De Bremen a Gotinga: por el fabuloso mundo de los hermanos Grimm
Una ruta de cuento por la Alemania de pueblos, bosques, castillos y leyendas que inspiraron a Jacob y Wilhelm Grimm
Bien se puede elegir Bremen como punto de partida de un viaje por el fabuloso mundo de los hermanos Grimm, una ruta de ensueño que cumplió 50 años en 2025 desde su creación. La antigua ciudad hanseática rinde homenaje a una de las fábulas más divertidas y didácticas que, en su afán por transcribir relatos orales tradicionales, recogieron los filólogos, lexicógrafos y escritores Jacob y Wilhelm Grimm.
Los músicos de Bremen (1819) cuenta la historia de cuatro animales (un burro, un perro, un gato y un gallo) desahuciados debido a su edad. Con pinta de acabar mal en su pueblo de Baja Sajonia, emprenden juntos camino a Bremen en busca de una oportunidad en la ciudad que se jactaba de ser libre a principios del siglo XII, como bien testimonia la estatua de Rolando de casi cinco metros de altura, símbolo de la libertad y patrimonio de la Unesco, que se erige en la plaza del Mercado, frente al imponente Ayuntamiento gótico báltico, también reconocido como patrimonio mundial. En uno de los laterales del Ayuntamiento se alza la estatua en bronce obra de Gerhard Marcks (1953) que hace honor a los cuatro músicos de los hermanos Grimm, en la que es imprescindible agarrar con fuerza las patas del burro, desgastadas por el frote, para que su suerte sea contagiosa y el destino venga bonito.
Si se quiere escuchar a los célebres músicos, símbolos de la resiliencia y el trabajo en equipo, tras echar una moneda en la alcantarilla de la plaza un coro de ladridos, maullidos, cacareos y rebuznos contestará con alegría. El Ayuntamiento, construido en 1405, sigue abriendo su cofre de sorpresas: su subsuelo alberga una de las bodegas más grandes de Alemania. Los 5.000 metros cuadrados de la bodega Ratskeller almacenan más de 1.200 marcas de vino de todas las regiones alemanas junto con el barril más antiguo del país, que data de 1653. Se cuenta que la reina Isabel II de Inglaterra, en su visita a la ciudad, probó uno de los elixires de Ratskeller con aromas de jerez. Apéndice de la bodega es su restaurante del mismo nombre, donde degustar un buen vino alemán, acompañando un crujiente schnitzel o un estofado de carne, en las mesas alargadas al lado de barriles ancestrales.
Sin salir de la plaza, sobresalen las agujas de la catedral de San Pedro, que ha pasado por diferentes estilos arquitectónicos desde su construcción en el año 789 y cuenta con cinco órganos que hablan de la tradición de música de órgano en Bremen.
Schnoor, un barrio de cuento
El nombre de Schnoor se traduce como cuerda o cordón y habla de un barrio de callejuelas entrelazadas, de tradición artesana relacionada con las cuerdas marineras. Ventanas estrechas por las que parece que de un momento a otro podrían asomarse Hansel y Gretel. Altarcillos curiosos dedicados a los búhos, muy preciados por ser depredadores de roedores. Escalerillas que suben al tejado de hogares sin puerta, ya que, en aquel entonces, las casas ciegas pagaban menos impuestos y había quien encontraba en la opción de colarse en su propia casa por el tejado un importante ahorro. El distrito más antiguo de la ciudad hoy es una auténtica delicia, lleno de cafés y tiendas adorables de las que cuelgan marquesinas de hierro testimoniando el oficio del antiguo inquilino.
Los molinos harineros fueron parte del paisaje bremeniano durante siglos. De los seis con los que contaba la ciudad, el Molino de Bremen fue reconstruido tras un fuego por el diseñador de molinos Berend Erling, convirtiéndose con el paso de los años en un emblema de la ciudad, superviviente de la Segunda Guerra Mundial que arrasó una gran parte de Bremen. El molino de viento alberga un seductor restaurante de comida tradicional, donde disfrutar de unos sabrosos arenques del Báltico o del labskaus (carne en salazón), plato típico del norte de Alemania, regados por la cerveza de Bremen por excelencia, Becks, que nombra al restaurante Beck’s Mühle.
En el centro histórico de Bremen espera el insólito y vibrante callejón Böttcherstrasse. Fue creado a iniciativa del empresario Ludwig Roselius entre 1922-31. Corona su entrada el relieve dorado Lichtbringer (portador de la luz), obra de Bernhard Hoetger, al que le siguen, en apenas cien metros, una sorprendente fusión arquitectónica, de arte, cultura, comercio e historia. Al tañer de las 30 campanas de porcelana Meissen del carrillón de la casa Glockenspiel, se alcanza la pequeña plaza de Böttcherstrasse donde se salpican edificios expresionistas de ladrillo, que albergan talleres, galerías y museos. Entre ellos, la impresionante estructura de la casa museo de Ludwig Roselius, comerciante de café y fundador de la empresa Kaffee HAG, quien atesoró una importante colección de arte expuesta en su museo. Roselius fue mecenas y gran admirador de la precursora del expresionismo, Paula Modersohn-Becker, a quien levantó un museo también en la Böttchestrasse, siendo la primera mujer con un museo dedicado a su obra, y de Bernhard Hoetger, autor de los paneles de madera del carrillón, con temas marítimos y aeronáuticos.
Como fin en la inmersión en el universo de Roselius es buena idea acercarse a la Casa Atlantis, uno de los edificios arquitectónicos más nombrados que fue obra original de Bernhard Hoetger y, tras los daños sufridos en la guerra, se encargó de restaurarlo Ewald Mataré. Actualmente, el edificio es parte del Hotel Radisson Blu, y Turismo de Bremen organiza visitas guiadas para ver la escalera y la sala de la cúpula Himmelssaal.
Para completar la visita artística de Bremen es imprescindible dedicar un tiempo a su Museo de Arte, fundado en 1823, donde tradición y modernismo se dan la mano. Si las obras de artistas de la categoría de Dürer, Monet, Munch, Beckmann, Picasso o Turrell las explica el cicerone Martín Odematt, quien prácticamente se mimetiza con ellas, la visita es inolvidable. La obra escultórica de los Músicos de Bremen, realizada por el artista italiano Maurizio Cattelan (con fama de transgresor y provocador), abre las puertas del Kunsthalle a 700 años de historia a través del arte, que terminan con el paseo onírico por el bosque multicolor, emulando píxeles, Pixel Forest Wisera, de Pipilotti Rist.
A lo largo de la ribera del río Weser, en el paseo Schlachte la animación está garantizada a cargo de sus bares, restaurantes y de la mucha gente que recorre el antiguo puerto de la ciudad por el que entraban los bienes de ultramar, hasta que la construcción del actual puerto, Bremerhaven, y el protagonismo del puerto de Hamburgo lo relegaron a otros menesteres. Es muy agradable navegar su surco observando las fábricas que lo orillan para terminar comiendo en el que sería el camarote del capitán, imaginando las epopeyas marítimas del velero Alexander von Humboldt, que si antes cruzaba el Atlántico ahora hace las veces de hotel restaurante.
Un castillo de ensueño
Durante el camino hasta el castillo Hämelschenburg, a unas dos horas en coche al norte de Bremen, da tiempo a entender el porqué de esas leyendas que reunieron los hermanos Grimm. Los bosques son tan espesos que hasta a los rayos de sol les cuesta entrar, y esos pueblecitos encantadores esconden jugosas fábulas, la mayoría basadas en hechos reales. El castillo es una de las paradas de la Ruta Alemana de los Cuentos de Hadas asociada con los hermanos Grimm por su mágica atmósfera y su cercanía a otros de los escenarios de sus famosas historias.
En la lontananza aparece el castillo de Hämelschenburg, considerado un gran ejemplo del Renacimiento, pero también con trazas de Barroco y periodo Wilhelmino. Su construcción, en 1588, fue por iniciativa del mercader Jürgen von Klenke y su esposa Anna von Holle, considerada una de las mujeres más educadas e inteligentes de su tiempo, quien se encargó de salvar al castillo de posibles desastres, entre ellos los acontecidos durante la Guerra de los 30 años.Lleva cinco décadas en manos de la misma familia, que sigue habitándolo, pero también lo abre al público, como explica Lippold von Klencke, actual propietario; un hombre sereno de magnífica dialéctica que cuenta la historia del lugar, señalando con orgullo el retrato de su antepasada Anna von Holle, una mujer donde las haya.
El flautista de Hamelín
A unos 15 minutos en coche del castillo espera Hamelín (Hameln). Quién no ha escuchado de niño, con curiosidad y miedo, la leyenda de aquel flautista al que el pueblo contrató en 1294 para erradicar las muchas ratas que, imantadas por las notas de su flauta, le seguían hasta terminar ahogadas en el río Weser. Y quién no se ha horrorizado al llegar al capítulo en el que el pueblo no pagó al flautista, que entonces hipnotizó a los niños con su música hasta hacerlos desaparecer. Testimonios reales de la desaparición de los infantes están escritos y grabados en bronce en la calzada del pueblo. El motivo no está claro, pero la desaparición de 130 niños fue una realidad.
Hamelín rinde continuo homenaje a su figura principal. En la Osterstrasse está la Casa del Flautista, una de las más bellas y grandes casas del Renacimiento y que hoy ostenta una placa en memoria del acontecimiento que inspiró la leyenda; adoquines con ratas de bronce salpican las calles mostrando el camino a los lugares de interés; dulces en forma de roedor y múltiples estatuas del famoso flautista se encuentran por el pueblo medieval.
Tras comer un delicioso crepe en el restaurante medieval Pfannekuchen, aparece Michael Boyer, que de tanto vestirse las mayas multicolor, calzarse el sombrero picudo y tocar la flauta se ha vuelto el actual flautista, a cuyas notas los visitantes le siguen hipnotizados, mientras les conduce al Museo de Hamelín, que tiene un teatrillo mecánico delicioso, y al carrillón que da las horas mientras por la puertecita aparece el flautista seguido por las ratas.
Dormir en el castillo de Münchhausen, del siglo XVI, añejo a Hamelín y convertido en hotel de cinco estrellas, es pasar la noche entre las páginas de un delicioso cuento de hadas. Habitaciones de ensueño con vistas al bucólico jardín, campo de golf, spa y tres restaurantes son algunos de sus atractivos. Pero lo mejor de todo es pasearse por sus palaciegas salas, asomarse a la ventana al anochecer cuando se encienden los faroles y pasear al amanecer entre la niebla que emerge del lago, y aspirar el aire fresco de la mañana, antes de ir a desayunar a la carta, como auténticos reyes.
Las peripecias del coronel Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, han abierto la sonrisa de niños y mayores. Personaje literario creado por Raspe, sus páginas están plenas de fantasía; una bandada de gansos le lleva a casa, vuela sobre una bala cañón, viaja a la luna o emerge de arenas movedizas tirándose de su coleta. Estas y muchas más anécdotas, no exentas de mensajes, las contaba el célebre barón en su pueblo natal de Bodenwerder, en su afán por transmitir sus aventuras como paje de Antonio Ulrico II o soldado del ejército ruso, en campañas contra los turcos. En Bodenwerder se suceden las huellas de su legado, en el parque, en su casa y en el divertido y didáctico museo donde aprender todo sobre el imaginativo barón, cuyas fantasías han sido llevadas a la pantalla y traducidas a numerosas lenguas.
A orillas del río Weser
En Höxter parece que nació la leyenda de Hansel y Gretel. En las afueras del pueblo se alza, imponente, la abadía Imperial de Corvey. Monasterio benedictino fundado en el año 822 y patrimonio mundial de la Unesco, presume de una fachada occidental de estilo carolingio y de la iglesia barroca de San Esteban y San Vito. Un centro espiritual, cultural y económico cuyos clérigos tuvieron una influencia determinante durante el Sacro Imperio Germánico. Paseando por sus regios salones se llega al imperial y a la biblioteca principesca que alberga nada menos que 74.000 volúmenes. Como dato curioso está el hecho de que el autor del poema que terminó siendo el himno nacional de Alemania, Hoffmann von Fallersleben, está enterrado en el cementerio. Como fin de la visita hay que dar la vuelta al castillo, donde aparece el maravilloso y cuidado jardín.
Besando a La Niña de los Gansos
Romantik Hotel Gebhards tiene un sello sobrio, de una elegancia acogedora. Está situado cerca del centro de Gotinga, frente a la antigua muralla y al lado de la estación. A pocos metros del alojamiento se encuentra la placa que anuncia el lugar de la casa donde vivieron los hermanos Grimm cuando ejercían de profesores y bibliotecarios en la universidad hasta que, a causa de su desacuerdo con los criterios del rey Ernesto Augusto I de Hannover, debieron abandonarla en 1837.
Gotinga lleva fragancias de sabiduría en su aire, como bien lo testifican los más de 40 Premios Nobel que ha dado la ciudad universitaria. Su ambiente estudiantil llena la plaza del mercado frente al antiguo Ayuntamiento, protagonizada por Gänseliesel, la estatua de La Niña de los Gansos, cuya fábula, recogida por los hermanos Grimm, habla de la princesa embrujada que vivía cuidando unos gansos que en realidad eran sus hechizadas doncellas. La princesa se ha vuelto el símbolo entrañable de la ciudad, a donde acuden los recién graduados a besarla antes de emprender el doctorado. Tras el beso, la celebración está garantizada en los bajos del Ayuntamiento, donde el restaurante Bullerjahn ofrece 600 años de historia entre sabrosos y tradicionales platos y una deliciosa cata de cerveza de la región, Einbecher, para brindar por la Niña de los Gansos, rescatada del anonimato por los hermanos Grimm.