El súbito arrepentimiento de los presos de ETA
Las víctimas sospechan que la oleada de cartas de los terroristas es una maniobra de blanqueo
Los terroristas de ETA que aún quedan en prisión se han puesto a escribir cartas. Hay quien se ha sorprendido, pero no es tan raro. ETA siempre tuvo una relación muy cercana con el servicio postal. Para los que no se acuerden —en “el Estado español” somos expertos en desmemoria selectiva, según los intereses de cada uno—, la organización terrorista vasca escribió y envió cartas desde sus inicios. Así, a grandes rasgos, las podríamos dividir en tres tipos. Las misivas que pedían amablemente dinero a empresarios o comerciantes so pena de pasar a mayores —a aquello se le llamaba aquí “impuesto revolucionario” y en otros países menos dados al eufemismo “extorsión”—; las que exigían al destinatario que se fuera de Euskadi en un par de semanas si no quería sorpresas; y las que directamente venían con la sorpresa dentro. Llegabas a casa del trabajo, abrías el buzón, rasgabas por despiste un sobre cualquiera y pum. Eso le pasó al periodista Gorka Landaburu el 15 de mayo de 2001 al llegar a su casa de Zarautz (Gipuzkoa). El resultado: graves heridas en el rostro y el abdomen y grandes destrozos en sus manos.
Ahora, bien es verdad, ETA ya no envía cartas de aquellas que venían firmadas con el sello del hacha y la serpiente. La organización terrorista anunció en 2011 el cese de los atentados y en 2018 su disolución. Son los etarras quienes a título particular, según acabamos de leer en una información de este diario firmada por Óscar López-Fonseca, se han puesto a escribir en la soledad de sus celdas. ¿Arrebato literario? ¿Acto súbito de contrición? Nada es descartable, pero no parece que los tiros vayan por ahí.
Esta “oleada de cartas” —esa era la expresión que se utilizaba en los medios cuando ETA emprendía una campaña de extorsión— coincide en el tiempo con la transferencia de las competencias penitenciarias al Gobierno Vasco, en manos del PNV con el apoyo del Partido Socialista de Euskadi. Los textos de la veintena de cartas que este periódico publicó no se apartan del espíritu de la frase escogida para titular la información: “El sufrimiento que creé es irreparable, pero trataré de sanar el daño que causé”. En principio, todo bien, nada que reprochar, salvo tal vez dos detalles.
Por un lado, la tardanza en hallar el camino del bien y expresarlo públicamente, entre 20 y 30 años después de cometidos los crímenes. Y, por otro, hay una manera mucho más efectiva de confortar a las víctimas: pagarles las indemnizaciones fijadas en las sentencias y contribuir a esclarecer las decenas —o más bien centenares— de atentados sin resolver. Lo más llamativo del caso, y es lo que indigna a las víctimas, es que tanto los profesionales penitenciarios que han validado el arrepentimiento de los etarras como la Fiscalía y el juez de vigilancia penitenciaria parecen haber olvidado que tal vez esta sea la última posibilidad de esclarecer aquellos crímenes, incluido —por cierto— el de Eduardo Moreno Bergareche, Pertur, el dirigente de ETA político militar que en 1976 abogaba por el abandono de la lucha armada y que desapareció en circunstancias aún por esclarecer.
En ausencia de esta voluntad de buscar la verdad, aunque sea in extremis, las asociaciones de víctimas consideran que esta oleada de cartas contribuyen a blanquear las culpas de los terroristas de ETA. Según denuncia en su cuenta de X el colectivo de víctimas del terrorismo Covite, el Gobierno vasco está concediendo sistemáticamente terceros grados a presos etarras de forma fraudulenta. El pasado lunes, Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio Ordóñez, el concejal del PP de San Sebastián asesinado por ETA el 23 de enero de 1995, publicó un tuit en el que alerta de que “el Gobierno vasco oculta que muchos terceros grados acaban convirtiéndose en una libertad casi total”, y pone el ejemplo del concedido al etarra Jon Bienzobas, condenado por varios asesinatos, entre ellos el del profesor Francisco Tomás y Valiente.
Durante el juicio a los etarras que le habían enviado la carta bomba, el periodista Gorka Landaburu se dirigió a ellos y les dijo: “Me habéis destrozado las manos, pero no la lengua”. Pues eso.