Editorial

Una Merkel bajo presión

La inmigración se ha convertido en una de las cuestiones más delicadas con las que tiene que lidiar la canciller

La canciller alemana, Angela Merkel, levanta su tarjeta de votación durante la jornada del congreso federal de la CDU en Essen MICHAEL KAPPELER (EFE)

La cuestión migratoria se está revelando como uno de los puntos más delicados a los que los gobernantes europeos —y los aspirantes a gobernar — se enfrentan a la hora de defender sus posiciones en las diferentes campañas electorales y referendos. Los planteamientos más demagógicos y radicales del espectro político, encarnados en los diferentes movimientos populistas han conseguido impregnar, en mayor o menor medida, el discurso de las demás formaciones y candidatos, temerosos de perder apoyos si no entran en la dinámica.

La canciller alemana Angela Merkel, durante el congreso de la Unió...

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La cuestión migratoria se está revelando como uno de los puntos más delicados a los que los gobernantes europeos —y los aspirantes a gobernar — se enfrentan a la hora de defender sus posiciones en las diferentes campañas electorales y referendos. Los planteamientos más demagógicos y radicales del espectro político, encarnados en los diferentes movimientos populistas han conseguido impregnar, en mayor o menor medida, el discurso de las demás formaciones y candidatos, temerosos de perder apoyos si no entran en la dinámica.

La canciller alemana Angela Merkel, durante el congreso de la Unión Cristianodemócrata (CDU) que el pasado martes la reconfirmó como líder de la formación conservadora —y la lanzó, por tanto, hacia la reelección— hizo en su discurso dos referencias a este problema cuando se refirió al endurecimiento de las leyes migratorias y a la prohibición del velo islámico integral. Aún en un ambiente enrarecido en Alemania por la constante propaganda xenófoba producida por la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) no deja de sorprender que estas dos referencias despertaran la adhesión entusiasmada de unos correligionarios que apenas habían dedicado unos aplausos protocolarios cuando Merkel abordó otros temas trascendentales para el país, como las medidas para mantener las cuentas del Estado equilibradas.

La canciller está siendo sometida a una gran presión en un asunto —la política de apertura en 2015 a casi un millón de personas que, prácticamente con lo puesto, se agolpaban en sus fronteras— que casi le ha costado la histórica alianza con los socialcristianos de Baviera. Ahora, Angela Merkel ha tenido que asegurar que aquello “no puede repetirse”. La veterana dirigente tiene ante sí la complicada de tarea de dar respuestas a un electorado agitado sin caer en las trampas que le tiende el populismo.

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