Columna

Lotería

Según como se mire, la imponente tecnología de la sociedad moderna, con su telaraña digital, es fruto del azar en el sentido más estricto. De la especulación de los antiguos sobre el azar, las probabilidades y sus leyes surgió la estadística; de la estadística derivó la ciencia de la computación, y de la computación... Discuten los biólogos sobre la incidencia de lo aleatorio en la conformación del planeta e investigadores como Stephen Jay Gould sostienen que el azar y la historia han determinado la evolución, hasta el extremo de que nada hacía inevitable la aparición de los seres humanos sobr...

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Según como se mire, la imponente tecnología de la sociedad moderna, con su telaraña digital, es fruto del azar en el sentido más estricto. De la especulación de los antiguos sobre el azar, las probabilidades y sus leyes surgió la estadística; de la estadística derivó la ciencia de la computación, y de la computación... Discuten los biólogos sobre la incidencia de lo aleatorio en la conformación del planeta e investigadores como Stephen Jay Gould sostienen que el azar y la historia han determinado la evolución, hasta el extremo de que nada hacía inevitable la aparición de los seres humanos sobre la tierra. En las experiencias existenciales del azar hinca sus raíces la religión (que convirtió en un dios el miedo a lo que nos depara) y, hasta cierto punto, la civilización no sería más que el intento titánico de domar sus efectos esquivos. Escritores como Paul Auster han hecho del azar el motor principal de sus ficciones, empujados por una "obligación moral" de recordar lo frágil del individuo sometido al capricho de la coincidencia, la suerte o el destino. El azar, en fin, es un emblema de la imposibilidad del conocimiento completo, un límite del orden y de la razón, un punto de fuga en la perspectiva de la libertad. Jorge Luis Borges, que conocía bien los amenos debates de los filósofos sobre el principio de causalidad, construyó la fantasía de un mundo regido por los premios y los castigos de un sorteo, de manera que la lotería en Babilonia podía significar la esclavitud o el poder, la fortuna o la muerte, en un "infinito juego de azares" que se confundía en todo con el desorden de la vida. Afortunadamente, a diferencia de la que soñó el escritor argentino, nuestra lotería es una institución imperfecta, aunque no carezca de la fascinación que se condensa en sorteos extraordinarios como el de hoy, donde el juego que implantaron los liberales de la Constitución de 1812 con la intención de recaudar fondos para el Estado aprovecha el atractivo remoto de la incertidumbre y del desafío a lo que parece imposible de cambiar. Sabemos que la felicidad no procede generalmente de los grandes golpes de suerte, sino de pequeñas cosas que ocurren cada día, pero la lotería apela a una poderosa facultad humana: la esperanza.

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