Columna

Flor de loto

Aunque hoy pensaba escribir de otra cosa, la inmensa tragedia que está viviendo Japón me puede. Como en las plagas bíblicas de Egipto, las calamidades vienen encadenadas: terremotos, tsunamis, desastre nuclear y hasta un volcán en erupción; miles de muertos y desaparecidos, destrucción por doquier, caída en picado de la economía. ¿Cómo se puede tener tan mala suerte? Se puede. Los ojos llenos de las imágenes que nos van llegando. Y una de las cosas más sorprendentes, la reacción de los japoneses, la contención y el civismo con los que afrontan el desastre y el pánico nuclear. Nada de muestras ...

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Aunque hoy pensaba escribir de otra cosa, la inmensa tragedia que está viviendo Japón me puede. Como en las plagas bíblicas de Egipto, las calamidades vienen encadenadas: terremotos, tsunamis, desastre nuclear y hasta un volcán en erupción; miles de muertos y desaparecidos, destrucción por doquier, caída en picado de la economía. ¿Cómo se puede tener tan mala suerte? Se puede. Los ojos llenos de las imágenes que nos van llegando. Y una de las cosas más sorprendentes, la reacción de los japoneses, la contención y el civismo con los que afrontan el desastre y el pánico nuclear. Nada de muestras de histeria, nada de aprovechar el caos para el pillaje o el saqueo, nada de protestar contra las interminables colas. Su impresionante serenidad, su calma nos auguran que, sean cuales sean las proporciones finales de la catástrofe, sabrán trabajar ordenada y eficazmente en la reconstrucción, sabrán recuperarse como se han recuperado otras veces (excepto los miles de muertos, claro: "la vida sigue" es a la vez la frase más cruel y la más hermosa).

Hemos visto algunas imágenes de gente llorando o abrazando a sus seres queridos, es cierto, pero pocas en realidad. No parecen abundar los llantos desconsolados, los aspavientos, los gritos desgarrados que podríamos imaginar entre nosotros. Los japoneses "lloran hacia dentro", nos dicen, son educados desde pequeños para no mostrar sus emociones de dolor o disgusto en público, pues aspiran a no molestar o causar incomodidad a los demás, a no despertar su compasión. Tampoco son tan dados como nosotros a mostrar afecto o consuelo mediante el contacto físico; viendo películas japonesas, por ejemplo, nos entran ganas de gritarles: "¡por Dios, tocaros un poco!", que al menos los padres abracen a sus hijos, y éstos a sus padres...

Cada uno se las arregla como puede con su dolor, cierto, pero son las pautas familiares y culturales que imitamos desde niños las que marcan en gran medida nuestra forma de expresarlo, afrontarlo, pelearlo o asumirlo. Nosotros hemos aprendido a esconderlo menos, a compartirlo más. Sin hacer mucho caso, la verdad, a los estoicos que recomendaban la apatía: sea cual sea la dimensión de la tormenta exterior, mantener el mar interno en calma, controlar nuestra reacción, no dejarse llevar por las pasiones. El budismo, religión mayoritaria en Japón, es también toda una sabiduría dirigida a erradicar el sufrimiento, la insatisfacción vital, un entrenamiento para huir de las pasiones extremas, de los deseos y miedos que arrastran desasosiego e intranquilidad. Uno de sus símbolos más conocidos, la flor de loto, es bien elocuente al respecto: crece siempre en terreno pantanoso, enlodado y, sin embargo, es de una belleza extrema. Incita a creer que también entre el barro de la destrucción, entre sus dolores y desgarros, puede surgir algo puro y hermoso. Bendita esperanza.

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