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Los patos ganan la guerra del ‘foie gras’ en Nueva York

La ciudad prohíbe finalmente el manjar después de que un tribunal de apelaciones diera la razón a grupos animalistas frente a los intereses de las granjas avícolas

Doug Corwin, dueño de una granja de patos en Nueva York, en 2025.Newsday LLC (Newsday via Getty Images)

Tras años de apelaciones y recursos, la encarnizada pero incruenta guerra del foie gras acaba de concluir en Nueva York con la victoria legal de los animalistas, que se oponen al engorde forzoso de patos y ocas para agrandar su hígado, sobre los criadores de aves, defensores de la supervivencia de sus negocios. La ciudad había aprobado en 2019 prohibir la venta del grasiento manjar francés, pero sucesivos recursos de las granjas avícolas habían dilatado el proceso hasta ahora. En el ínterin, los neoyorquinos finolis, esos que cenan ostras con champán y se pirran por una buena ...

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Tras años de apelaciones y recursos, la encarnizada pero incruenta guerra del foie gras acaba de concluir en Nueva York con la victoria legal de los animalistas, que se oponen al engorde forzoso de patos y ocas para agrandar su hígado, sobre los criadores de aves, defensores de la supervivencia de sus negocios. La ciudad había aprobado en 2019 prohibir la venta del grasiento manjar francés, pero sucesivos recursos de las granjas avícolas habían dilatado el proceso hasta ahora. En el ínterin, los neoyorquinos finolis, esos que cenan ostras con champán y se pirran por una buena baguette o un burdeos auténtico, apuraron con avidez la oferta del hígado graso en brasseries y bistrós, conscientes de que su disfrute podía tener los días contados.

Ese canto del cisne (o del pato, mejor dicho) llegó a su fin a mediados de marzo, con la confirmación por parte del tribunal de apelaciones de Nueva York de que la ley adoptada en 2019 deberá aplicarse so pena de multa de hasta 2.000 dólares (1.700 euros) a los restaurantes que lo incluyan en sus menús, dentro de los límites de la ciudad. Antes que Nueva York, fueron California y Chicago los que desterraron el manjar de sus mesas.

Como si de una nueva ley seca se tratara, algunos neoyorquinos llegan a bromear, o a especular, en las redes sociales con el contrabando de órganos, cuando no con un alijo de tapadillo, mientras los animalistas celebran el fin de la tortura que supone la alimentación forzosa de las aves hasta que sus hígados llegan a pesar hasta 10 veces más de lo normal; una realidad que los criadores atribuyen a épocas pasadas.

La industria del foie gras, según los activistas, mata a más de 300.000 patos cada año, pero los representantes de las granjas del norte del Estado de Nueva York —en muchos casos, productores únicos en EE UU—, no han dicho su última palabra y es de prever que redoblen sus intentos de bloquear el reglamento de la mano del Departamento de Agricultura y Mercados, que los amparó en el pasado.

Todo en EE UU tiene detrás su correspondiente lobby, y Voters for Animal Rights (votantes por los derechos de los animales), organización sin ánimo de lucro que se presenta con el lema “construyendo poder político para los animales en Nueva York”, ha sido el grupo más activo en la persecución del foie gras, como abanderado de una coalición de medio centenar de asociaciones animalistas.

Una de ellas, World Animal Protection US, celebró así la sentencia en la red social X: “El fallo de hoy [por el 12 de marzo] es una gran victoria para los animales de granja. Al mantener la prohibición de la venta de foie gras en la ciudad de Nueva York [aprobada] en 2019, el tribunal ha reafirmado que la crueldad no tiene cabida en nuestro sistema alimentario".

Crueldad, podría añadirse, es también la mala calidad de los alimentos y la materia prima de venta en los mercados (salvo que uno se gaste una fortuna por un pescado o un tomate con sabor), pero sea, pues, aceptemos el sadismo perpetrado contra los pobres patos como una forma de tortura. Verdadero atentado contra las papilas gustativas, la calidad media de lo que se come en Nueva York oscilaría entre el corcho y la madera, así que la sedosa y envolvente textura del foie gras es, para los que la han catado, pura ambrosía.

Dada la propensión a los placeres de la carne europeos que manifiestan los ricos neoyorquinos, una multa de 2.000 dólares por vender foie gras no parece demasiado elevada cuando algún que otro restaurante de la ciudad (el Benjamin Steakhouse Prime del Midtown, por ejemplo) ofrece en la carta platos como el “tartar de mar y tierra cubierto de foie gras y caviar” a mil dólares por comensal. Solo cabe esperar que con la nueva ley el susodicho manjar se sirva, además de sin foie gras, sin ketchup.

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