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Arabia Saudí y Emiratos, cara a cara en el mar Rojo

La rivalidad cada vez más manifiesta entre Riad y Abu Dabi está redefiniendo la arquitectura de seguridad, los bloques de alianzas y el equilibrio de fuerzas a lo largo y ancho de la región

El Ejército yemení respaldado por Arabia Saudí se despliega tras la retirada de las fuerzas del Consejo de Transición del Sur (CTS), respaldado por los Emiratos Árabes Unidos, en Hadramaut (Yemen del Sur), el 5 de febrero de 2026.NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)

Lo que debía ser un envío encubierto de material militar terminó siendo la gota que colmó el vaso. El último fin de semana de diciembre, dos buques que habían partido del puerto emiratí de Fujaira atracaron en la ciudad yemení de Al Mukalla tras desactivar sus sistemas de rastreo y descargaron armamento y vehículos de combate. El cargamento estaba destinado a un grupo secesionista del sur que, semanas antes, había tomado el control de dos provincias fronterizas con Arabia Saudí después de expulsar a las fuerzas gubernamentales, apoyadas por Riad.

La maniobra enfureció a las autoridades ...

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Lo que debía ser un envío encubierto de material militar terminó siendo la gota que colmó el vaso. El último fin de semana de diciembre, dos buques que habían partido del puerto emiratí de Fujaira atracaron en la ciudad yemení de Al Mukalla tras desactivar sus sistemas de rastreo y descargaron armamento y vehículos de combate. El cargamento estaba destinado a un grupo secesionista del sur que, semanas antes, había tomado el control de dos provincias fronterizas con Arabia Saudí después de expulsar a las fuerzas gubernamentales, apoyadas por Riad.

La maniobra enfureció a las autoridades saudíes, que procedieron a bombardear el alijo. Horas después, su ministerio de Exteriores acusó públicamente a Emiratos Árabes Unidos de haber dado pasos “extremadamente peligrosos” y afirmó que toda amenaza a su seguridad nacional representa “una línea roja”. También instó a Abu Dabi a retirar sus fuerzas de Yemen “en un plazo de 24 horas”. Emiratos salió rápidamente al paso y rechazó lo que calificó de “inexactitudes fundamentales”, pero aun así declaró que evacuaría sus posiciones en el país.

La tensión siguió escalando en los días posteriores, después de que las fuerzas yemeníes que apoya Arabia Saudí recuperaran los territorios en manos del Consejo de Transición del Sur (CTS). En una reprimenda pública más, Riad acusó luego a Emiratos de dar cobijo en Abu Dabi al líder del grupo secesionista, Aidarous al-Zubaidi, tras orquestar su huida de Yemen “en la oscuridad de la noche” para eludir una inquietante reunión en la capital saudí en la que una delegación del CTS declaró crípticamente su disolución, rechazada por el resto del grupo.

“Era evidente que para los saudíes se trataba de una cuestión de seguridad nacional que no podían ignorar ni tolerar, y que debían intervenir”, considera Umer Karim, experto en política saudí e investigador en el Centro Rey Faisal para la Investigación y los Estudios Islámicos.

La fricción exhibida entre los dos pesos pesados del Golfo árabe en Yemen, sin embargo, ha sacado a la luz de forma dramática su pugna latente en la región del mar Rojo, una de las arterias más vitales para el comercio global. Arabia Saudí y Emiratos no solo compiten por el control de sus corredores logísticos, sino que su divergente visión del orden regional y su dispar percepción de sus amenazas han generado un equilibrio cada vez más insostenible.

El choque entre Arabia Saudí y Emiratos también ha vuelto a exponer la distancia entre dos potencias que hace unos años exhibían una gran sintonía en política exterior, con su respaldo a fuerzas contrarrevolucionarias y anti islamistas en toda la región, la intervención militar en Yemen, el bloqueo a Catar y su recelo hacia Irán. A nivel interno, ambos defienden regímenes autoritarios, la priorización del desarrollo económico y una visión más moderada del islam.

Más allá de Yemen, otro suceso que ha alimentado la tensión fue que Israel reconociera en diciembre Somalilandia, una región de Somalia que declaró la independencia en 1991 pero que no había reconocido aún ningún país. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, enmarcó el gesto en el “espíritu de los Acuerdos de Abraham”, con los que Israel formalizó relaciones en 2020 con tres países árabes, de entre los que sobresale Emiratos, que mantiene estrechos lazos con el gobierno de Somalilandia y una importante base militar en la región.

“El reconocimiento de Somalilandia hizo saltar las alarmas en Riad, porque se consideró que Israel no actuaba solo sino en coordinación con Emiratos, y que este eje estaba tratando de rodear a Arabia Saudí y que el siguiente en la lista sería Yemen del Sur”, señala Karim.

A diferencia de Abu Dabi, Riad condenó de forma categórica la normalización entre Israel y Somalilandia, a los que no reconoce, al considerarlo un peligroso precedente en la región. En este contexto, Al Zubaidi, el líder del CTS yemení, había amagado en los últimos meses con declarar la independencia en lo que hasta 1990 fue Yemen del Sur e incluso anunció una hoja de ruta en un discurso televisivo y mostró su interés en sumarse a los Acuerdos de Abraham.

A raíz de estos movimientos, el Gobierno federal de Somalia ha cerrado filas con el eje que lidera Arabia Saudí y canceló en enero todos sus acuerdos con Emiratos alegando “acciones hostiles y desestabilizadoras” contra su soberanía. Aunque Somalilandia y Puntlandia, otro estado autónomo del noreste de Somalia con estrechos lazos con Abu Dabi, rechazaron la decisión de Mogadiscio, la medida ha empujado a Emiratos a reducir su presencia en el país.

Con todo, algunos analistas consideran que la movilización de las fuerzas secesionistas en Yemen en diciembre fue alentada por Emiratos como respuesta al renovado interés de Arabia Saudí en aún otro escenario: Sudán. Allí, Abu Dabi y Riad apoyan también a bandos opuestos de la guerra que desangra al país desde 2023, con los primeros respaldando a las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), acusadas de genocidio, y los segundos al Ejército regular.

Hasta ahora, Riad ha evitado volcar su peso en favor del Ejército, pero los avances recientes de las RSF en el oeste y sur de Sudán, sustentados en un holgado apoyo emiratí, han generado alarma y han propiciado una intervención más directa. En las últimas semanas, Arabia Saudí, Egipto y Somalia han cerrado su espacio aéreo a vuelos emiratíes que reabastecían a las RSF, y Egipto y Turquía han estrechado su cooperación con el Ejército, bombardeando líneas de suministro de los paramilitares, lo que está comenzando a revertir las dinámicas en el frente.

Esta mayor implicación de Arabia Saudí en Sudán ha ido acompañada de un acercamiento de posiciones con otro actor clave en la región: Eritrea. En diciembre, Bin Salman recibió en Riad al presidente del país, Isaias Afwerki, para estrechar su coordinación en Sudán y en la región. La reunión se produjo en un momento igualmente sensible para Afwerki, que ve con recelo la ambición de Etiopía –otro socio estratégico de Emiratos en el Cuerno de África– de recuperar su acceso directo al mar Rojo, que perdió en 1993 con la independencia de Eritrea.

Como parte de esta ofensiva diplomática, Arabia Saudí también ha unido fuerzas con Egipto, otro pilar regional enfocado en su agenda doméstica y con una política exterior conservadora. Aunque El Cairo está obligado a mantener un difícil equilibrio diplomático porque Abu Dabi es su principal valedor financiero, el presidente egipcio, Abdelfatá Al Sisi, ha dejado claro que sus posiciones con respecto a Sudán, Yemen y Somalia son “idénticas” a las de Riad.

Este viraje de Arabia Saudí hacia acciones más asertivas ha ido acompañado de una campaña de deslegitimación de la agresiva estrategia seguida por Emiratos en la región. La presidenta del Centro de Políticas de Emiratos (EPC), Ebtesam AlKetbi, defiende sin embargo que la mayor preocupación de Abu Dabi es “impedir la consolidación de redes islamistas” bajo “el manto de la autoridad estatal”. Y señala que Emiratos entiende la soberanía “como algo que debe ganarse con gobernanza y control, no meramente con el reconocimiento internacional”, por lo que “prefiere a los actores con raíces locales frente a élites dependientes del exterior”.

AlKetbi apunta que Abu Dabi ha apoyado al gobierno central en Etiopía, Marruecos, Líbano, Siria y Palestina, pese a existir arraigados movimientos autonomistas, independentistas o que simplemente rivalizan con el Estado. “La postura de Abu Dabi no se centra tanto en oponerse al Estado como en secuenciar su construcción de una manera diferente”, desliza, “priorizando la seguridad, el control territorial y la neutralización de las amenazas transnacionales”.

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