El señor Pelicot
Cuando la vileza es tan profunda, a veces faltan las palabras, y en otras ocasiones nacen algunas nuevas
La mujer a la que su esposo anestesiaba por las noches para ofrecerla a través de una página web a extraños de entre 22 y 70 años, mientras él grababa todo en vídeo, se refiere al organizador de ese festín inhumano como “el señor Pelicot”. Cuando dice que en una ocasión la drogó con algo tan potente que volvió a la vida a...
La mujer a la que su esposo anestesiaba por las noches para ofrecerla a través de una página web a extraños de entre 22 y 70 años, mientras él grababa todo en vídeo, se refiere al organizador de ese festín inhumano como “el señor Pelicot”. Cuando dice que en una ocasión la drogó con algo tan potente que volvió a la vida a las seis de la tarde del día siguiente, explica: “Le pregunté al señor Pelicot por qué no me había despertado. Me dijo que le había parecido que me hacía falta dormir. Ahora me doy cuenta de que estaba experimentando con las dosis”. Cuando cuenta que, como resultado de las atrocidades que sus profanadores hacían en su boca, se le cayó una corona de la dentadura dice: “Le comenté al señor Pelicot que era muy extraño, porque la noche anterior tenía esa pieza perfectamente fija, pero me dijo que no le diese mayor importancia”.
Todo lo que calmadamente explica esta mujer inconmensurable —es el adjetivo que se me ocurre para describir su talla gigantesca— es desconcertante; pero que, a pesar de todo, ella le otorgue al monstruo que la traicionó, engañó y envileció el apelativo de señor es casi indignante, si no fuese porque el monstruo era exactamente eso: un paisano, un hombre, un señor. Al escuchar o leer a la mujer que de soltera se apellidó diferente, pero que estuvo medio siglo siendo Pelicot ella misma, se tarda en comprender que no llama “señor” a ese señor como nosotros podríamos referirnos a ella como dama. No hay honor, ni reconocimiento, ni respeto en ese monsieur: hay distancia, separación, extrañeza. Hay la misma distancia insondable que ella siente con respecto al cuerpo que su marido puso en venta. Era de ella, sí. Pero ella no era. Cuando la vileza es tan profunda, a veces faltan las palabras; en otras ocasiones, nacen algunas nuevas. Gracias a la señora Pelicot, violada es un adjetivo para el que ya tenemos antónimo. Lo que sigue siendo imposible es saber a ciencia cierta cuándo un señor lo es, aunque siempre lo sean.