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Así pasen los años

Aunque pase el tiempo, algunas muertes siguen doliendo. Dolerán distinto, pero no menos

Homenaje a las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. CSIC

Hay silencios que dan miedo o que parecen de mala educación y, en verdad, son los únicos que tienen sentido cuando no lo tiene nada más: ante una muerte imprevista, por ejemplo. Ante una muerte a deshora. La gente trae palabras que quieren ser de consuelo, sin caer en las veces en las que conviene hablar sin decir nada. Lo más que puede hacerse...

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Hay silencios que dan miedo o que parecen de mala educación y, en verdad, son los únicos que tienen sentido cuando no lo tiene nada más: ante una muerte imprevista, por ejemplo. Ante una muerte a deshora. La gente trae palabras que quieren ser de consuelo, sin caer en las veces en las que conviene hablar sin decir nada. Lo más que puede hacerse en ocasiones es estar y punto. Estar, o hacer saber que estás.

Son peores las frases hechas, cargadas de buenas intenciones. Por eso hieren tanto. Duele que te digan que ya pasarán la rabia y la pena, aunque cueste creerlo. Cuesta creerlo porque no pasarán, ni la rabia ni la pena. Puede que se lleven de otra manera, pero no pasan. Duele que te digan que el tiempo pone las cosas en su lugar, porque el tiempo solo no cambia nada de sitio: eso lo hace el olvido, al que no cederás ni un segundo mientras te quede un rescoldo de memoria.

La gente se muere a diario y, sin embargo, hay muertes inexplicables. Pasan los años y esas muertes siguen doliendo. Dolerán así pasen los años. Dolerán igual, aunque de otra manera. Dolerán distinto, pero no menos. Se llevarán de otro modo la rabia y la pena, pero habitarán el mismo lugar. Quizá se vuelvan más maduras y desde luego más gastadas, aunque guardarán los reflejos suficientes para aparecerse de improviso en cualquier esquina. En cualquier momento. Cuando menos las esperes. Cuando alguien describa un olor o un recuerdo. Cuando sea su cumpleaños. Cuando se sirva un plato que le gustase o que no pudiese soportar.

Nunca sabes por dónde te asaltarán. Te asaltarán sin avisar, y no serán nostalgia ni melancolía. Serán el desgarro de aquella pérdida y la obstinación por no querer entenderla: porque no se puede. Morirás con eso, te dices. Morirás con esa herida que el tiempo puede que alivie y que hasta haga convivir con la alegría. Tú sabes que esa herida, a la que llaman duelo, no se curará nunca. No será porque el tiempo ponga las cosas en su sitio: será porque ahí has querido ponerlas tú.

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