El mediodía de Nietzsche
Más allá del mundillo de la fórmula 1, el regreso a las pistas de Michael Schumacher da pie a reflexionar sobre la tentación del retorno, sobre esos individuos que, a pesar de que han anunciado su retiro y de que efectivamente han desaparecido en las profundidades de la campiña, o en las de un bar, vuelven al cabo de unos años con resultados casi siempre desastrosos. En una dimensión que sobrepasa los límites de este artículo y que, sin embargo, orienta, Nietzsche escribió en La gaya ciencia: "les iluminará la idea más poderosa de todas, la idea del eterno retorno de las cosas todas: és...
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Más allá del mundillo de la fórmula 1, el regreso a las pistas de Michael Schumacher da pie a reflexionar sobre la tentación del retorno, sobre esos individuos que, a pesar de que han anunciado su retiro y de que efectivamente han desaparecido en las profundidades de la campiña, o en las de un bar, vuelven al cabo de unos años con resultados casi siempre desastrosos. En una dimensión que sobrepasa los límites de este artículo y que, sin embargo, orienta, Nietzsche escribió en La gaya ciencia: "les iluminará la idea más poderosa de todas, la idea del eterno retorno de las cosas todas: ésa será para la humanidad la hora del mediodía".
La historia esta llena de figuras que regresan después de haberse cortado la coleta, de personajes que se resisten a mirar el tiempo de forma lineal y que optan por la circularidad, por el retorno a las pistas, a las canchas y a los escenarios, por abrazar esa hora del mediodía que observaba el filósofo; sobre estos retornos, los de hoy, los de antes y los que vendrán, gravitan estas preguntas: ¿Para qué? ¿Añade algo el retorno a un pasado glorioso? ¿Son las súplicas de un puñado de admiradores motivo suficiente para regresar? ¿Tiene caso regresar, años más tarde, a hacer exactamente lo mismo que ya no se quería hacer?
El regreso de una vieja gloria vale si supera lo que fue; de otra forma, más vale respetar la caducidad
Hay retornos que no sólo no han funcionado, sino que han ensombrecido una carrera que en su tiempo fue exitosa, como aquel del tenista sueco Björn Borg, que cuando tenía 18 años ganó su primer Grand Slam en París, y de ahí para delante fue sumando, entre otras cosas, cinco Wimbledon y seis Roland Garros, para retirarse en 1983, a los 26 años; una carrera espectacular que intentó continuar ocho años después de su retiro de las pistas, con unos resultados inversamente proporcionales a los que obtuvo cuando era la estrella mundial del tenis: en 10 torneos agónicos no ganó un solo partido.
En 1994, el boxeador George Foreman, fue capaz de recuperar el título mundial, a los 45 años, después de 12 de no poner las botas en la lona del ring, a causa de un periodo de ferviente espiritualidad que dedicó a la iglesia de los cristianos renacidos; o la increíble historia del ciclista Lance Armstrong, que es sin duda el maestro del regreso, el hombre que hoy mejor encarna el eterno retorno: se retiró para luchar contra un cáncer voraz, luego, ya curado, regresó y al cabo de un tiempo volvió a retirarse y después de un periodo de reflexión regresó a ganar siete veces el Tour de France y después decidió que había que retirarse otra vez y este año regresó al mismo Tour para quedar en un decoroso, pero opinable, tercer lugar; si era el primero ¿por qué regresar para ser el tercero?
Ante la pregunta ¿para qué regresa quién ya se retiró con honores de una carrera triunfal?, pueden aventurarse varias respuestas que pasan por el dinero o la autoestima, aunque también debe haber la tentación de recuperar lo que se fue, de arañar, haciendo lo que se hacía de joven, la fuente de la eterna juventud; Nietzsche, que se ocupó en sus libros del tema del eterno retorno, hablaba de la destrucción que es necesaria para la creación y a partir de ahí defendía el final de las cosas como condición para que nacieran cosas nuevas, "sed los defensores y justificadores de toda caducidad", escribió en Así habló Zaratustra y aquí la idea de Nietzsche, aunque vuelve a quedar grande, resulta orientativa: el retorno de una vieja gloria vale en la medida en que supere lo que fue, de otra forma más vale respetar la caducidad, aceptar que la hora del mediodía se ha ido.