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Dictadura argentina
Opinión

Robar el fuego a los dioses

Recordar el golpe de Estado de 1976 en Argentina nos permite entender que hubo una generación que se atrevió a soñar en voz alta

Manifestantes en Buenos Aires, en 1976. Bettmann (Getty Images)

En noviembre de 1978 mi madre llegaba al aeropuerto de Barajas desde Buenos Aires con el exilio garabateado en la cara y un dolor inabarcable impregnado de derrotas en el corazón. De su mano íbamos mi hermana mayor y yo, y en su tripa nuestra hermana menor.

Dos años antes, un 24 de marzo, una junta de militares liderada por Jorge Rafael Videla tomaba el poder en Argentina a través de un golpe de Estado. Se iniciaba así uno de los periodos más sangrientos y crueles de la historia del país. Las torturas, asesinatos, secuestros, la desaparición forzada de personas, el robo de bebés y el miedo impuesto a toda la sociedad fueron sus señas de identidad.

La dictadura quiso borrar todo rastro de disidencia y con ella eliminar de raíz a una generación entera de pensadores y activistas. Entre ellos el compañero de mi madre, mi padre, el actor Diego Fernando Botto.

La memoria es constitutiva de nuestra identidad. Lo es porque somos el cúmulo de vivencias y hechos que nos precedieron. Somos el conjunto de amores, desamores, afectos, victorias, derrotas, trabajos, llantos, alegrías y rutinas que hemos ido acumulando a los largo de nuestra vida. Si alguien nos arrebatara de repente alguna parte de nuestro pasado, sin duda modificaría nuestro presente. Ninguno de nosotros sería exactamente el mismo sin aquel beso que dimos por primera vez al amor de nuestra vida, sin aquel viaje con nuestra madre, sin aquel trabajo o aquel acto de rebeldía que tanto nos influyó.

Lo mismo ocurre a nivel colectivo. Lo que una sociedad decide recordar de sí misma y lo que decide olvidar termina conformándola como país. Si en España se decidiera hacer festivo el 18 de agosto, día del asesinato de Federico García Lorca, o el 24 de agosto, día en que tropas republicanas liberaron en 1944 Paris de los nazis, este país seguramente tendría otra percepción de sí mismo. Lo que decidimos poner en valor de nuestro pasado habla de quienes somos como país en nuestro presente.

Recordar de forma activa el 24 de marzo de 1976 dice algo de qué quiere ser Argentina como país, especialmente ahora que tiene un presidente negacionista en la Casa Rosada.

La memoria, por tanto, nos conforma y nos dota de identidad. Por eso la memoria histórica no es un espejo retrovisor para mirar el pasado sino un espejo frontal para entendernos en el presente.

Recordar hoy el 50 aniversario del golpe de Estado en Argentina no sirve solamente para honrar a las víctimas de la dictadura sino para entendernos un poco mejor.

Nos permite entender que los fascismos nacen siempre con la patria en la boca y después son los primeros en venderla y traicionarla. Su único propósito es la defensa de los intereses de unas reducidas elites económicas. Nos permite entender que los fascismos en el pasado apelaron a la seguridad de la clase media para después abandonarla tras haber sembrado las condiciones de pobreza que generarían mas inseguridad. Que tras la fervorosa defensa de la familia tradicional se esconden aquellos que pueden torturar mujeres embarazadas y secuestrar a sus bebés, como hicieron en Argentina. Nos permite entender que el monstruo de la deshumanización del adversario desemboca en atrocidades que sobrepasan la peor de nuestras pesadillas. Que siempre necesitan de un otro (pobre y de origen foráneo) al que dibujar como un ente organizado y poderoso para justificar el descenso a los infiernos de la violencia. Que las guerras a las que nos arrastrarán se ceban con nuestros muertos y nunca con los suyos.

Recordar nos permite codificar las señales a las que tenemos que estar atentos cuando la rueda de la historia gire con la voluntad de repetirse, ya sea como drama o como farsa.

Pero recordar el 24 de marzo de 1976 también tiene otro sentido identitario para nuestro presente. Nos permite entender que hubo una generación que se atrevió a soñar en voz alta. Soñaron ni más ni menos con robarle el fuego a los dioses y entregárselo a los humanos. Algunos hombres y mujeres arriesgaron lo mejor que tenían, incluso la vida, para que unos pocos dejaran de imponer su voluntad sobre el destino de unos muchos. Hubo una generación que, en circunstancias mucho más adversas y complejas que las nuestras hoy en día, se lanzó a conquistar la libertad y el derecho a la felicidad. El derecho —no divino, sino humano— de poseer los recursos que podrían generar alimento y cobijo para millones de personas. Soñaron con una sociedad distinta más justa y libre.

A nadie se le escapa que la derrota fue colosal. Aceptar eso sin medias tintas es parte imprescindible de mirarnos en ese espejo con honestidad. 30.000 personas desaparecidas, decenas de miles de exiliadas, torturadas, muertas, el desastre de Malvinas y una herida abierta en el corazón del país que perdura hasta hoy.

En lo personal las heridas están ahí. Un noviembre de 1978 mi madre llegaba a Barajas con las derrotas puestas y la mirada clavada en el futuro. Con la necesidad de sobrevivir y arañarle aún al destino la posibilidad de una felicidad conquistada. Porque en el mero hecho de sobrevivir y ser felices había una victoria robada a la dictadura.

Si algo nos devuelve el espejo de la memoria es la certeza de que esto que somos hoy es producto de nuestras caídas y levantadas, de nuestros aciertos y errores. Hoy sabemos que llevamos en la sangre la herencia de aquellos que lucharon.

Y quizá… no me cabe duda, un día, más pronto que tarde, encontraremos la manera de abrir las grandes alamedas y arrebatarle el fuego a los dioses.

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