La ley de la selva en el balonmano
Los clubes, que anularon la reglamentación sobre los fichajes porque nadie hacia caso de las normas, firman a jugadores rivales con hasta dos años de antelación
“Nadie es más grande que el club”. Así, con contundencia y resentimiento, se expresó la afición del Flensburg alemán en referencia a su jugador estrella, Simon Pytlick, que renovó con la entidad al principio de curso hasta 2030 y apenas un mes después ya había firmado con el rival acérrimo, ...
“Nadie es más grande que el club”. Así, con contundencia y resentimiento, se expresó la afición del Flensburg alemán en referencia a su jugador estrella, Simon Pytlick, que renovó con la entidad al principio de curso hasta 2030 y apenas un mes después ya había firmado con el rival acérrimo, el Fusche de Berlín. Un jugador único que hoy disputará la final del Europeo de balonmano con Dinamarca ante Alemania (18.00, Teledeporte/RTVE Play). Pero esa pancarta, ese lamento, fue la primera vez que una hinchada de balonmano se posicionaba en contra de los traspasos con un año o dos de adelanto, una práctica tan habitual como legalizada por los clubes y las federaciones, también por las asociaciones que regulan el deporte. No siempre fue así. O, más bien, no siempre se quiso que fuera así. “Pero esto es la ley de la selva”, resuelve Xavier O’Callaghan, exjugador de balonmano y actual gerente de las secciones del Barcelona, también presidente del Foro Club Handball, que es una asociación de clubes de balonmano a nivel global que representa los intereses de los equipos ante las federaciones y organismos oficiales.
En 2022, todos los equipos que participan del Foro —se creó en 2006 como una especie de G14 del fútbol, donde estaban los principales actores del deporte que ahora han ido sumando a muchos otros, también del resto de continentes— resolvieron que no podía ser que los demás clubes negociaran y ficharan a sus jugadores con tanta anterioridad, que había que poner un límite. Se estableció el periodo en seis meses y hasta se extendió a un año. Todos estaban de acuerdo, todos lo veían una necesidad, y así se trasladó a la Federación Internacional de Balonmano (IHF), que es la que regula las transferencias entre clubes. Propuesta aceptada. Pero del dicho al hecho hay un trecho.
“Esto es una debilidad de nuestro deporte, pues la gran mayoría no se miraba la reglamentación o, simplemente, la desatendía. Y otros clubes, más profesionales, contaban con abogados [como el Barça] que decían no se podía hacer, que cometían una ilegalidad, y se encontraban en una condición de desigualdad”, desvela O’Callaghan. Resultó, sin embargo, que, en vez de poner la solución al problema, se profundizó en él. “No hay tantos jugadores top en el mercado y los clubes quieren adelantarse a los rivales y fichar más barato, ahorrándose así un tránsfer, por más que asuman un riesgo de lesión. Y los jugadores lo ven con buenos ojos porque se aseguran más años y buenos contratos, ganando en estabilidad”, explica O’Callaghan; “y los clubes también hacen esas operaciones porque en Europa no hay cláusulas de traspasos como sí sucede en España por obligación del Real Decreto 1006/1985. Es decir, que en Alemania o Francia, por ejemplo, si el club no quiere dejar ir a un jugador, no lo hace”.
Así, casi nadie hizo caso de la normativa y se siguió fichando con mucho tiempo de antelación. Un problema que no se solucionó porque no hubo un solo club que denunciara la situación. Ni grande ni pequeño. Nadie. “Oficialmente no pasaba nada y cuando se trasladó la problemática a la IHF la respuesta fue que no podía basarse en rumores, que no había denuncia de por medio. Así la policía no hacía de policía”, argumenta O’Callaghan, que también da una razón a la inacción. “Creo que no se denunciaba porque un club no quiere ponerse de uñas con uno de tus mejores jugadores el año y medio que le queda en tu casa. Tienes miedo a perder ese activo”. Y la situación, enquistada, acabó por desenredarse de forma sorprendente, toda vez que hace un año volvieron a reunirse los clubes en el Foro y optaron por anular la norma -con la aquiescencia de la IHF- que todos, en su día, defendieron y no cumplieron. Libre albedrío para fichar cuando se quiera, la ley de la selva.
Y por eso Pytlick, al ver la reacción de su afición, declaró en público que no entendía el poco respaldo que le había dado su club ante los medios. Y por eso el Flensburg admitió que entendía la postura del jugador, por más que sepa que en 2027 jugará con la camiseta de su rival. Tanto le da a Dinamarca, que hoy se bate con Alemania en busca del cetro europeo.
En España, más difícil todavía
El Real Decreto 1006/1985 exige a los clubes españoles a poner una cláusula de rescisión a sus jugadores, por más que en los demás países no se dé. “Jugamos con las reglas del país, no de las federaciones, que no son intervencionistas para regular la situación”, admite O’Callaghan; “es por eso por lo que, cuando ponemos cláusulas a nuestros jugadores, son cifras desorbitadas, fuera de mercado. Sabemos que es una locura, pero es que si yo quiero fichar a un jugador de Alemania, tengo que negociar con el club sí o sí. Y yo lo que quiero es que ellos también negocien conmigo. Así no te quedas desprotegido”.
Una exigencia en el balonmano actual, donde la Bundesliga está a años luz del resto de los equipos porque tiene dinero, estructura y afición, una fase expansiva sin remisión. Y en España, aunque la Asobal intenta recuperar terreno, se encuentra con la fiscalidad como tapón. “Hay muchos países que tienen reglamentaciones fiscales que favorecen al deportista. Como en Hungría, Mónaco, Alemania, Francia, Portugal, Dinamarca…. Aquí, desde que se quitó la Ley Beckham —que permitía a extranjeros trabajar en España con menores impuestos, sin declarar ingresos globales— llega menos talento. El jugado compara los netos y no hay color”, resuelve O’Callaghan.