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ANÁLISIS

Cristina Kirchner intenta resistir con los jóvenes militantes

La expresidenta se da un baño de masas en la Universidad de La Plata

Cristina Fernández de Kirchner en el acto organizado por universitarios en La Plata.
Cristina Fernández de Kirchner en el acto organizado por universitarios en La Plata.

Todos los elementos objetivos harían pensar que Cristina Fernández de Kirchner atraviesa el peor momento de su larga y exitosa carrera política. Su grupo sufrió una durísima derrota electoral en noviembre de 2015 frente a Mauricio Macri. De forma inesperada perdió la provincia de Buenos Aires, donde pensaba refugiarse el kirchnerismo. El macrismo ganó incluso en la ciudad donde nació, creció y estudió: La Plata, el corazón universitario de Buenos Aires. El kirchnerismo sólo pudo mantener a duras penas la provincia de Santa Cruz, donde gobierna Alicia Kirchner, hermana de Néstor, en una situación de práctica quiebra que la tiene ahogada.

Algunas de las personas más cercanas a los Kirchner, en especial el empresario Lázaro Báez, están en la cárcel por presunta corrupción. Otro hombre próximo, José López, exdirector de Obras Públicas, fue atrapado mientras trataba de ocultar nueve millones de dólares en un convento. Ella misma se enfrenta a un panorama judicial complejo. Y el peronismo, su mundo, se desvive precisamente para aislar al kirchnerismo y buscar una nueva etapa con otro líder.

Sin embargo, lejos de amilanarse o de hacer caso al consejo del expresidente Carlos Menem, que le recomendó olvidarse de la idea de volver al poder –lo dice él que lo intentó y estuvo cerca en 2003 y aún sigue siendo senador- Cristina Kirchner se mueve a su manera para mantener el liderazgo de la oposición y sobre todo para que no desparezca el kirchnerismo.

Cualquier observador que hubiera acudido al espectacular acto que organizó la expresidenta el miércoles en La Plata, rodeada de jóvenes universitarios –el kirchnerismo se ha hecho con el poder en la organización estudiantil más poderosa de La Plata- en un pabellón atestado y con centenares de personas en la calle siguiéndolo por una gran pantalla, diría que ella no se siente acosada por los escándalos ni está ni mucho menos en retirada. “Vamos a volver, vamos a volver”, cantaban enfervorecidos los jóvenes kirchneristas. “¿Volver? ¿Cómo no vamos a volver, si tenéis 18, 25, 27 años?”, se ilusionaba ella.

Kirchner construye su resistencia precisamente en los jóvenes, agrupados alrededor de La Cámpora, la organización que dirige su hijo Máximo y que conserva una gran capacidad de movilización incluso ahora que ha perdido casi todo el poder y por tanto la financiación. La expresidenta confía en esa generación hiperpolitizada para combatir a Macri y para mantener su influencia.

Las encuestas argentinas señalan que la imagen de la expresidenta se está derrumbando por los escándalos. Pero conserva un núcleo de fieles importante que sueña con que en 2017 se presente a senadora en Buenos Aires y logre vencer las elecciones de medio término. La mayoría de los expertos lo ven difícil con el panorama judicial que le espera, pero algunos creen que si la economía no mejora pronto ella tendrá una oportunidad. Y ese es su discurso.

“Este país vuelve a ser desigual, injusto, inequitativo. Millones de argentinos no llegan a fin de mes. Debemos volver a construir una gran mayoría para volver, para recuperar todas las soberanías, la de Malvinas pero también la tecnológica, la económica, la política, la social”, clamó. La gente cantaba emocionada “avanti morocha”, el tema de Los caballeros de la quema con el que cierran los actos kirchneristas. La morocha (morena) es ella, claro.

Kirchner hizo varias llamadas a la unidad del peronismo pero en realidad el mensaje era otro: estaba allí para recordarles a los demás dirigentes, que tratan de aislarla y buscar un nuevo liderazgo, que nadie tiene hoy la capacidad de llenar pabellones como ella. La expresidenta y el kirchnerismo no se quieren ir y los peronistas no parecen tener fuerza para echarlos. Confían más bien en que sea la justicia la que les haga el trabajo. Y mientras siga ese conflicto, Macri respira. Esa división de la oposición es una de sus mejores bazas.

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