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Adiós a Cuba

Trump ha lanzado un misil a la relación entre México y la isla. En ese embate, los mexicanos han de redefinirse frente a La Habana

Donald Trump ha lanzado un misil a la relación entre México y Cuba. Así como desde hace un año intenta renombrar al Golfo de México, ahora da un decidido paso para estrangular a la mayor de las Antillas. En ese embate, los mexicanos...

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Donald Trump ha lanzado un misil a la relación entre México y Cuba. Así como desde hace un año intenta renombrar al Golfo de México, ahora da un decidido paso para estrangular a la mayor de las Antillas. En ese embate, los mexicanos han de redefinirse frente a La Habana.

Enero acaba como inició. Desde la absoluta prepotencia y en desafío de la ley, Washington intenta sofocar a una (otra) nación de América. Empero, en contraste con hace un mes, quién se atreve a dudar de que la Casa Blanca tiene abiertos todos los escenarios en contra de Cuba.

La segunda parte de esta nueva película imperialista puede terminar en la caída, tan fallidamente pronosticada por décadas, del castrismo. También es posible que las sobras de la revolución de 1959 sobrevivan a la enésima intentona golpista de Estados Unidos.

A diferencia de otros momentos, ahora son menos pronosticables los desenlaces de este capítulo de una enemistad de más de medio siglo; porque la ausencia de frenos de mano que en otros momentos medio sirvieron para detener la locomotora del Tío Sam, complica todo.

No hay ley ni organismo internacional que Trump, su equipo y partido reconozcan, ni hay superpotencia que vaya a dar la cara por el Gobierno castrista, como en la crisis de los misiles; e históricos aliados de La Habana, entre ellos México, están avisados de no interferir.

Cuba está más sola que nunca —con buena parte de responsabilidad por ello de la dictadura castrista, sin duda—, pero ese aislamiento, nunca mejor dicho, sacude a la solidaridad y hasta el hechizo que la opinión publica mexicana experimenta con ese país.

Porque, matices aparte, la presidenta Claudia Sheinbaum tiene razón cuando alega que la ayuda mexicana a Cuba ha sido la constante en sexenios priistas, panistas y, desde luego, tras el 2018. El discurso de hermandad con Cuba no conoció de ideologías, salvo quizá con Fox.

De forma que, a diferencia del 3 de enero cuando la ilegal sustracción militar de Nicolás Maduro por EEUU interpeló directamente la cómplice tolerancia que el expresidente Andrés Manuel López Obrador y Sheinbaum tuvieron con él, en el caso de Cuba las simpatías en México son más extendidas y enredadas.

Cuba es un mito. El cadáver insepulto del modelo comunista. Un régimen que sobrevivió los relatos de los horrores de los países del Este que pudieron liberarse tras la caída en 1989 del Muro de Berlín. Un septuagenario vestigio del estéril asalto al Cuartel Moncada.

Y dónde, si no en México, iba a florecer el mito de los barbones y su épica antiimperialista. El régimen de la revolución mexicana les hizo favores y recibió promesas en medio de la Guerra Fría. Porque Cuba también servía para no enfrentar solos a Washington. Ya no.

Trump 2.0 ha fijado en La Habana uno de sus siguientes objetivos. Si algo hay de cierto en el discurso de la presidenta Sheinbaum es que sería noble y obligado ayudar al pueblo cubano en medio de la tensión creciente. La cuestión es ayudar a los cubanos, no al régimen cubano.

Por principios, historia y conveniencia, en México muchos podrían apoyar un rechazo a acechanzas de los halcones de Washington que harán que la población de la isla sufra aún más. El problema es que el Gobierno y el partido de Sheinbaum no distinguen régimen, de pueblo.

Son los regalos incómodos de la historia. Al Gobierno con la presidenta más químicamente pura con respecto a lo que representa la leyenda castrista, le tocará decidir cómo plantarse frente a Estados Unidos cuando este parece más decidido que en su tiempo Kennedy a tirar al régimen.

Las opciones de Sheinbaum al respecto no son muchas. Luego de que el obradorismo —aun antes de Trump, hay que decirlo— diera la espalda a los organismos internacionales, el peso de México en el mundo es marginal, y su influencia en América Latina, lo mismo.

Y en el plano bilateral, la cuestión cubana puede descarrilar un año de esfuerzos sheinbaumnistas por apaciguar a Trump. La presidenta es consciente de que la solidaridad con Cuba tiene su límite en la retórica para la grada. Ir más allá será comprometer toda la agenda mexicana.

En cualquier escenario, las cosas no serán igual. La presidenta que ha hecho gala de pragmatismo para enfundar a su Gobierno como un agente más del garrote migratorio de Trump, y como una extensión del “largo brazo de la ley” gringa, ahora tiene una nueva prueba.

Vicente Fox debe estar maravillado en su distancia guanajuatense. Aunque ya con el presidente Ernesto Zedillo a finales de los noventa el Gobierno mexicano comenzó a nombrar más abiertamente los derechos humanos en la isla, el panista pagó por dejar de obviarlos.

El sexenio foxista fue humillado por los colmilludos cubanos con el “comes y te vas” — la filtración de la llamada donde México pedía a Fidel Castro que se ausentara para no incomodar al gobierno de George W. Bush— y con la detención de Carlos Ahumada, el empresario de origen argentino que pasó de grabar a los perredistas recibiendo fajos de dinero a ser detenido e interrogado en La Habana.

Desde aquel punto de desencuentro, ocurrido en 2004 y donde las delaciones de Ahumada en poder de sus interrogadores cubanos amenazaban a priistas, panistas y obradoristas por igual, Cuba y México regresaron poco a poco a la tolerancia fraternal.

El retorno del PRI a la presidencia en 2012 supuso que Pemex rebajara a los cubanos deudas contraídas por envíos de crudo. Tal antecedente es uno de los que, subrayo, dan la razón a Sheinbaum cuando dicen que la ayuda es histórica.

Los antecedentes, sin embargo, no eximen al actual Gobierno de la obligación de informar qué tipo de ayuda se da, en qué condiciones y con qué justificación. Sobre todo si, además de petróleo, desde 2018 se contratan médicos cubanos para incursionar en suelo nacional.

No se trata ya de ninguna paranoia importada: a cuenta de qué vienen galenos de la isla a México como antes fueron a Venezuela, por ejemplo, donde además otros cubanos formaron el cinturón de seguridad violentamente reventado para apresar a Maduro.

De lo que se trata es de modernizar una relación no por necesidad sino por virtud.

Sería lamentable que sea Donald Trump, o como se llame cualquier otro mandatario foráneo, quien diga a México cómo y con quién han de ser sus relaciones internacionales. Para evitarlo se requiere debatir un rumbo internacional, que incluya Cuba, y cómo pavimentarlo.

La presidenta va a necesitar mucho más que apelar a la historia a la hora de justificar envíos humanitarios en un momento donde no solo Trump amenaza a México, sino donde no es justificable ayudar, con recursos que hacen falta en casa, a quienes oprimen a su pueblo.

Si Sheinbaum quiere sumar el apoyo doméstico de los más posibles para las acciones humanitarias hacia Cuba a pesar del neobloqueo de Trump, tiene que informar puntualmente sobre el petróleo enviado desde 2024 y desde luego sobre médicos cubanos que operan aquí.

Es decir, es indispensable un aggiornamento con La Habana. Si quiere aprovechar que Cuba genera simpatías más allá de Morena, no puede obviar la obligación de una transparencia que en este renglón se escamotea a los mexicanos desde hace siete años.

Las acciones de Trump son injustificables e inhumanas. Para empezar con las razzias de ICE en su propio suelo, en donde los objetivos incluyen a muchos mexicanos, y con las operaciones que al pretender relanzar la doctrina Monroe emprende en Latinoamérica.

Pero la salida no es aferrarse a un paradigma, a un discurso de supuesto respeto a la soberanía de otros que no tuvo ni tiene empacho en tolerar a la doblemente golpista “junta” venezolana, a esa caterva que se robó la elección en 2024 y ahora es feliz colaboracionista de la superpotencia.

Hasta por congruencia, el Gobierno de Sheinbaum debería ya desembarazarse de esas simpatías con los que traicionan a Chávez. Y lo mismo de la dupla Ortega-Murillo que mancha la memoria de Sandino al reprimir a curas, periodistas, activistas y, desde luego, opositores.

Y sin embargo, la crisis cubana implica aún más cosas al Gobierno mexicano, y al pueblo de México, que lo que padece Venezuela y Nicaragua. Hay una relación entrañable que lo mismo respetaba a Fidel que adoptaba a la anticastrista Celia Cruz y su “azúuuucar”.

Cuando se muere un símbolo, es crucial no permitir que habiten sus fantasmas. Menos si se cree que aún es posible, no solo deseable, construir un modelo de izquierda que en vez de generar millones de expatriados y hambre, dé justicia a los más pobres y democracia a todos. Trump aparte, el castrismo ya no puede ser modelo de nadie.

Ante tal panorama, México queda expuesto. Por hermandad, debe abogar para que las carencias que padecen los cubanos, materiales y de derechos, no se profundicen con el decreto y las acciones trumpistas para someter a Cuba. Y debe idear una relación para la nueva era de la isla, la del postcastrismo.

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