Ir al contenido
_
_
_
_
Dictadura argentina
Opinión

El final del futuro

Quizás aquel 24 de marzo haya sido el momento en que la Argentina perdió el eje que le había dado sentido durante muchas décadas: la construcción a largo plazo, esa esperanza

Madres de la Plaza de Mayo se manifiestan en Bragado, Argentina, en noviembre de 1988.Ricardo Ceppi (Getty Images)

Quizás ese fue el día en que todo se jodió. Es tonto buscar un día decisivo: los procesos no son así, son construcciones largas y complejas. Pero quizás ese fue el día en que todo se jodió: 24 de marzo de hace medio siglo.

Desde el principio de sus tiempos, la Argentina fue “el país del futuro”: uno que se basaba en la promesa de que algún día sería grande. Era creíble, parecía posible: la pampa esperanzaba y por eso llegaron, hace más de cien años, millones de inmigrantes de la Europa pobre dispuestos a sacrificarse para que sus hijos vivieran vidas mejores en un país mejor. “M’hijo el dotor” sintetizaba todo eso.

Parecía que lo conseguirían. En esos días ilusionados pasó por Buenos Aires un presidente francés que, siendo francés, se creyó que debía ser gracioso y dijo que sí, que la Argentina era el país del futuro pero lo malo era que seguiría siéndolo toujours. Durante décadas la condena de Clemenceau tuvo sentido: el eje de nuestra idea de nosotros mismos estaba siempre un poco más allá, en un futuro que mejoraba tanto los presentes.

Para construir ese futuro –para construirse– la Argentina montó industrias complejas, nacionalizó sus recursos, se ocupó de educar y curar y cuidar a todos sus habitantes. En 1975 tenía un tres por ciento de pobres, cuatro veces menos analfabetos que el promedio de América Latina y un PIB per cápita que superaba de lejos al de España.

Pero el futuro es, por definición, un territorio en pugna, y muchos argentinos –educados, esforzados, imaginativos– deseaban uno donde todos tuvieran lo que necesitaban. Lo imaginaban bajo la forma del socialismo o algo así: una sociedad donde el poder y los bienes se repartieran más. Las peleas por ese futuro ponían nerviosos a los ricos argentinos así que, una vez más, recurrieron a su policía privada: el ejército patrio.

Lo hacían con frecuencia: entre 1955 y 1975 había habido cinco golpes de estado triunfantes y varios fracasados. Los ricos argentinos llevaban décadas tratando de desarmar las esperanzas de los otros y asegurar la continuidad de su poder. Lo intentaron con el peronismo –las concesiones tolerables–, lo intentaron con sus dictablandas –el miedo insuficiente– y no lo conseguían. La amenaza los asustaba más y más: en 1976 estaban hartos y querían eliminarla de una vez por todas.

Tenían una buena excusa: dos “organizaciones armadas” cuyo mayor peligro era que habían armado agrupaciones de estudiantes y trabajadores que las apoyaban. El gobierno democrático de Isabel Perón había ejercido su propia represión ilegal y, entre 1974 y 1975, sus esbirros de la “Alianza Anticomunista Argentina” habían matado a más de mil personas –pero no alcanzaba. Ante estos ataques, aquellas organizaciones retomaron las armas, pocas pero malas. Y seguían las huelgas en las fábricas, la agitación en las universidades, contados atentados, los reclamos de justicia social. El comando militar ordenó que los “medios afines” exageraran el peligro para asustar todo lo posible, para justificarse: esta vez sí romperían todo. Pero los argentinos todavía no lo sabían.

Aquel 24 se encontraron con el ritual acostumbrado: las marchas militares en la radio y la tele, las calles vacías, la incertidumbre conocida. Dos días después el subsecretario de Estado norteamericano, William Rogers, visitó a la Junta militar y reportó en secreto a su jefe, el todopoderoso Henry Kissinger, que “tendremos que esperar un grado de represión bastante alto, probablemente un gran derramamiento de sangre en la Argentina dentro de muy poco tiempo. Pienso que van a aplicar mano muy dura no ya con los terroristas sino también con los disidentes gremiales y partidos políticos”, le escribió. Unos días después Henry Kissinger mandaría la carta.

La carta es uno de los documentos centrales de la historia argentina –y se cita tan poco. Más que carta era un “cable” que le mandó el gran visir del imperio americano a su embajador en Buenos Aires: le ordenaba que fuera a convencer a los generales de que su proyecto económico pusiera “el énfasis en la disminución de la participación estatal en la economía, promoción de la exportación, atención al relegado sector agrícola y una actitud positiva hacia la inversión extranjera”.

La exigencia de Estados Unidos estaba más que clara. Era, con perdón, un plan de latinoamericanización que acababa con la singularidad argentina, que la devolvía al rol clásico de nuestros países, el que había intentado superar décadas antes: la extracción y exportación de materias primas. Quizá los militares del 76 ya lo habían pensado, quizá no: pensar, al fin y al cabo, no era un verbo que les resultara familiar. Pero de pronto todo encajaba: mientras se mantuvieran las industrias sus obreros seguirían siendo inmanejables. En cambio si volvían a la vieja economía agroexportadora sería posible y razonable desmontar esas fábricas –y sus ex trabajadores ya no joderían más. Es lo que otros franceses llamaron tirar el bebé con el agua del baño.

Y tirar a la basura cualquier idea de futuro. Esa Argentina que fundaron Kissinger, Videla y compañía no se buscaba en el futuro sino en el pasado, rompía con el proyecto a largo plazo y se instalaba en un presente permanente en que unos pocos podrían ganar mucho. Al mismo tiempo los militares se ocuparon de asesinar a los que podían plantear una idea de futuro distinto. Así no solo los eliminaban; al mismo tiempo convencían a la población de que intentarlo era arriesgarse a lo peor.

Quizás aquel 24 de marzo no haya sido el día en que todo se jodió pero sí el momento en que la Argentina perdió el eje que le había dado sentido durante muchas décadas: la construcción a largo plazo, esa esperanza. Todavía en 1983, al salir de la dictadura, el presidente Alfonsín ofrecía algo parecido a un futuro cuando recitaba que “con la democracia se come, se cura, se educa”. Pero el cóctel de pobreza, marginación, neoliberalismo y crisis económicas que inauguraron los generales del 76 siguió operando y los gobiernos que se sucedieron desde entonces se ocuparon sobre todo de atajar el presente, urgente e intratable.

Quizás esa haya sido una razón central del inverosímil triunfo del señor Milei: en su campaña hablaba de un mañana. Recuperó aquella fibra argentina que decía que podríamos construir un futuro mejor a cambio del sacrificio presente. Al principio la recuperación del futuro le dio satisfacciones. Para empezar, le facilitaba la condena de estos últimos años desastrosos. Y le permitía ofrecer proyectos y promesas: dolarizar la economía –cosa que no hizo–, cerrar el Banco Central –cosa que no hizo–, detener la inflación –cosa que no hizo–, varias más que tampoco.

También prometió relanzar la economía y ahora, tras dos años de gobierno, cada día cierran unas 30 empresas y unos 400 trabajadores se quedan en la calle; ya son unos 300.000 trabajadores y unas 22.600 empresas, incluyendo a varias de las pocas fábricas que quedaban y que, barridas las barreras aduaneras, no pueden competir con la industria china.

También prometió “achicar el estado” y, en su inmensa ineptitud, lo confundió con achicar el país: hace más de dos años que la Argentina abandonó toda obra pública y las muertes por accidente aumentan sin cesar en esas rutas arruinadas; lo mismo pasa con los hospitales, los jubilados, los discapacitados.

Y también prometió “acabar con la casta política” y tiene en su gabinete a políticos y políticas que pasaron por todos los partidos. Y prometió “la moral ante todo” y los escándalos de corrupción en su gobierno y su familia se suceden: en estos días, periodistas están desvelando las pruebas de que, ya en la presidencia, recibió varios millones de dólares a cambio de estafar a sus seguidores recomendándoles en su cuenta oficial una criptomoneda que duró dos horas y produjo pérdidas de cientos de millones.

Pero más allá de engaños y artimañas, la alimaña impresiona porque es un personaje completamente desarticulado, incapaz de expresarse de corrido y muy capaz de lanzar tonterías casi inverosímiles –además de gritar y dar saltitos. Creo que, a fin de cuentas, es el producto más extremo de aquel golpe de estado de hace medio siglo.

No sólo porque su proyecto económico es una copia mala del de aquellos militares, su remate feroz. Lo es sobre todo porque un señor así en el gobierno es el resultado de cincuenta años de marginación de millones de argentinos, el resultado del descuido que todos ellos sufrieron desde entonces, el resultado de la degradación de la escuela pública, que convirtió un país medianamente educado en otro que solo sabe relacionarse con insultos y gritos y crueldades, uno que intentaba la solidaridad en este del sálvese quien pueda.

En última instancia, el resultado de aquel 24 de marzo, de aquellos siete años de asesinatos y de sombras, es este pobre hombre. O, mejor: el resultado en realidad es este pobre país que lo eligió, el país del que este pobre hombre es solo un síntoma patético. Da vergüenza, tristeza, desespero. Es probable que la Argentina nunca vuelva a ser “el país del futuro”. Pero, aún así, habría que pensarle alguno que valiera la pena, y ponerse a trabajar en serio.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_