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Columna

El instante en que te matan

Todo es confusión en este lapso en que la explosión parece que haya suspendido el tiempo, y por eso este será el instante crucial

El cuerpo de uno de los periodistas asesinados en Gaza por un ataque israelí contra el hospital Nasser, el lunes. Abed Rahim Khatib (DPA/Europa Press)

De pronto, sucede una explosión, y tiembla el suelo. Tiemblan el suelo y las paredes, que son las paredes de un hospital que han bombardeado ya otras veces, porque aquí ...

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De pronto, sucede una explosión, y tiembla el suelo. Tiemblan el suelo y las paredes, que son las paredes de un hospital que han bombardeado ya otras veces, porque aquí las bombas han caído sobre hospitales y sobre escuelas. Aquí han disparado a gentes hambrientas que se agolpaban entre una multitud mientras esperaban a que les lanzaran algo de comida igual que se la lanzan a los animales. En este hospital no hay apenas medicinas y faltan camas: es un milagro que siga abierto. A los médicos los matan, como a todos los demás, pero quién piensa en eso en este instante si los cuerpos están inertes y en el suelo, si hay gente que pide ayuda a gritos y hará falta apartar los cascotes con las manos para distinguir a los vivos de los muertos, cubiertos de sangre y piedras.

Todo es confusión en este lapso en que la explosión parece que haya suspendido el tiempo, y por eso este será el instante crucial: el momento en el que todos los demás —que están vivos por casualidad— corran sin pensárselo a socorrer a los heridos y a tratar de dar dignidad a los muertos. Ese es el punto en que al instinto de supervivencia se sobrepone otro mayor aún, propio de la condición humana: el de atender a los que piden auxilio y no dejarles solos.

Es el momento en que, en pleno caos, alguien tratará de organizar la ayuda y de separar a los heridos, de llegar a tiempo, de ponerse unos guantes y alzar la mano, de vestirse con el chaleco naranja y repartir las tareas pese a que lleve consigo tantas horas de insomnio y hambre, de agotamiento y muerte. Es el instante para que se acerquen incluso los pocos periodistas que queden, porque sus imágenes denunciarán la masacre al mundo y porque el mundo tiene que saber: porque seguro que el mundo detiene la masacre en cuanto sepa.

Ese es el instante, ese y no otro; porque quién puede imaginar que está arriesgando su vida mientras acude a socorrer a las víctimas, si esta vez la muerte anduvo tan cerca que pareció pasar de largo. Cómo va a ser que eso implique un peligro, justo cuando tantos fueron en ayuda de sus vecinos, sin preocuparse siquiera de sí mismos y a la vista de cualquiera, para salvar a los heridos y para honrar a los muertos. Ese fue el instante en que les lanzaron la segunda bomba.

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