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Hace cuánto que no estás con una amiga

El mejor tiempo que pasamos con amigas son esos ratos triviales e inútiles donde no termina de pasar nada, el tiempo de la infancia

Dos amigas riéndose. Sigrid Olsson ( GETTY IMAGES )

La noche antes de Sant Jordi entré en una habitación de hotel a las tres de la mañana. Había llegado a Barcelona con ganas de jarana literaria e ilusión por las firmas del día siguiente, pero en vez de irme a dormir, me metí en una habitación que no era la mía y no dormí en toda la noche. Las ventanas no podían abrirse (por la inteligencia asfixiante de algunos edi...

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La noche antes de Sant Jordi entré en una habitación de hotel a las tres de la mañana. Había llegado a Barcelona con ganas de jarana literaria e ilusión por las firmas del día siguiente, pero en vez de irme a dormir, me metí en una habitación que no era la mía y no dormí en toda la noche. Las ventanas no podían abrirse (por la inteligencia asfixiante de algunos edificios) así que fumar, como nos hubiese gustado, no era una opción. Ni una triste botella en el minibar (¿acaso el hotel se había aliado con la editorial para mantener sobria a la pandilla literaria que alojaba?). El servicio de habitaciones nos subió la última ronda y luego el tiempo se disolvió hasta el día siguiente. ¿Qué pasó? ¿Dónde pasamos la noche? La puerta de aquella habitación abrió el paso hacia el complejo tiempo de las amigas. Y solo después de cruzarla comprendí cuánto llevaba sin abrirla.

¿No has dormido? Me interroga un wasap desde Madrid por la mañana. Nada, tecleo. ¿Has follado? Mejor, contesto. Una sola palabra no basta para describir lo ocurrido, pero si solo pudiera ser una, acabo de teclear que es “Mejor”. Tal vez haya dado a entender a mi interlocutor que he follado mejor de lo habitual esta noche. Pero necesito un café antes de precisar el mensaje. En el desayuno, un conocido escritor me saluda fresco como una lechuga. Me da envidia. ¿A quién se le ocurre llegar de empalmada al desayuno? Lo curioso es que no estoy cansada. Al contrario, estoy mejor. La habitación de las amigas me ha trasladado a un tiempo sin final ni principio, a ese tiempo sin reloj ni importancia que habitamos algunas veces con los amigos. No me refiero a ponernos al día, ni siquiera a arañar una intimidad compartida o a sentirnos reconocidas. Hablo de ese tiempo trivial e inútil donde no termina de pasar nada, hablo del tiempo de la infancia.

En la habitación de las amigas no hubo reflexiones interesantes, y menos sobre nosotras mismas. Hubo diversión y una falta completa de exteriorización, de esa necesidad de ser hacia afuera de la que tan difícil resulta escapar en la vida adulta. Aquella noche volvimos a acariciar el tiempo del asombro. ¿Por qué ninguna pensaba en irse a dormir? La habitación nos envolvió en la más absoluta falta de responsabilidad. Mientras no fuéramos a ninguna otra parte, no teníamos que cumplir con nada. Mientras no saliéramos de allí podríamos ser libres, ser triviales, ser nadie, que es justo lo contrario de lo que una autora va a hacer a Sant Jordi. Y que es, por supuesto, lo mejor que pudimos hacer.

Durante una noche jugamos como niñas. Todas teníamos el mismo tiempo y la misma falta de responsabilidad. No había trabajo, ni yo tenía dos hijas durmiendo en una casa, ni una reunión por Teams por la mañana, ni firmas en Sant Jordi, ni una comida en el Hotel Majestic. Y, lo mejor, aquella noche no tendría consecuencias. La mayor parte de las cosas que hacemos en la vida adulta pensamos que influyen en nuestro futuro, aunque sea en el más inmediato, pero aquella noche no. No habría ningún registro histórico, ninguna explicación, ni foto ni memoria. Por no tener, no tendríamos ni sueño por la mañana. Ni siquiera yo podría pensar en lo ocurrido, solo sentir que el tiempo puede volver a ser mejor. Y tú. ¿Hace cuánto que no estás con una amiga?

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