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Cómo hacer turismo Champions y disfrutar (y mucho) en el intento

Ámsterdam, Múnich, París… Esta es la historia de una amistad nacida en la grada del Santiago Bernabéu y consolidada cada primavera en la ruta europea que marca la competición

El estadio Santiago Bernabéu durante la celebración de la Champions League conquistada por el Real Madrid en 2017. Ampliar foto
El estadio Santiago Bernabéu durante la celebración de la Champions League conquistada por el Real Madrid en 2017.

Cuando en la grada lateral del Santiago Bernabéu todo el mundo estaba de pie, acomodarse exigía apurar el café o la cerveza para hacerse con un buen sitio en los partidos de Copa de Europa.

–¿Dónde nos vemos el miércoles?

–Donde Carlos.

Carlos era (y es) un mozalbete de 1,90 que acudía al fútbol con su padre, también imponente, al que se avistaba de lejos en la última fila, más o menos perpendicular a la línea del centro del campo. Un sitio de palco. Nos servía de faro para ubicarnos todos juntos. Tres escalones por debajo de Carlos, la primera barra de hierro (el "paravalanchas" que cantaba Andrés Calamaro en Estadio Azteca) nos servía de segunda referencia. Aquellos largos preliminares de los miércoles europeos en ese corralito de nueve metros cuadrados consolidaban las amistades sembradas en los domingos de liga.

Una vez el club se acogió a la normativa UEFA que exigía todo el aforo sentado, algunos de aquellos socios de la grada baja, que disfrutamos viendo las sinfonías de la Quinta que pudo ganar la Séptima, las remontadas y otros partidos épicos, elegimos el abono juntos. A Juan Cano, el mayor de todos, siempre lo envidiábamos por su disponibilidad para viajar a los partidos de fuera. Militar en la reserva, disponía de más tiempo que los demás, atados por las obligaciones laborales. Él, de hecho, pudo ir a la final de Ámsterdam de la Champions de 1998, la que ganó el Real Madrid 32 años después de la anterior, cuando el segundo en edad –yo mismo– tenía tres años.

Escuchando los viajes del comandante Cano por Europa –estuvo también en Glasgow en 2002— comprendimos que la liturgia de la Champions se quedaba un poco corta solo con los partidos de casa. Empezaba a coger forma el anhelo de palpar ese ambiente fuera de tu estadio. Un buen día, cumplidos los 50, alguien, en cualquier barra, formula ese reto tan masculino que relata Leo Harlem: "No hay... narices de irnos a los cuartos de final en Champions". La liamos.

Una bratwurst, unas cervezas y un estadio monumental

El proceso es más o menos así: haces cuentas/consigues el salvoconducto familiar para viajar/solicitas las entradas al club/reclutas cofrades/buscas vuelos y habitación en plataformas de internet, con nocturnidad. No suele haber tantos problemas para lograr las entradas en estas rondas intermedias como en las finales: existe un cupo por ronda para la afición del equipo visitante, y la gente no se mata por un partido de octavos. "Ir a la final se ha convertido en misión casi imposible", reflexiona siempre Juan Cano, nuestro experto particular.

Mi debut europeo, en los cuartos de final de la temporada 2016-2017, fue de aúpa. Por el rival, el Bayern de Múnich, y porque instauró una rutina mágica: el viaje primaveral de Champions. Después de cuarenta años como socio, por fin podía acoplar la agenda vacacional a un partido europeo. Por fin estaba allí, compartiendo habitación de hotel con un amigo que no había conocido ni en el cole ni en la mili ni en el trabajo ni en el veraneo. Y resulta que ronca igual que los demás.

De izquierda a derecha, Fernando Maldonado, el autor del texto, Juan Cano y Juan Carlos Cabezas frente al Allianz Arena de Múnich, estadio donde en 2017 el Real Madrid disputó ante el Bayern la ida de los cuartos de final de la Champions League. ampliar foto
De izquierda a derecha, Fernando Maldonado, el autor del texto, Juan Cano y Juan Carlos Cabezas frente al Allianz Arena de Múnich, estadio donde en 2017 el Real Madrid disputó ante el Bayern la ida de los cuartos de final de la Champions League.

La sensación de estar en una ciudad nueva el día del partido supera todas las expectativas. Uno hasta se suelta con el idioma local. Para comer, unas bratwurst (salchichas) o un knöchel (codillo) con una grossen bier (cerveza grande). A media tarde, otra grossen bier –cuesta encontrar algo más pequeño– en un biergärten (jardín de la cerveza), de esos con bancos corridos tipo Oktoberfest, que comparten sin fricciones hinchas de ambos equipos. Alrededor del casco antiguo transcurren las horas previas al gran momento cultural del viaje: conocer el Allianz Arena. Para el que llega a Múnich es inexcusable instagramear la Marienplatz, la Pinacoteca Antigua o el museo BMW, pero para el turista futbolero, acceder a las entrañas de un estadio arquitectónicamente tan icónico constituye un momento solemne. Como asegura Juan Carlos Cabezas, alma máter de estas escapadas, "hay viajes que haces por cultura, pero en otros destinos el tirón es la Champions". Y lo dice un tipo que es capaz de pagar 15 euros por entrar solito al Estadio do Dragão, en Oporto, para ver un Porto-Maritimo de la liga portuguesa, solo porque le pilla cerca del lugar de vacaciones.

Allí estábamos, rodeados de bávaros mofletudos, amables y tolerantes con las bufandas rivales. En el grácil metro de Múnich nunca tuvimos más problema con los forofos vestidos de rojo que el complejo de autoconsiderarnos una réplica en miniatura de la especie humana. Qué tíos tan grandes. Y tan majos: en esa ciudad, incluso tararear el himno de tu equipo en el suburbano se considera un intercambio cultural entre sonrisas. O la fonética engaña al oído, o eso que sonaba parecido a "glückwunsch" al estrecharnos la mano en el viaje de vuelta debe de significar "enhorabuena".

En todos los estadios de esta competición, al equipo visitante se le reserva un queso de la grada alta, normalmente cercado por una red antivandalismo. Un inconveniente menor: cuando tienes la retina acostumbrada al fútbol en vivo identificas sin necesidad de prismáticos incluso las virguerías de los rivales, aunque estés un poco esquinado y lejos del balón. Y el oído se acostumbra a escuchar acentos de todas partes, porque ahí arriba, entre los 2.500 que tienen el mismo impulso que tú, hay madridistas de Castilla-La Mancha, Andalucía y Valencia, por ejemplo. Si además ganas, el viaje sale redondo. Superas con buen ánimo incluso los escrupulosos anillos de seguridad alemanes, que se multiplican por diez en los partidos europeos: confiscan desde botellas de agua a cargadores de móvil portátiles.

"Cgistiano Gonaldo", el majestuoso París y una victoria principesca

En 2018 adelantamos la aventura a octavos de final, "no sea que nos elimine el PSG de Neymar, Cavani y Mbappé, y no lleguemos a cuartos". París nunca defrauda, a pesar de los 0ºC en febrero, de lo estirado de buena parte de sus habitantes y de lo poco apetecibles que resultan para el bolsillo sus menús del día a 20 euros, vino aparte. Nunca es tarde para descubrir la utilidad del francés del colegio: en el centro, el público local parece entender de fútbol y, en general, cuando identifica tu bufanda de hincha foráneo vaticina a voces la victoria de su equipo. "¡PSG, PSG!". No hay tono de amenaza, pero digamos que sonríen menos que los muniqueses al gritar "Cgistiano Gonaldo" mientras te señalan con el pulgar abajo.

Tres de los cuatro amigos frente a la Torre Eiffel, en París, ciudad en la que el Real Madrid disputó ante el PSG la vuelta de los octavos de final del torneo en 2018. ampliar foto
Tres de los cuatro amigos frente a la Torre Eiffel, en París, ciudad en la que el Real Madrid disputó ante el PSG la vuelta de los octavos de final del torneo en 2018.

Conocía ya el Parque de los Príncipes de un partido menor de la Copa francesa en 1980. Nada que ver: el ambiente te pone la piel de gallina, casi al mismo nivel que un paseo matutino por el Trocadero y su Torre Eiffel o por las inmediaciones del Louvre. Aunque en la tarde del encuentro no tuvimos el más mínimo incidente con los aficionados del equipo local, la UEFA advierte de la presencia de aficionados parisinos poco amistosos, lo que nos retiene en el estadio más de una hora finalizado el partido. Nueva prueba del rigor del torneo en este asunto: en el metro de París, la seguridad llega hasta el mismo andén, en forma de agente peludo de cuatro patas. Nueva victoria, y nueva experiencia sin necesidad de mucho selfie. Entre los recuerdos que permanecen, el regreso en metro al centro, con aficionados que llevan tu misma camiseta y buscan acomodo para cenar a la una de la madrugada.

Mitomanía, museos y frío holandés

Este año, el sorteo ha regalado un cruce con el Ajax de Ámsterdam. Hace 21 años el Real Madrid logró su séptima Copa de Europa allí, contra la Juventus. Ámsterdam bien merece un garbeo: los museos, las bicis, los canales cazaturistas, el bullicioso Barrio Rojo –también cazaturistas– y ese ambiente nocturno que detecta como un sabueso en todos los destinos Fernando Maldonado. "Me han hablado de un restaurante con espectáculo..." o "ponen muy bien en TripAdvisor..." son frases que inician sus conversaciones desde el mismísimo avión. Cuando le conocí, hace 22 años, era el proveedor de anacardos en las dos horas de espera para el partido, de pie en la grada. Ahora, su chispa forma parte imprescindible del viaje Champions. Poco importa el rabioso frío de febrero, la añoranza de la comida española al primer bocado de stamppot (un rutinario puré con salchichas y albóndigas), ni las dificultades de esta improvisada peña con el inglés. Hay países donde hacen por entenderte, y Holanda es uno de ellos.

Para un aficionado al fútbol, mitómano por definición, entrar en el Amsterdam Arena –hoy Johan Cruyff Arena–, donde uno vio por la tele ganar a su equipo este torneo por primera vez –con uso de razón– es un momento tan hedonista como hacerlo en el museo Van Gogh. Algunos feligreses de otras experiencias dicen que se equipara incluso a la sensación de olisquear por vez primera un coffee shop local.

Los cuatro viajeros en Ámsterdam, en 2019, para presenciar la ida de octavos de final de la actual Champions League entre el Real Madrid y el Ajax. ampliar foto
Los cuatro viajeros en Ámsterdam, en 2019, para presenciar la ida de octavos de final de la actual Champions League entre el Real Madrid y el Ajax.

El himno de la Champions eriza el vello y anima el debate en los prolegómenos evocando la Séptima. "El gol de Mijatovic fue en esta portería", comenta Juan. "Yo creo que lo metió en el otro fondo", replican otros socios viajeros veteranos, también presentes en aquel encuentro como en las otras seis finales en color.

Ahora que el Real Madrid cumple mil días como campeón de Europa (tres títulos consecutivos de 2016 a 2018) es hora de hacer balance: viajar a un partido de Champions constituye una experiencia realmente enriquecedora. Nunca discutes por la comida, porque normalmente nunca se come bien (ni igual) fuera de España. Todos estamos de acuerdo en evocar la tortilla de patata y el aceite de oliva. Las desavenencias culinarias empiezan y acaban en la discusión entre la hamburguesa del Burger King o el McDonald's, únicos locales abiertos de regreso al centro de cualquier ciudad europea a altas horas. Viajas, conoces gente de otras peñas de España y de otros países. Y a veces –siempre, en nuestro caso– ganas. El ritual no es barato (la entrada al estadio oscila entre los 55 euros de Ámsterdam a los 90 de París, vuelo y hotel en booking.com aparte), pero merece la pena. Contamos los días para la próxima primavera. Y si perdemos, nos reímos. Por cierto, ¿qué será de nuestra referencia, el gigante Carlos?

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