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La derecha anémica

Construir una identidad ideológica por puro señalamiento de los excesos del contrario es una manera triste de dilapidar energías

No hay mayor signo de debilidad que sobrevivir por pura reacción contra tu adversario. Y desde hace algunos años, gran parte de la derecha intelectual y política en España ha hecho de esta dependencia una forma de vida. Son muchas las objeciones que pueden hacérsele al actual Gobierno, pero el disenso legítimo puede acabar provocando atrofias cuando el combate con tu adversario se convierte en una suerte de trauma. ...

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No hay mayor signo de debilidad que sobrevivir por pura reacción contra tu adversario. Y desde hace algunos años, gran parte de la derecha intelectual y política en España ha hecho de esta dependencia una forma de vida. Son muchas las objeciones que pueden hacérsele al actual Gobierno, pero el disenso legítimo puede acabar provocando atrofias cuando el combate con tu adversario se convierte en una suerte de trauma. El antisanchismo es, sin duda, una posición política provista de razones. Pero corre el riesgo de transformarse en una obsesión invalidante capaz de arrasar cabezas que en otro tiempo fueron creativas.

Buena parte de la inteligencia liberal o conservadora lleva demasiado tiempo ejerciendo una crítica permanente que ha mermado su fecundidad ideológica. Todo es anti algo, contra algo y siempre tarde. Un ejemplo paradigmático es la obsesiva y somnolienta oposición a lo woke, elevada hoy a la condición de industria canalla. Caben pocas dudas de que la corrección política ha alcanzado niveles ridículos que merecen ser cuestionados, pero construir una identidad ideológica por puro señalamiento de los excesos del contrario es una manera triste de dilapidar energías vitales, políticas e intelectuales.

Otro ejemplo que desvela esta anemia ideológica de cierta derecha contemporánea es su gusto por reciclar los juguetes rotos desechados, a veces con no poca crueldad, por la propia izquierda. Existen muchos socialistas críticos cargados de argumentos para ejercer una oposición dentro de su espectro, pero la libidinosa querencia de la derecha por cortejarlos y rentabilizarlos demuestra un escaso talento a la hora de reclutar ideas propias. El pensamiento conservador tiene que ser capaz de construir un relato genuino sobre el feminismo o la solidaridad sin tener que recurrir a tránsfugas ideológicos a los que, por cierto, su abrazo acaba estrangulando.

Vivir de tu adversario no es más que una forma de parasitismo y resulta sonrojante comprobar que hay más analistas en la derecha explicándole al progresismo lo que debería ser la verdadera izquierda que generando un pensamiento autónomo. Algún día, todas aquellas cosas que alguna derecha cree combatir pasarán. Será entonces cuando quienes solo supieron embestir a la contra se sorprenderán corneando al viento. Sin ideas, sin un sustrato intelectual real al que recurrir y habiendo malversado un tiempo extraordinario para construir un rumbo cierto. Lo peor es que será en ese instante cuando les tocará gobernar.

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