Qué asco de España, Antonio, qué pena tan grande
Muchos no recordamos qué hacíamos cuándo Tejero asaltó el Congreso. Pero sí recordaremos qué hacíamos cuándo murió: estábamos hablando de él
Impresiona morirse a los 93 años, después de décadas retirado de la vida pública, el día en que más gente está hablando y escribiendo sobre ti. Y más impresión y zozobra produce que ese día, el día en que te mueres, la conversación pública gire no tant...
Impresiona morirse a los 93 años, después de décadas retirado de la vida pública, el día en que más gente está hablando y escribiendo sobre ti. Y más impresión y zozobra produce que ese día, el día en que te mueres, la conversación pública gire no tanto en torno al golpe de Estado que te hizo famoso, esa imagen tuya pistoleando en el Congreso, sino las palabras dolidas con las que su mujer se refería a ti por teléfono cuando la intentona se había quedado oficialmente en charlotada: “tonto”, “desgraciao”, “gilipuertas”, “como siempre, haciendo el primo”, “lo han dejado tirao como una colilla”, “no escarmienta nunca”. Para luego, superado el estupor, tu esposa acabe vertiendo sobre la patria, esa tan sagrada que estabas intentando secuestrar por las armas, su amargo chasco: “¿Has visto qué España tan mierda?”, “estoy decepcionada de España entera”, “qué asco de España, qué pena tan grande” (esta mujer tuvo que haber sido una compositora extraordinaria de coplas).
Una desazón tan grande que sólo pide que a su marido no lo maten, sino que pase en la cárcel el resto de su vida. Y proclama que, si volviese a parir, ningún hijo suyo sería militar. Conversación esta útima que tiene precisamente con su hijo, autor de un histórico “¿eh?”.
—Si yo pudiera volverte a parir...
—¿Eh?
—Si yo pudiera volverte a parir ninguno sería militar de mis hijos —exclama Carmen Díez.
Muchos no recordamos, por niños unos o por no haber nacido otros, qué hacíamos cuándo Tejero y sus golpistas asaltaron el Congreso. Pero sí recordaremos qué hacíamos cuando murió: estábamos hablando de él. Se afanaba España en leer los documentos desclasificados sobre el 23F esa tarde y su protagonista más triste murió. Durante 45 años Tejero fue en el imaginario popular una fotografía: tricornio, bigote, pistola en alto, el “¡quieto todo el mundo!”. Y, sin embargo, al final, lo que más circula no es el disparo ni la arenga, sino la intimidad doméstica de una mujer al teléfono llamándolo “desgraciao”. Hay algo profundamente español en eso, o sea berlanguiano. No en que tu mujer esté intentando localizarte desde las cuatro de la mañana mientras maldice a tus amigos, que también. Sino en salir de casa a hacer historia con el pistolón al cinto y que tu esposa, horas después, esté diciéndole a sus amigas: “Qué tonto, el pobre”.
Quizá sea esa la verdadera desclasificación. La que no está en los informes ni en los márgenes subrayados ni en quién sabía qué a qué hora, sino en el contraste entre la épica pretendida y el ridículo percibido. Entre quien creyó estar salvando la patria y quien, desde el salón, veía a su marido engañado perdido, y voceándolo desesperada.
Morirse el día en que todos estaban pronunciando tu apellido tiene algo de justicia poética y algo de crueldad. No te mueres solo: te mueres rodeado de adjetivos. Que no eliges tú, que ni siquiera en tu día de gloria elegiste tú.