Maria Rodés, candor sin remilgo
La cantautora barcelonesa presentó ‘Lo que me pasa’ en un concierto delicioso en un Apolo 2 que sembró con complicidad
Dedicar un disco al amor y no denostar abiertamente el amor romántico es hoy casi contracultural. Maria Rodés lo ha hecho en Lo que me pasa, un álbum donde los sentimientos se arbolan y desarbolan a tenor de los vientos emocionales, y que presentó en directo con esa voz y forma de hacer que aúna calidez, suavidad y determinación. Tiene esa forma de decir que de ir un poco más allá podría incluso parecer cursi, territorio en el que no entra pues buena parte de la belleza que nos rodea no deja de ser un paisaje sin aristas, aunque no ñoño. Y en esos paisajes ella encuentra su espacio, donde nada es forzado y todo es tan naturalmente sentido que no hay asomo de falsa ternura ni de sensiblería.
Quedó patente a las primeras de cambio, al presentar una de las canciones, Recordarte, que precisamente no pertenecen a su nuevo disco. Explicó que, a los 13 años -la portada de su nuevo trabajo es su foto a esa edad-, tuvo su primer amor (al margen de las fantasías con las estrellas de Hollywood del momento), y de ese amor dejó escrito: ”Te voy a querer como nunca he querido”. 13 años. Deliciosa muestra de romanticismo e ingenuidad.
Hoy Maria tiene casi 40 años y una vida que como la de toda persona ha tenido vaivenes. Y a tenor de ellos, la formulación musical con los que explica sus visiones sobre el amor no se adaptan a un solo estilo. Comenzó con cadencia de suave bossa para alumbrar ese momento de descubrimiento del amor en el que todo es luz cegadora, La primera vez; pero al poco tiempo ya estaba en manos de los aromas de una bachata-tango para abordar esa fijación en alguien que se adhiere a la memoria incluso más allá de lo deseable, con Pienso en ti, reiterando la bachata, esta más evidente en Chico bueno, crónica de un desencanto, cuando el que ha parecido merecedor de amor se desvela un fiasco de persona. Ese vaivén de ritmos y estilos encajó formalmente con la misma variedad de estados de ánimos en ese camino del amor que se quiere presentar como sencillo, un regalo por San Valentín y una sonrisa que se mantiene como un estandarte, pero que como todo lo que implica compromiso tiene sus curvas, algunas muy cerradas.
La presentación del concierto se basó en la sencillez, la misma con la que Maria cantó. Una guitarrista y un instrumentista para acompañar con bases, efectos y samplers bastaron. A ellos se sumaron algunos invitados, en especial Albert Casas, para poner el quejío flamenco y de copla, como hizo en Quiero controlar o en la rumbita Lo que me pasa, parte de ese homenaje que Maria rinde al mundo flamenco y de la copla, del que pasaron por escena temas como Pena penita o el Me quedo contigo de Los Chunguitos. Es aquí donde se confirma la capacidad de Maria para imponer su propia mirada, ajena a la tragedia, a las catarsis emocionales, a los sentimientos cinematográficos y llamativos que por lo general se presentan más como espectáculo que como realidad.
La vida no es un show pirotécnico, más bien una sucesión de pequeñeces que juntas construyen su grandeza. Petardos sin ritmo. Por eso Maria apenas eleva el tono de voz al cantar, y podría por tesitura, y su voz es esa compañera amable que desliza incluso humor y cercanía cuando cantaba en Malo -“eres malo, sucio y vago, vas de bueno, pero eres malo”- en un entorno pop de extrema suavidad, casi una cacofónica dulzura con el regusto de rencor controlado que exuda la letra.
De igual manera, casi al final del concierto, en el que también hubo bastante pop, sonidos urbanos y suave reguetón, cantó una deliciosa samba, Vamos a Brasil, en la que en su final se repetía casi como mantra “algún día todos vamos a morir”.
Alegría y realismo, sentido del humor, catálogo de emociones sin instrucciones de uso, sin que nadie, en este caso Maria Rodés, ofrezca masticado lo que hay que pensar, sentir o vivir. La libertad de pensamiento comienza con el fin de la consigna, con el comienzo de las dudas sobre lo dado por cierto, la suavidad puede herir más que el peor insulto y el amor es un material sensible en el que también caben humor y contrasentido. Maria Rodés lo explica perfectamente en sus conciertos, candor sin remilgo.