La inteligencia emocional de las amigas como alternativa a ChatGPT
Los grupos de WhatsApp son el equivalente humano de la inteligencia artificial, un repositorio de consejos construido en base a las desilusiones y dramas colectivos
Estas vacaciones quedé con unos amigos de mi marido para comer y ponernos al día. Llega cierta edad en la que la mayoría de novedades no son sino renuncias, aprendes a narrar los finales, que tienen peor relato que los inicios. Nos contó una amiga los pormenores de su separación, pequeñas mezquindades que pueden arruinar una vida. Pero no la suya, nos dijo, pues desde hace tiempo ya no le preocupan. Y todo ...
Estas vacaciones quedé con unos amigos de mi marido para comer y ponernos al día. Llega cierta edad en la que la mayoría de novedades no son sino renuncias, aprendes a narrar los finales, que tienen peor relato que los inicios. Nos contó una amiga los pormenores de su separación, pequeñas mezquindades que pueden arruinar una vida. Pero no la suya, nos dijo, pues desde hace tiempo ya no le preocupan. Y todo gracias a WhatsApp. Tiene nuestra amiga un comité editorial que le gestiona las respuestas a los mensajes pasivo-agresivos de su ex, le redacta los emails y le brinda cierto apoyo emocional y literario en sus comunicaciones postmaritales.
Le pregunté por esta gente, que igual me venía bien su ayuda para escribir esta columna. Y me dijo que son sus dos mejores amigas. Han creado un grupo de WhatsApp específico para consensuar las respuestas al exmarido. Cuando el rencor se le hace bola y no le salen las palabras, reenvía a este grupo los mensajes de su ex y las amigas contestan en primera persona, en una especie de diálogo subrogado, listo para cortar, pegar y olvidar. Son unas ciranas de bergerac del desamor, siempre con la réplica perfecta a flor de labios. “A veces ni leo lo que me pone”, confesaba la mujer entre sorbitos de Negroni, “simplemente reenvío”.
Y, la verdad, me pareció una solución brillante. Pensé en cuántos dramas me habría ahorrado si hubiera tenido el consejo inmediato de mis amigas en los momentos más críticos de mi vida, un comité de sabias que me aplicara un 155 vital y me gestionara los descalabros y los temblores emocionales. Creo que es una idea a reivindicar. En estos tiempos desquiciados, en los que confiamos en que la inteligencia artificial nos dé la respuesta a los más variopintos dilemas morales, construir una red de inteligencia emocional, un repositorio de consejos de amigas, construido en base a las desilusiones y dramas colectivos.
Está muy de moda vomitar los problemas a un algoritmo, confiando en la empatía artificial. Reafirmarse en los errores con consejos de saldo y lugares comunes arañados de las profundidades de internet. Limo psicológico. Y funciona, porque hay gente que no necesita tanto que le den un consejo como que le den la razón. Personas que se enfundan en su ego como si fuera un chubasquero por el que resbalan las opiniones ajenas. Gente que tiene muy claro cómo manejarse por la vida, aunque vaya directa al desastre.
Pero hay quien, ante una emergencia personal, no abre ChatGPT sino WhatsApp. No lanza sus mensajes al abismo de internet, sino en grupos de amigos que sirven de dique emocional, para enmendarte la plana y la curva. Llevarte la contraria y reír juntos de los dramas. Estos grupos han devenido en pegamento social. En este mundo acelerado en el que apenas tenemos tiempo para vernos, sirven de hilo del que tirar cuando no hacemos pie y necesitamos salir a la superficie. Son el lugar donde compartir trivialidades y confesar lo inconfesable. Sirven de virtual cohesión de grupos dispersos a los que muchas veces acaban dando nombre. Las tigresas, los cierrabares, los pulcinis o los cucomeros. Tengo, como tenemos todos, varias cuadrillas con nombres absurdos de origen incierto. El hecho de estar todos juntos en una sala virtual me da cierta paz, saber que en mi móvil hay una aplicación donde descansa una amistad latente, un equipo de rescate en standby.
El psicólogo John Soler describió hace años el efecto de desinhibición online, un mecanismo psicológico por el cual somos más propensos a compartir nuestros pensamientos más íntimos en un chat. Un lugar donde hablamos sin el lastre de la higiene retórica, sin pensar en cómo nuestras palabras definen nuestra persona. Lo justificaba atendiendo a detalles de este tipo de comunicación como la asincronía, la sensación de anonimato o la ausencia de un presencia física, de una cara que reacciona y juzga. Esto sucede incluso con desconocidos, así que es increíble pensar en el efecto que ha podido tener en grupos de amigos que ya se lo cuentan prácticamente todo en persona.
Yo tengo cierta incontinencia emocional, soy incapaz de retener aquello que pienso y lo vomito. Me hablo encima, como si entre mi cerebro y mi lengua hubiera una línea directa que me hiciera verbalizar mis pensamientos nada más darles forma. Tampoco me quejo y de momento no lo han hecho mis amigos. Prefiero confiar mis secretos a ellos que hacerlo ante una receta mecánica salida de algún garaje de Silicon Valley. Sé que ellos los usarán, como mucho, para reírse de mí y no para venderme camisetas del Temu. No tengo divorcios a la vista ni grandes dramas planeados, pero me encantó la idea de esta amiga, y por eso he creado mi propio chat de apoyo emocional. Creo que hay algo bello en reivindicar la inteligencia colectiva, en confiar en las amigas. Moverse por la vida sabiendo que el rescate está a un mensaje de distancia.