superioridad moral. Pero Kristof se niega a darnos ese gusto y prefiere empujarnos a la incertidumbre.

Por su lado, Elfriede Jelinek destroza la buena conciencia y las buenas maneras de la sociedad austríaca —¿solo la austríaca?—, cuyo amor a la música y al paisaje se nos presenta como una forma de perversión, como exudado de la rapacidad capitalista. Y aunque quisiéramos solidarizarnos con las mujeres oprimidas y violadas de sus novelas, tampoco ellas son solo víctimas ni practican la sororidad, sino que han aprendido a arrumbar la piedad en un rincón de este mundo despiadado. El feminismo necesario de nuestra época se encuentra en Jelinek con una imagen que nos obliga a huir de cómodas simplificaciones.

Libros como estos no son una exhibición de negro pesimismo: más bien descubrimos en ellos el deseo, imprescindible en estos tiempos siniestros, de derribar las ficciones con las que decoramos nuestras culpas y complicidades inconfesables. Solo mirando de frente la realidad, en particular la que no queremos ver en nosotros mismos y en nuestras relaciones familiares y sociales, podemos dar pasos para cambiarla. Lo que parece nihilismo quizá sea lo contrario: una manifestación de fe en la capacidad transformadora que habita en nosotros.

José Ovejero es escritor. Es autor del ensayo ‘La ética de la crueldad’ (Galaxia Gutenberg, reedición ampliada de 2026).

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