Cortar internet
La red está balcanizada, los nodos están en guerra y las plataformas digitales parasitan el tráfico con la voluntad manifiesta de dominar la totalidad
Cuando un gobierno corta el acceso a internet a parte o la totalidad de la población, suele ser con dos objetivos. El primero, impedir que los ciudadanos se organicen y participen en acciones coordinadas, como por ejemplo una manifestación, o un referéndum. La lógica es autoevidente: cómo hacer la revolución sin móvil cuando ya no sabemos ni organizar una cena sin hacer un grupo de WhatsApp. El segundo, reprimir esas acciones con violencia extrema sin que el resto del mundo pueda verlo y documentarlo. ...
Cuando un gobierno corta el acceso a internet a parte o la totalidad de la población, suele ser con dos objetivos. El primero, impedir que los ciudadanos se organicen y participen en acciones coordinadas, como por ejemplo una manifestación, o un referéndum. La lógica es autoevidente: cómo hacer la revolución sin móvil cuando ya no sabemos ni organizar una cena sin hacer un grupo de WhatsApp. El segundo, reprimir esas acciones con violencia extrema sin que el resto del mundo pueda verlo y documentarlo. Son dos objetivos distintos pero compatibles, como estamos comprobando en Irán
El régimen de los ayatolás tiene el dudoso honor de haber provocado el primer apagón deliberado de comunicaciones a escala nacional. Fue en junio de 2009, cuando el Movimiento Verde salió a repudiar el fraude de las elecciones presidenciales a favor de Mahmud Ahmadineyad. Era la mayor movilización política en Irán desde la Revolución de 1979. El Gobierno cortó el acceso a la red telefónica e internet durante un día entero. El siguiente apagón, en noviembre de 2019, duró seis días, durante los cuales las fuerzas de seguridad del Estado mataron al menos a 1.500 personas. Esta fue la movilización más violenta desde la revolución. El pasado 28 de diciembre de 2025, el régimen inició una campaña de represión letal contra un movimiento pacífico que ha resultado en la masacre de miles de personas. Algunos “de forma salvaje e inhumana”, según palabras literales del ayatolá Ali Jamenei, el líder supremo del régimen. Que su única alternativa sea Starlink es un problema de todos, no sólo de los súbditos de Irán.
Internet fue diseñado como una topología redundante y descentralizada para sobrevivir a ataques nucleares. Los protocolos TCP/IP, las normas de circulación que rigen el tránsito de los paquetes de datos, fueron escritas para que la información encontrara siempre el camino más corto, más seguro y más barato para llegar a su destino, sorteando fallos de infraestructura y bloqueos de gestión. “El único asunto en el que parecía haber casi unanimidad fue que internet no debería ser gestionada por ningún gobierno, ni nacional ni multinacional”, dijo Jon Postel, arquitecto fundador, y primer y último administrador central. Todo esto fue pensado en un contexto donde los operadores cooperan entre ellos para sostener el conjunto y los fallos son accidentales o ataques del exterior. Este supuesto ya no se cumple: internet está tan balcanizado como la OTAN. Los nodos están en guerra, y las plataformas digitales parasitan el tráfico y lo regulan de forma centralizada y opaca, con la voluntad manifiesta de dominar la totalidad.
Irán es un nodo especial. Su red es en realidad una intranet controlada por el Estado llamada NIN: Red Nacional de Información. Permite una censura centralizada con “interruptor maestro” pero también apagones selectivos sin sacrificar a las élites ni los servicios internos como la banca, plataformas nacionales, y gobierno. Startlink puede crear una conexión directa por satélite, saltándose al NIN y las operadoras iraníes, pero requiere un equipo caro y bastante voluminoso cuya tenencia está castigada con penas severas. Además, es vulnerable a la intervención del Estado a través de jamming de señales, con pérdida del 30%–80% en algunas zonas y apagones en casi todo el país. Peor aún: aunque el contenido esté cifrado, las emisiones pueden ser detectadas y revelar el origen de la señal. Pero, sobre todo, está sujeta a la vigilancia y la censura de otro régimen todavía más caprichoso: Elon Musk.