CRÓNICAS DEL SITIO

La importancia de Ser Ernest

He vuelto a disfrutar con La importancia de llamarse Ernesto que siguen traduciendo mal. Porque se trata menos de llamarse que de ser -y en todo caso de aparentarlo- para conseguir ligar con las dos jóvenes que buscan el amor de un hombre honesto (honest), siempre serio (earnest) y acaudalado. Y si todo eso no fuera posible, al menos que sea Ernesto.

En la realidad todo es comedia, nos dice Oscar Wilde, inglés nacido en Dublín como yo misma nací vasca en Burdeos. La actualidad de esta comedia acerca de la moral victoriana, consiste en mostrarnos el disfraz de la ser...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

He vuelto a disfrutar con La importancia de llamarse Ernesto que siguen traduciendo mal. Porque se trata menos de llamarse que de ser -y en todo caso de aparentarlo- para conseguir ligar con las dos jóvenes que buscan el amor de un hombre honesto (honest), siempre serio (earnest) y acaudalado. Y si todo eso no fuera posible, al menos que sea Ernesto.

En la realidad todo es comedia, nos dice Oscar Wilde, inglés nacido en Dublín como yo misma nací vasca en Burdeos. La actualidad de esta comedia acerca de la moral victoriana, consiste en mostrarnos el disfraz de la seriedad. El príncipe Harris con uniforme nazi sólo está reclamando un aumento de su paga.

Ya lo había dicho Marx: la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Wilde lo escribe unos años más tarde, pero con más gracia. A finales de aquél siglo XIX la reina Victoria se convierte así en una tía Augusta. Una anciana disfrazada de dama adusta para encubrir su pasado de corista que logró engatusar a un lord.

En ese mismo final de siglo, Sabino de Arana reemplazaba su traje de petimetre bilbaíno por un disfraz de olentzero. Así, con ademanes de aldeano y gesto dramático, entonaba un irrintzi patriotero con música directamente copiada de una ópera italiana. Sin apearse de la escena teatral felicitó por telegrama al presidente Wilson por sus éxitos militares contra España. El juez le puso preso y ahí se acabó la representación. Sabino descubrió su españolidad y murió cuerdo como Alonso Quijano, aunque sus escuderos siguieron sin él sus aventuras.

Treinta años después, esos escuderos resistían al ejército franquista con armas de verdad. Pero su heroísmo se desinfló al llegar a Santoña, donde negociaron la rendición "de Estado a Estado" con militares italianos aliados de Franco. Y cuando los italianos les entregan a sus aliados franquistas -que en eso consiste ser aliados en una guerr- se sienten arteramente traicionados... por el enemigo. A tanto no llegaron ni los personajes de Wilde.

Un siglo más tarde la comedia continúa. El escudero de Alonso Quijano, cual nuevo caballero de la triste figura viaja a Madrid a negociar con España.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
SIGUE LEYENDO

-Vuélvase a su casa señor -le dice el propietario del teatro- que la representación ha terminado y tengo que apagar las luces.

Vanamente seguirá persuadido de que es el único que puede decir cuándo termina la representación. Porque lleva dentro de sí a todos los vascos y las vascas. Y una historia milenaria de una patria doliente. Lo dirá cuando llegue a su Santoña o cuando un juez le diga que hasta aquí hemos llegado. Entonces se volverá cuerdo como Alonso Quijano, como Sabino y como mi tío Agustín cuando enterró su pistola y sus galones de oficial, antes de entregarse a un brigada en las afueras de Laredo.

Archivado En