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Lo sintético y lo sublime

¿Qué valor tiene lo humano, finito e imperfecto, si podemos fabricar algo que imita sus habilidades y esquiva su vulnerabilidad? Descubrirlo es la tarea de los próximos años

Hay años que parecen décadas. Se diría que no pertenecen al calendario ordinario sido a otra escala, mítica y monstruosa. 2025 ha sido uno de esos años. Lo hemos vivido copiosamente, sobreestimulados, sobreexcitados, y sobrevendidos; consumidos por una energía que sólo me sale llamar apocalíptica. Suspendidos en un estado de satur...

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Hay años que parecen décadas. Se diría que no pertenecen al calendario ordinario sido a otra escala, mítica y monstruosa. 2025 ha sido uno de esos años. Lo hemos vivido copiosamente, sobreestimulados, sobreexcitados, y sobrevendidos; consumidos por una energía que sólo me sale llamar apocalíptica. Suspendidos en un estado de saturación sin clímax, con la fuerte intuición de algo que se acaba, pero sin la visión clara de lo que viene a reemplazarlo. Pero la sensación de que no será mejor que lo que acaba, y el miedo inconfesable de que lo reemplazado podríamos ser nosotros. Siempre hay alguien más joven y hambriento bajando las escaleras detrás de ti pero ¿cómo competir contra una infatigable, insaciable y eterna mente sintética?

Estar tan ciegos cuando tenemos los ojos y los oídos embadurnados de datos produce una clase especial de disonancia. Primero, porque nos obliga a sostener múltiples hipótesis al mismo tiempo, y eso consume muchos recursos mentales. A diferencia de la IA insaciable, nuestro cerebro es económico y se resiste a hacer más de lo habitual. Segundo, porque tenemos una fuerte intolerancia a la ambigüedad. Hemos evolucionado en un contexto en el que lo ambiguo era casi siempre un vecino con sed de venganza, una hiena glotona, una baya letal. Somos el único animal enfermo de futuro, dividido entre nuestra ambición desmedida y una gran debilidad por la conspiración. Cuando no vemos lo que hay detrás de las montañas, nos sentamos a catastrofizar.

Hace siglos que vivimos amenazados por la promesa de una nueva humanidad perfecta que nos desplace en el trono evolutivo. Desde que vimos comer al pato de Vaucanson, jugar al turco de Kempelen y moverse a los cadáveres de la morgue, sacudidos por la electricidad. Mary Shelley articuló la catástrofe con precisión prefreudiana: nuestra ambición es un monstruo que sólo puede destruirnos, porque, sin quererlo, refleja nuestras faltas y repele nuestro afecto. La Revolución industrial introdujo un relato menos romántico: la máquina es la manifestación de un poder que desdeña destruirnos, pero sólo porque nos quiere esclavizar.

Hay quien piensa que cultivar los caminos del encantamiento en un mundo en llamas es banal y egoísta

La criatura que domina nuestra era es hija de la ambición desmedida de siempre y los algoritmos de recomendación de la Red Social. Ha sido alimentada con palabras, imágenes, deseo, ternura, miedo, exhibicionismo, ansiedad y violencia humana. No nos aterra su monstruosidad porque está hecha de nosotros, y porque el ansia competitiva y compulsiva de perfección nos hibrida con ella; vivimos en una carrera por la cultura inmediata, eficiencia automática, memes virales, frentes de alienígena, pómulos hialurónicos, piel de cristal. No nos parece completamente humana, pero nosotros tampoco queremos serlo. El humano es finito, vulnerable, contradictorio e incompleto, y nosotros aspiramos a una existencia libre de virus y bacterias, exenta de errores, impermeable al miedo, el desencanto o el dolor. Ese rechazo por las “debilidades” humanas conjuga perfectamente con las campañas supremacistas y antipersonas del nuevo orden mundial.

¿Qué valor tiene entonces lo humano, finito e imperfecto, si podemos fabricar algo que imita sus habilidades y esquiva su vulnerabilidad? Descubrirlo es la tarea de los próximos años, tratar de entender lo que significa habitar un mundo de supuestos que se desmoronan, como describía recientemente el brillante Carlos Delclós. Es un trabajo para el que los artistas están mejor equipados que los científicos, y posiblemente los filósofos, porque requiere entregarse a procesos de conocimiento que nos apartan de lo intelectual. La religión es un atajo, como demuestra la ardiente proliferación de santos, monjas y místicos en cartelera, precisamente porque se adentra en lo incomprensible y admite la posibilidad de un saber que carece de utilidad inmediata. Y porque integra el cuerpo como único portal de ese conocimiento, y lo prepara con rituales de ayuno, canto, repetición, y silencio. La IA no sabe porque no tiene cuerpo, me decía recientemente la artista y escritora Alicia Kopf.

Todas las religiones contienen lo místico. No todo el misticismo necesita una religión, pero sí requiere del cuerpo. A diferencia de los ángeles y de los superhéroes, las místicas, monjes y visionarios están hechos de carne mortal. Rosalía sale a buscar con la Sinfónica de Londres, un ejército de cien cuerpos armados de instrumentos acústicos, y ocho místicas arrebatadas de visiones que no siempre tienen que ver con Dios, y menos con la iglesia. Olga de Kiev camina con el cabello en llamas ejecutando una venganza masiva y violenta. Ryonen Genso destruye su propia belleza para poder estudiar. Marina Abramović busca la trascendencia en el encuentro directo de los cuerpos con los cuerpos; James Turrell en el encuentro de los cuerpos con la luz. Son exploradores de lo sublime, que no es una experiencia placentera de lo bello ni la búsqueda de lo perfecto sino el encuentro con aquello que nos sobrecoge y nos anuncia una realidad que trasciende a la nuestra. Lo reconocemos porque nos ocurre en el cuerpo y nos obliga a parar, estar presentes, guardar silencio y prestar atención.

Hay quien piensa que cultivar los caminos del encantamiento en un mundo en llamas es banal, y egoísta. Yo misma, en mis peores días, lo pienso: quién lee poesía cuando hay un genocidio en Gaza. Qué clase de persona se pone a hacer un disco cuando arden cientos de bosques cada año, y millones de especies desaparecen con él. Esquivar lo sublime no nos empuja al activismo sino a una vida anestesiada de rutina, consumo y placeres intercambiables. Estar vivo es encontrar en este infierno lo que no es infierno y hacerle sitio y dejarlo respirar.

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