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Vox contra Vox: la guerra fratricida de Abascal y Ortega Smith

El agravio personal se mezcla con la lucha por el poder en el enfrentamiento entre el presidente y el exsecretario general del partido ultra

De izquierda a derecha, Javier Ortega Smith, Ignacio Ansaldo y Carla Toscano, en el pleno del Ayuntamiento de Madrid este martes.Foto: Claudio Álvarez

Cada vez que se le pregunta por el conflicto abierto con Javier Ortega Smith, Santiago Abascal se evade de la cuestión asegurando que su partido se ocupa de los problemas de los ciudadanos y no está para mirarse el ombligo. Es, por supuesto, una metáfora. Pero quizá no afortunada, pues el ombligo es la parte de la anatomía que nos recuerda de dónde venimos, dónde estaba el cordón umbilical que nos ligaba a nuestros oríge...

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Cada vez que se le pregunta por el conflicto abierto con Javier Ortega Smith, Santiago Abascal se evade de la cuestión asegurando que su partido se ocupa de los problemas de los ciudadanos y no está para mirarse el ombligo. Es, por supuesto, una metáfora. Pero quizá no afortunada, pues el ombligo es la parte de la anatomía que nos recuerda de dónde venimos, dónde estaba el cordón umbilical que nos ligaba a nuestros orígenes.

La incubadora donde se gestó Vox se llama Denaes (Defensa de la Nación Española). Abascal y Ortega Smith se conocieron hace un cuarto de siglo en esta fundación dedicada a resucitar el languideciente nacionalismo español con el patrocinio de la entonces presidenta madrileña, la popular Esperanza Aguirre. Abascal era el presidente y Ortega el responsable jurídico. En 2012, el segundo ejerció como abogado del primero en el juicio contra los miembros de la izquierda abertzale que nueve años antes le habían hostigado cuando era concejal del PP en el Ayuntamiento de Llodio (Álava). Entre el público que asistió al juicio celebrado en la Audiencia Nacional se sentó, para respaldar a Abascal, Iván Espinosa de los Monteros.

El triunvirato formado por los tres amigos tomó el control de Vox cuando se marchó su primer líder, el exdirigente del PP catalán Alejo Vidal Quadras, tras quedarse a unos pocos votos de conseguir un escaño en las elecciones europeas de 2014, el objetivo para el que se había creado el partido pocos meses antes. Abascal fue elegido presidente y Espinosa de los Monteros secretario general de una formación marginal en la que convivían falangistas, neoliberales y ultraconservadores, hasta que en 2016 el segundo dejó el cargo para ocuparse de sus negocios privados y Ortega Smith le sustituyó.

Este último puso en pie la estructura territorial del partido y le dio proyección pública con su intervención como acusación popular en el juicio contra los responsables del procés independentista. También protagonizó acciones espectaculares, como el robo de un arrecife artificial de dos toneladas sumergido en aguas próximas a Gibraltar para impedir que faenasen los pescadores españoles. En la hazaña le acompañaron sus compañeros de la Compañía de Operaciones Especiales (COE 13) en la que había hecho la mili. Entre ellos, su binomio militar Ignacio Ansaldo, quien en noviembre de 2013 prestó la dirección de su negocio como sede social de Vox para su inscripción en el registro de partidos del Ministerio del Interior. Ansaldo aceptó figurar en los estatutos como primer presidente del partido para despistar al PP, mientras los verdaderos líderes de la formación, Vidal Quadras y Abascal, aguardaban el momento oportuno para salir del armario.

Poco más de 13 años después, Ansaldo está a punto de ser expulsado del partido del que todavía lleva con orgullo el carné de afiliado número 1. El Comité de Garantías de Vox le ha suspendido cautelarmente de militancia igual que a la también concejal Carla Toscano, por no acatar la orden del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de relevar a Javier Ortega como portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid. Un informe jurídico oficial ha dejado claro que no corresponde al CEN sino a los concejales elegir a su portavoz y la dirección del partido no tiene mayoría para forzar el cese de Ortega, pues solo dos de los cinco ediles la respaldan. Sin embargo, los tres díscolos deberán abandonar el grupo y pasarán a ser no adscritos cuando concluya su proceso de expulsión.

De momento, la candidata de Abascal a relevar a Ortega, Arantxa Cabello, ha conseguido que los votos de los dos concejales que mantienen la disciplina partidaria se cuenten al margen de los demás. Así que los tres de Ortega y los dos de Abascal han votado este jueves por separado una iniciativa contra la regularización de inmigrantes, pero lo mismo. Y es muy difícil que voten diferente, ya que no hay diferencias ideológicas entre ambos grupos.

Los cargos por los que Ortega Smith fue expulsado el pasado 22 de diciembre del máximo órgano de dirección del partido, al que había pertenecido desde su creación, no tenían nada que ver con discrepancias estratégicas. Se le acusaba de haber realizado un viaje a Torrelavega (Cantabria) o haber hecho declaraciones a la prensa en una manifestación en la madrileña plaza de Colón o ante un centro de menores en el barrio de Hortaleza (Madrid) sin “seguir los cauces establecidos”. Tampoco sus críticas al apoyo de los ediles de Vox en Valladolid a la zona de bajas emisiones en la ciudad o sus quejas por haber sido destituido como portavoz adjunto en el Congreso chocan con la ortodoxia de Vox. Lo que se reprocha a Ortega no es ser un disidente, sino un verso suelto, actuar como si todavía fuera secretario general y no un peón más de un partido donde nadie puede dar un solo paso sin consultar antes.

Fuentes conocedoras de Vox aseguran que Abascal ha tomado la decisión de expulsar a Ortega con el vientre, no con la cabeza, precisamente por la relación fraternal que mantuvieron durante décadas: además de amigo y compañero de partido, Ortega es padrino de Jimena, la segunda hija de Abascal y la mayor de los tres hijos que tiene con su actual pareja, Lidia Bedman. En vez de hacerle luz de gas como venía pasando hasta ahora —lo sustituyó como portavoz en la Comisión de Justicia del Congreso y lo relegó a las últimas filas del hemiciclo, el llamado gallinero— el líder de Vox ha optado por el enfrentamiento directo con su antiguo número dos, lo que ha brindado a este una visibilidad que ya había perdido. Además, ha abierto una grave crisis en el grupo municipal sin conseguir de momento el objetivo que perseguía: forzar su cese como portavoz. Lo que colmó la paciencia de Abascal fue la filtración de la carta que Ortega dirigió a los miembros del CEN a principios de mes, en vísperas de las elecciones de Aragón, en la que su antiguo número dos le acusaba de usar “la mentira, la manipulación y la tergiversación” para echarlo de la cúpula del partido.

Las mismas fuentes descartan que la rebelión de Ortega desencadene una catarata de adhesiones en el seno de Vox y subrayan que sus más fieles han sido relegados en los últimos años de los puestos de responsabilidad. “Los damnificados de la época en que dirigía con puño de hierro la Secretaría General se alegrarán, mientras que los que consideran injusto el trato que se le ha dispensado no se la jugarán”, pronostican estas fuentes. Frente a los que cuestionan sus decisiones, Abascal esgrime el balance de su gestión como si fuera un empresario de éxito: Vox ha duplicado sus resultados en Extremadura y Aragón y algunas encuestas le dan casi 70 escaños, una cifra sin precedentes, en unas generales.

Los problemas pueden llegar si cambia esta tendencia ascendente. Abascal acumula ya un buen número de esqueletos en su armario —Macarena Olona, Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Javier Ortega, entre muchos otros— y algunos no están dispuestos a dejarse enterrar con facilidad. Frente a la acusación de filtrar información interna, el todavía portavoz municipal ha respondido airado: “No he filtrado jamás ninguna información reservada, de las muchas que por cierto conozco, sobre las cuentas del partido, las decisiones que se han tomado o las actuaciones de unos y otros”. Hasta que le sucedió Ignacio Garriga como secretario general en octubre de 2022, Ortega Smith formaba parte del comité de gestión de Vox. Por sus manos pasaban todos los pagos a la fundación Disenso o al conglomerado empresarial de los asesores de Abascal, Gabriel Ariza y Kiko Méndez Monasterio. Muchos interpretan sus palabras como un aviso a navegantes.

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