En defensa del gotelé
Nos reíamos de que las casas de viejo eran todas iguales y las nuestras son indistinguibles de las de un joven de Nueva York o Berlín
El año pasado entré a formar parte de la élite milenial, del 30% más privilegiado de mi generación: me endeudé para toda la vida. ¿Quién nos iba a decir hace 20 años que las hipotecas iban a ser de ricos, que mileurista iba a pasar de ser un calificativo despectivo a la realidad más común de los jóvenes, o que Julio Iglesias iba a resultar un indeseable? Ahora en mi aplicación del banco hay dos cifras: la del saldo y la del ...
El año pasado entré a formar parte de la élite milenial, del 30% más privilegiado de mi generación: me endeudé para toda la vida. ¿Quién nos iba a decir hace 20 años que las hipotecas iban a ser de ricos, que mileurista iba a pasar de ser un calificativo despectivo a la realidad más común de los jóvenes, o que Julio Iglesias iba a resultar un indeseable? Ahora en mi aplicación del banco hay dos cifras: la del saldo y la del dinero que les debo. Esta última apenas la miro, porque me da la sensación de que, al contrario que el saldo, nunca disminuye.
Mi nuevo edificio es muy curioso porque es interclase: en él conviven los propietarios originales, que compraron sus pisos en los 2000 y generalmente son familias de clase obrera, con unos pocos clasemedianos treintañeros como yo, a los que nos han vendido pisos de 90 metros a precio de villas de lujo, o familias de inmigrantes que alquilan habitaciones. También es curioso que mi casa estaba recién reformada, con sus puertas lacadas en blanco, su baño en negro y sus LED iluminando la encimera de la cocina, pero con el gotelé intacto. Era la única pega que le ponía al piso: el puñetero gotelé.
Andaba pidiendo presupuestos para quitarlo cuando me encontré con un reportaje en el que Mariang, la pija de La Pija y la Quinqui, decía que le gustaba. Y no sé si por lo bien que me cae o porque necesitaba una excusa para ahorrar en previsión de los 30 años en los que seré víctima de usura, pero el caso es que al final dejé el gotelé. Y acabó siendo la mejor decisión del año.
Ahora es mi cosa favorita de la casa: hace que los manchurrones de manitas de niño que acaba de ponerse hasta arriba de chocolate se disimulen mejor y me mantienen en la ficción de que, aunque tenga una casa, un Thermomix y no mire el precio de lo que echo al carro cuando voy a la compra, aún soy clase obrera. Alimentar a veces esa ficción es algo propio de dos tipos de personas —ambas minoritarias, porque mejorar la posición de clase es ahora algo casi imposible—: los que quieren seguir sacando algún rédito de su superada precariedad y los que crecimos siendo clasistas inversos, despreciando a las clases altas y medias a las que ahora nos gusta pertenecer pero no admitir que pertenecemos. Por suerte soy de los segundos, que damos ligeramente menos vergüenza ajena que los primeros.
Pero, sobre todo, el gotelé me hace sentir que mi casa es especial, que queda rara en las fotos de Instagram, que no se parece a las de las influencers ni a la de casi nadie de mi quinta. Hace unos años me reía con mi amiga Cynthia de que las casas de viejo eran todas iguales, con sus muebles modulares ocupando toda una pared, su vajilla de Duralex, sus tapetes y sus fotos de la comunión, de la boda o incluso de la mili colgadas en marcos de un dorado envejecido.
Poco después, viendo fotos de una amiga americana, me di cuenta de que mi casa (entonces alquilada) no es que se pareciera a la de toda mi generación sino que era indistinguible de la de un joven en Nueva York o en Berlín, con sus póster enmarcados, sus costillas de Adán y sus estanterías de Ikea. E igual que las casas de los boomers, llenas de figuritas de cerámica de Talavera y con muebles comprados en almacenes de carretera nos hablaban de su momento, las nuestras nos hablan del nuestro: uno en el que hay que tener poco, porque igual hay que enfrentar la décima mudanza. En el que las paredes son lisitas porque apenas hay niños que manchen. Y en el que la globalización se nos ha colado hasta la cocina, que ahora resulta que no tiene tiradores.