Un desierto llamado centro
El votante centrista está huérfano de partido, pero no de política, y un votante sin partido vota siempre por el mal menor
El pasado 17 de febrero falleció el reverendo Jesse Jackson. Seguramente muchos jóvenes no sabrán quien es, pero durante algunas décadas fue una celebridad mundial por su labor infatigable en defensa de los derechos civiles y de las minorías en Estados Unidos. No era tarea fácil ni exenta de pel...
El pasado 17 de febrero falleció el reverendo Jesse Jackson. Seguramente muchos jóvenes no sabrán quien es, pero durante algunas décadas fue una celebridad mundial por su labor infatigable en defensa de los derechos civiles y de las minorías en Estados Unidos. No era tarea fácil ni exenta de peligros. A Martin Luther King le mataron precisamente por hacer este trabajo. Hay una frase de Jackson que se me quedó grabada en la memoria el día que la leí: una minoría organizada es una mayoría política. La frase tiene todo el sentido en su contexto, teniendo en cuenta que la población afroamericana de Estados Unidos no llega al 15%, pero es una sentencia muy certera y extrapolable a muchos otros países y situaciones.
Uno de estos países es España, donde una minoría bien organizada, que podríamos situar a la izquierda del PSOE, condiciona esta vieja formación hasta el punto de hacerla casi irreconocible. Dado el desorden imperante en esa constelación de siglas de izquierda la frase del reverendo Jackson puede parecer contraintuitiva, pero no es así. Ese espacio tiene una gran vitalidad y viralidad, líderes conocidos y carismáticos, y cuenta con un programa político sólido y dogmático sobre el que no aceptan rebaja alguna, guiados por una superioridad moral que raya lo ridículo. Tiene también sonoros altavoces mediáticos. Su talón de Aquiles es su dispersión de partidos y sus luchas intestinas, pero todo esto apenas lamina la influencia que tiene la izquierda del PSOE sobre el mismo PSOE.
Pongamos un ejemplo ilustrativo. Imaginemos que España, en su día, no se hubiera integrado en la OTAN. ¿Alguien cree que ahora, con la correlación de fuerzas en la izquierda y con Donald Trump exigiendo desde el Despacho Oval el gasto del 5% del PIB en defensa, el PSOE propondría el ingreso de España en la Alianza Atlántica? Estoy convencido de que sería imposible. Mi única duda es si lo rechazaría por convicción o por necesidad, pero el resultado sería el mismo. Hay más ejemplos. Sólo cabe mirar las políticas de vivienda, de inmigración, de género, laborales o impositivas para darse cuenta de quien marca la agenda política estatal. La huida hacia adelante con las pensiones es otro buen ejemplo de esa política dogmática que no se contrasta con la menor previsión de futuro. Incluso la política en relación a Israel parece dictada por Sumar y Podemos. Lo mismo le pasa al PSC en relación a los Comuns, por cierto, lo cuál es todavía más sorprendente porque los socialistas catalanes siempre habían conectado bien con la centralidad de la sociedad catalana.
Puedo entender que esta forma de gobernar forme parte de una estrategia socialista para fagocitar electoralmente todo el espacio situado a su izquierda. Pero esa es una operación que suma cero, porque todos los votos cosechados ahí ya servirían para investir a un presidente del PSOE, ya sea éste Pedro Sánchez u otro. Pero, en cambio, ese decantamiento descarado hacia la izquierda extrema para canibalizar a sus socios deja amplios espacios por cubrir. Me refiero, evidentemente, a un centro político totalmente abandonado a su suerte, con centenares de miles de votantes acampados ahí. Están huérfanos de partido, pero no de política; el votante centrista, precisamente por esa condición de moderado con alergia a los extremos, tiende a votar. Y un votante sin partido vota siempre por el mal menor. Que nadie se olvide de ello. Y cuál es el mal menor de un votante centrista? Un PSOE apegado a la extrema izquierda o un PP apegado a la extrema derecha? Yo no sé la respuesta, pero la puedo intuir.
Hubo un tiempo en que el PSOE fue un partido de centro con una inclinación moderada a la izquierda. O al menos estaba más centrado. Fue el partido que metió a España en la Unión Europea y en la OTAN. Fue el partido que reconoció al Estado de Israel. Fue el partido de los grandes pactos de Estado y las reformas acordadas con el PP. Fue, con errores y regresiones, el partido español que más se creyó la descentralización y la plurinacionalidad del Estado. Era un partido realista y pragmático, capaz de pactar con CiU y con el PNV, y en guerra abierta contra los partidos situados a su izquierda, empezando por la IU de Julio Anguita.
En cambio, de un tiempo a esta parte, este deslizamiento hacia la izquierda evidencia la enorme soledad del centro político en España. Es una auténtica anomalía europea, dado que el PP, que podría ocupar ese espacio con facilidad, ha optado por instalarse en la montaña junto a Vox. Ningún partido de ámbito estatal ocupa hoy la centralidad política. No deja de ser paradójico que los únicos partidos de centro amplio no sean de matriz castellana. El PNV, Junts o Coalición Canaria son, con sus particularidades correspondientes, los partidos más centristas y más centrados del Estado. Quizás no sea tarde para el PSOE iniciar un viaje al centro, aunque ese trayecto le pueda costar algunas batallas con la nebulosa instalada a su izquierda. Hay muchos más votos en el centro que no en la izquierda extrema. Y hay más campo libre para avanzar frente a un PP también irreconocible. Porque en política nunca quedan espacios vacíos y si se abandonan siempre habrá quien los ocupe, aunque sea de prestado.