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“Si pensara alguna vez en ti, probablemente te despreciaría”

Pienso en reflexiones antiguas cuando observo la catarata de insultos que se vomitan entre los presuntos progresistas y los supuestos fachas

Pedro Sánchez, José Manuel Albares (centro) y Félix Bolaños, durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Jaime Villanueva

“Todo se vende este día / todo el dinero lo iguala / la corte vende su gala / la guerra, su valentía / hasta la sabiduría / vende la universidad / ¡verdad!“, escribió el malvado e incontestable Góngora hace cientos de años. Y Diógenes, en compañía nocturna de un farol, contestaba a los transeúntes sobre su exótica actividad: “Busco a un hombre honesto”. Tiene que haber algunos, no excesivos. Y mujeres, que en la época del filósofo griego no existían socialmente. Pienso en reflexiones tan antiguas cuando observo la catarata de insultos que se vomitan entre los presuntos progresistas y los supue...

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“Todo se vende este día / todo el dinero lo iguala / la corte vende su gala / la guerra, su valentía / hasta la sabiduría / vende la universidad / ¡verdad!“, escribió el malvado e incontestable Góngora hace cientos de años. Y Diógenes, en compañía nocturna de un farol, contestaba a los transeúntes sobre su exótica actividad: “Busco a un hombre honesto”. Tiene que haber algunos, no excesivos. Y mujeres, que en la época del filósofo griego no existían socialmente. Pienso en reflexiones tan antiguas cuando observo la catarata de insultos que se vomitan entre los presuntos progresistas y los supuestos fachas. En la segunda definición estamos la mayoría del personal, incluidos los que hicimos votos naturales de atrofia desde que tuvimos uso de razón.

Y alguna vez leí (o tal vez lo escribí yo, eran tiempos convulsos, me queda escasa memoria de ellos): “Yo no insulto, me limito a definir”. Lo recuerdo ante la catarata de improperios que vomitan los que gozan del siempre abyecto poder y los que aspiran a quitárselo. Son muy pobres, con una pobreza expresiva sonrojante. Por parte de ambos. Todo es previsible, repetitivo, facilón, torpe, propio de un manual para sumisos y trepas con el sueldo presente y el futuro asegurado.

Y me parece todo casposo en la combativa dialéctica entre los buenos y los malos, o al revés. Ya no me aclaro. Solo puedo constatar el cansancio y el rubor ajeno que me provocan tantos funcionarios o funcionarias con cargo limitado o infinito en el poder, que recitan continuamente órdenes tan sonrojantes como: “Hemos actuado con rapidez y contundencia”. ”Tolerancia cero ante la corrupción”. “El que la hace la paga”. ¿Alguien medianamente cuerdo se cree ese recital de frases hechas y grotescas?

Hay otros con aroma permanentemente curil. Solo puedo imaginarme a dos seminaristas empeñados con fortuna en ser obispos cuando escucho a Albares y a Bolaños. Y no tengo palabras para describir lo que siento ante la presencia y el discurso de la indescriptible Montero, la exministra de Hacienda. También, aunque con efectos menos dañinos a la otra del mismo apellido, o sea, la asaltante de los cielos. Y volviendo al arte de insultar, lo mejor que he escuchado nunca ocurre en una película. Como siempre. En Casablanca, Peter Lorre le pregunta a Bogart: “Me desprecias, ¿verdad, Rick?“. Este le responde: “Si pensara alguna vez en ti, probablemente lo haría”.

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