El oro brilla donde muere el río
El uso de mercurio en la extracción de oro no solo amenaza a los pueblos indígenas, sino también a los ecosistemas de la región amazónica y su biodiversidad
A mediados del siglo XX, el mundo conoció los desastres que provoca la contaminación por mercurio. El vertimiento indiscriminado de desechos industriales en la bahía de Minamata (Japón) dio origen a una de las mayores tragedias de nuestro tiempo: miles de personas (hasta hoy se han reconocido casi 3.000) han sufrido los dolorosos síntomas de la intoxicación y las malformaciones congénitas, casi siempre producidas por...
A mediados del siglo XX, el mundo conoció los desastres que provoca la contaminación por mercurio. El vertimiento indiscriminado de desechos industriales en la bahía de Minamata (Japón) dio origen a una de las mayores tragedias de nuestro tiempo: miles de personas (hasta hoy se han reconocido casi 3.000) han sufrido los dolorosos síntomas de la intoxicación y las malformaciones congénitas, casi siempre producidas por el consumo de pescado envenenado con este metal.
En días pasados tuve la oportunidad de participar en Ginebra en la COP 6 del Convenio de Minamata, el instrumento que crearon las Naciones Unidas para reducir los impactos y el uso de mercurio, bautizado con el tristemente célebre nombre de la ciudad japonesa. Allí pude llevar el mensaje que desde las comunidades y los gobiernos indígenas de la Amazonía venimos repitiendo con insistencia: estamos en riesgo, la contaminación con mercurio no solo amenaza a nuestros pueblos, sino también a los ecosistemas y su biodiversidad. El uso de mercurio en la extracción de oro ha desatado en la región amazónica una emergencia imposible de ignorar.
Hace días, en la COP30 de Cambio Climático –la COP más grande del planeta– que se celebró en Belem do Pará, fue clave reiterar que los impactos del uso del mercurio no solo se reflejan en casos puntuales como el de Colombia, donde mediciones recientes realizadas por la Universidad de Cartagena en nuestros territorios amazónicos revelan contaminación hasta 15 veces mayor del margen seguro establecido por la Organización Mundial de la Salud; o el del propio Brasil, donde como reseña el Instituto Escolhas, el 92% de los individuos de la comunidad Yanomami, en el alto Tapajós, evidencian concentraciones de mercurio altísimas en sus cuerpos. No, el problema es de todos cuando sabemos que la minería ilegal de oro ha transformado más de 13.000 kilómetros cuadrados en la Amazonía desde 2018, liberando miles de toneladas de mercurio. La selva es una y los ríos no conocen fronteras.
Y el impacto no se siente solo en el cuerpo. En diversas comunidades tenemos alertas sobre qué peces es mejor no comer, y es particularmente difícil explicar por qué nuestros sistemas de conocimiento ancestrales tienen que cambiar porque el agua ahora está contaminada, los peces llevan el metal en sus organismos y nuestros cuerpos no pueden metabolizarlo. Además, las afectaciones sociales se extienden a lo largo y ancho del territorio: la minería ha impulsado la violencia contra los defensores del medio ambiente y las disputas por el control del mercado ilegal del oro cercan comunidades enteras en las selvas de Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador y Brasil.
La Amazonía es hoy la región del mundo que más emite mercurio y, a pesar de los avances logrados en el marco de convenios como el de Minamata, nuestra participación en la toma de decisiones como pueblos indígenas sigue siendo muy insuficiente. Estamos seguros de que nuestro rol no refleja adecuadamente el impacto que sufrimos. Por eso es indispensable que los pueblos indígenas tengamos financiamiento directo para implementar nuestras propias iniciativas de conservación y que el monitoreo de nuestro estado de salud sea una constante en los territorios. También es crucial que la representación de los pueblos amazónicos sea más visible y sustancial en los organismos que aborden el problema del mercurio y sus regulaciones internacionales. Así lo hicimos saber en Ginebra.
En el Macroterritorio de los Jaguares de Yuruparí, al que tengo el privilegio de representar como secretario general y que es una de las áreas mejor conservadas del bioma amazónico, sabemos que no hay riqueza más sagrada que la del territorio. El oro brilla donde muere el río y no podemos esperar a que otra gran tragedia se siga configurando, mientras el mundo, encandilado como el rey Midas, pierde de vista su propia destrucción.