El perro y el madroño
Las mascotas nos ayudan a tejer redes sociales a base de paseos. Nos obligan a tomar un respiro, pausar las urgencias tres veces al día
Mi perro casi nunca ladra. Esto, que podría parecer una bendición, es en realidad una tortura, pues Baldomero prefiere gritar. Es el suyo un chillido helador, algo indescriptible a medio camino entre un alarido humano, un guarrido y la llamada de los Nazgûl. En un primer momento pensé en Farinelli y le pregunté a mi veterinaria si podía ser un efecto secundario de la castración, pero ella me aseguró que no, que este sonido se llama...
Mi perro casi nunca ladra. Esto, que podría parecer una bendición, es en realidad una tortura, pues Baldomero prefiere gritar. Es el suyo un chillido helador, algo indescriptible a medio camino entre un alarido humano, un guarrido y la llamada de los Nazgûl. En un primer momento pensé en Farinelli y le pregunté a mi veterinaria si podía ser un efecto secundario de la castración, pero ella me aseguró que no, que este sonido se llama “la tira del conejo” y que es bastante frecuente en algunas razas de perros cazadores como los podencos. Baldo no caza conejos, pero va gritando alegremente por el barrio como si fuera Neve Campbell en una peli de Scream. Grita cuando está contento, cuando está nervioso, grita cuando se enfada con otro perro… Por motivos más que evidentes, es muy conocido —que no muy popular— en el barrio.
En su libro, Dogopolis, el historiador Chris Pearson analiza el impacto que han tenido las mascotas en la gran ciudad. Cómo las urbes apretujadas, populosas y estrechas del siglo XIX fueron ampliando sus aceras y aumentando sus parques para crear un entorno más amable para aquellos con quienes muchos compartimos la vida. Madrid tiene casi tantos perros como niños menores de nueve años. Son unos 300.000, número más que suficiente para pensar en sustituir la osa por una perra en el escudo (aunque si fuera por representatividad, igual deberíamos plantearnos también lo del árbol).
Esta ciudad se ha adaptado a las mascotas que la habitan y los cambios han demostrado ser beneficiosos para todos. El aumento de zonas verdes es una consecuencia evidente. Hace poco, un estudio de la revista científica PlosOne destacaba otro: el aumento de la seguridad en los barrios. Patrullas caninas desfilan por mi calle bien entrada la noche, dando vida a las horas muertas. Un barrio con perros es un barrio con paseadores, con gente que saluda y vigila y va conformando una pequeña y frágil comunidad.
Baldo nos saca a pasear tres o cuatro veces al día. Esta insistencia en el salir, este mantener las rutinas callejeras, nos ha hecho mucho más conscientes del lugar en el que vivimos. Nos ha atado de alguna forma al territorio, sintiendo una vinculación mayor por lugares que antes eran de tránsito y ahora son de paseo. Las mascotas nos ayudan a tejer redes a base de caminatas y saludos. Nos dan un motivo para salir de casa y tomar un respiro, pausar las urgencias tres veces al día. Es una forma de descanso impuesto e iterativo, un deber gozoso al alcance de muy pocos. Pasear, hoy en día, es una excentricidad que solo se pueden permitir los jubilados, los turistas y quienes tenemos un perro.
No todo el mundo sabe pasearlo en condiciones. Hay quien sale hablando por el móvil o tecleando en su pantalla frenéticamente. Se distraen de la distracción más bonita que van a tener en todo el día. Yo me dejo llevar por Baldo, confío en él para que marque el camino. Me fijo en las mismas cosas bellas que le llaman la atención: los árboles, los pájaros... Me doy cuenta de que desde hace unas semanas ya no hay castañas en el suelo, que los barrenderos han retirado la hojarasca del parque. Y descubro que tras el asfalto, oprimida por bloques de ladrillo, la naturaleza sigue latiendo bajo la ciudad.
Mi perro me ha enseñado el placer del caminar improductivo, sin meta ni objetivo más allá del agradable divagar físico. Cuando paseamos juntos, Baldo parece sonreír con todo el cuerpo, desde las orejas hasta el rabo, que mueve como para intentar sacarse de adentro el exceso de alegría. Tiene al caminar una cadencia especial, un ritmillo bailongo. Más que un perrito, se diría que es un caballo andaluz, un cabritillo chozpando por el campo. Suele ir siempre uno o dos pasos por delante, pero se vuelve a menudo para comprobar que seguimos con él, al otro lado de la correa. Es un lujo redescubrir la ciudad a su lado. En la calle, la gente se mueve con un hormigueo acelerado, pero quienes tenemos la suerte de recorrerla con un perro, lo hacemos de otra forma más alegre y reflexiva.
Nos saludamos entre nosotros, como si perteneciéramos a un club secreto, pues vamos a los mismos sitios al mismo ritmo. Es la nuestra una amistad subrogada: yo soy amigo, en primer lugar, de los perros, es a ellos a quienes saludo efusivamente. Los humanos al otro lado de la correa son conocidos secundarios, por eso rara vez recuerdo sus nombres. Hablo de ellos como el dueño de Boni, la dueña de Zeus, el de Dolores o los de Gigante. Supongo que yo soy para muchos el dueño de Baldo, y es algo que llevo con cierto orgullo, pues creo que el mío es el mejor perro del mundo.