A brocha o a pincel
Los ministros militantes son reclutados en su mayoría como fuerzas de choque, mientras que las operaciones delicadas quedan para personas ajenas al PSOE
Carlos Cuerpo es, por talante y capacitación, el ministro más solvente del Gobierno. Su desempeño al frente de una cartera tan compleja como la de Economía le han valido un reconocimiento transversal del que también gozaba, por cierto, su antecesora en el cargo y mentora: ...
Carlos Cuerpo es, por talante y capacitación, el ministro más solvente del Gobierno. Su desempeño al frente de una cartera tan compleja como la de Economía le han valido un reconocimiento transversal del que también gozaba, por cierto, su antecesora en el cargo y mentora: Nadia Calviño. Pedro Sánchez ha decidido con acierto ascender a Cuerpo al cargo de vicepresidente, un rango —en su caso primado— que comparte con otra ministra de perfil técnico como Sara Aagesen. Ninguno de los dos, como tampoco Calviño, tiene carné del PSOE.
Que las dos vicepresidencias recaigan en dos perfiles tecnocráticos de personas no afiliadas al Partido Socialista es un hecho elocuente. En primer lugar, porque establece un hiato franco y visible entre Ferraz y La Moncloa. Y en segundo, porque emite un mensaje nítido: el de que los ministros militantes son reclutados en su mayoría como fuerzas de choque, mientras que las operaciones delicadas y previsiblemente más lucidas quedan reservadas para personas ajenas al partido.
Y es extraño, porque durante décadas el PSOE fue una organización capilar entre las élites intelectuales y funcionariales. Catedráticos, técnicos de la administración y profesionales con carreras consolidadas componían una cantera permanente para nutrir de perfiles solventes a los distintos gobiernos socialistas. Cabe preguntarse qué ha ocurrido para que, andado el tiempo, ningún ministro con carné pueda merecer hoy una vicepresidencia.
Es cierto que existen algunas trayectorias profesionales sólidas en el Consejo de Ministros de personas que sí son militantes socialistas, pero, inexplicablemente, en demasiadas ocasiones parecen renunciar a su propia calidad y bagaje para parapetarse en actitudes ruidosas y con menos matices que algunos ministros independientes. Es imposible no preguntarse hasta qué punto las deudas internas y la obediencia ciega son capaces de fanatizar, incluso, hasta los perfiles más sofisticados.
La escisión de registros es reconocible, también, entre quienes habitan La Moncloa y Ferraz. A un lado, asesores políglotas de trayectorias académicas brillantes. A otro, militantes convertidos en carne de tertulia, preparados para dar y recibir golpes y doctos en el folclore mitinero. Habrá quien piense que entre ambos extremos, entre la política de brocha y la de pincel, cabe toda España y que eso es un acierto. Sin embargo, que el corte —y la proporción— resulte tan limpio entre quienes tienen, y no, carné del partido, parece tener algún significado.