Marcela marcha este 8M
Detrás de cada vida que se prolonga hay, muchas veces, una mujer mayor cuidando, organizando, sosteniendo. Y, aun así, también hay en nosotras algo más que cuidado: hay experiencia, hay deseo, hay ganas de seguir siendo parte

Me llamo Marcela y hoy, 8 de marzo, cumplo 65 años. El día comienza como tantos otros: llevando a mi madre de 85 al médico. Hace tres años que la cuido y, mientras espero mi turno, la observo y recuerdo cuando llevaba a mi hija de la mano a sus controles. Entonces entiendo que la vida es circular y que el cuidado también lo es: cuidamos al inicio, cuidamos al final y muchas veces no dejamos nunca de cuidar. Pienso en mis hermanos, que ayudan con dinero, pero no han tenido que reorganizar su vida ni dejar de trabajar. “Alguien debía sacrificarse”, dijeron, y ese alguien fui yo, porque ganaba menos y porque nadie dudó que, por ser mujer, sabría cuidar mejor. Nunca se dijo así, pero se entendió.
Levanto la mirada y veo la sala de espera llena de mujeres como yo, acompañando a otras mujeres mayores. Hijas, hermanas, vecinas. Mujeres mayores cuidando a mujeres mayores, sosteniendo en silencio lo que parece no tener nombre. Pienso que somos una red invisible que mantiene la vida funcionando cuando todo lo demás falla.
Más tarde, al volver a casa, llega la cuidadora que pago por algunas horas; es el tiempo que tengo para ir a cuidar a mi nieto, para que mi hija pueda trabajar. A ella también le toca sola. Sus turnos no calzan con los horarios de las salas cuna ni con los servicios que existen, porque quienes los diseñan parecen creer que la vida cabe en una jornada ordenada, de nueve a cinco. Pero el cuidado no tiene horario, ni pausas, ni fines de semana. Y sin embargo, todo a su alrededor sigue funcionando como si los tuviera.
Me hace feliz cuidar a mi nieto; hay algo en maternar toda la vida que da sentido, pero también hay algo de soledad que cuesta nombrar. Mañana, esas mismas horas, las dedicaré a trabajar; soy contadora y hago pequeños trabajos que me permiten pagar la ayuda que necesito. Este año podría jubilar, pero todos sabemos que nadie vive con esa jubilación, menos cuando el cuidado atraviesa cada decisión.
Me gusta tener 65 años. Es una vida entera, una forma de mirar el mundo que valoro. Pero desde hace un tiempo ocurre algo extraño: me he vuelto invisible. Mis cansancios, mis cambios, mis deseos parecen no existir. Y, sin embargo, sigo teniendo ganas, ilusiones, expectativas de vida que no sé bien dónde poner. Hace unos días me encontré con un amigo de la infancia. Me dijo “qué guapa estás” y luego agregó “te ves más joven”. Y pensé: ¿quién quiere verse más joven? Yo quiero verme como soy. No desaparecer para ser aceptada. No parecer otra para ser mirada.
Porque no es la edad lo que pesa, es la forma en que se nos mira, o se nos deja de mirar. Esa manera silenciosa de irnos empujando hacia los márgenes justo cuando más tenemos para aportar. Hoy las sociedades envejecen, pero pocas veces se reconoce sobre los hombros de quiénes descansa ese envejecimiento. Detrás de cada vida que se prolonga hay, muchas veces, una mujer mayor cuidando, organizando, sosteniendo. Y, aun así, también hay en nosotras algo más que cuidado: hay experiencia, hay deseo, hay ganas de seguir siendo parte.
Hoy, al volver a casa, dejaré todo en orden y saldré a la marcha. Marcharé por mí y por tantas otras que, como yo, han sostenido la vida en silencio y aun así siguen buscando un lugar donde poner sus sueños. Marcharé por las mujeres mayores, por las que no quieren volver atrás ni parecer más jóvenes, sino algo mucho más simple: ser vistas, ser reconocidas, ser parte.
Porque envejecer no debería ser desaparecer.
Debería ser, por fin, aparecer.
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