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Paz López, ensayista: “Es falso que uno pueda ponerse en el lugar del otro”

La académica plantea que la persona empática se inclina hacia el otro, “pero solo en el sentido de que también lo hace desaparecer”

Pánico y ternura (Lumen) fue un hito impensado de 2025. Una consulta a un panel de autores, críticos, periodistas y libreros publicada en diciembre por Culto, del diario La Tercera, instaló al libro de Paz López Chaves (Santiago de Chile, 44 años) entre los ensayos de la temporada. “Agudo y sensible” lo llamaron, también “una lectura para sentir y pensar”.

Agradecida por el interés lector y honrada por los elogios, la académica del Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile no pretenderá, sin embargo, coincidir con todas las interpretaciones que han generado sus tanteos en la afectividad, las emociones y el lenguaje que las nombra. Ella misma parece seguir ensayando, tanteando, cuando conversa con EL PAÍS en su casa de la comuna capitalina de Ñuñoa.

“Destacaría en su escritura el atrevimiento para meterse en un asunto, la ternura, difícil de abordar por escurridizo”, dice Vicente Undurraga, coeditor del señalado libro, quien celebra la capacidad de la autora de “desplegar una incertidumbre productiva” y ve una cercanía entre sus ensayos y los de Macarena García Moggia, Gonzalo Maier, Aïcha Liviana Messina y Constanza Michelson. Lo complementa la otra coeditora, Paz Balmaceda, quien contactó a López tras leer “con mucho gusto y admiración” su libro Velar la imagen. Figuras de la pietà en el arte chileno (Mundana, 2021) y asistir a la presentación que la autora hizo de Limpia, la novela de Alia Trabucco.

“Su mirada me sorprendió, y me sigue fascinando, así como la delicadeza de su escritura, lo evocadora que resulta, los alcances de sus ideas e imágenes”, afirma Balmaceda, quien subraya su voluntad de “salir del pensamiento académico para buscar un formato de escritura que pudiera abrirse a lo que se fuera poniendo en el camino”.

Tratándose de alguien que trabaja en una universidad, cuyo quehacer responde a índices de productividad académica y cuyas publicaciones en revistas indexadas están sujetas a una serie de condicionamientos, la idea es plantearse francamente, pero sin dispararse en el pie. “La universidad tiene cosas maravillosas, por eso uno está allí: uno aprende mucho haciendo clases”, expresa con plena convicción esta docente de Crítica de Arte e Historia del Arte, entre otros cursos. “Pero escribir un paper, para mí, no se compara con escribir un ensayo. Es algo que ocurre incluso en el cuerpo: escribiendo un ensayo me angustio, me alegro, me pasan cosas en el cuerpo. En un paper, no. Ahí estoy redactando algo”.

De ahí a enumerar las virtudes del ensayo, al que llama un “género generoso”, hay apenas un paso.

Rescata López, para comenzar, el énfasis en la escritura misma que este formato aconseja: una “confianza en que la escritura a veces tiene ideas que no son las mismas que uno tiene, o que hace aparecer cosas que uno no sabía que pensaba. Esa entrega sin reservas a lo que la escritura puede hacer me parece alucinante en el ensayo”. Un género que permite, asimismo, “que ingresen varios registros en él: puede haber referencias a la teoría, a la filosofía, al psicoanálisis, a la poesía”.

Con el pelo tomado gracias a un moño tomate que deja ver un mechón blancuzco y despeja el panorama de sus ojos claros, Paz López se explaya sobre el ensayo, que considera “una escritura apegada a la vida”. No a la biografía, “sino a la vida como experiencia”, lo que a su vez lo hace “una escritura menos afirmativa: te permite poner en escena la fragilidad del pensamiento. El ensayo está menos pasado en limpio: uno puede exhibir todos esos tropiezos del pensamiento”.

Dudo, luego existo

Tanto la lectura de su último libro como la interacción propia de una entrevista refuerzan una idea en torno a la autora: algo decisivo se juega en la reivindicación de la duda (“no sabemos quiénes somos, y está bien que así sea”, declara), así como en el lenguaje más bien provisional de aquello que no termina de afirmarse o de encontrar una definición, partiendo por el propio vocablo ternura (“a diferencia de la piedad, que tiene una iconografía muy fuerte, la ternura no tiene imagen”, comenta).

Por lo demás, López defiende un lenguaje hecho de palabras modestas, pequeñas, limitadas en sus alcances y pretensiones, que contrapone a esas palabras grandes, “fanfarronas”, que se creen definitivas y que quisieran clausurar el debate:

“También esas palabras [las grandes] son atajos, son comodines. Cuando los estudiantes tienen que escribir sobre una obra, tienden a escribir con estas palabras, porque es una llegada rápida a una conclusión o a un significado de las imágenes. También ocurre harto con los textos curatoriales, con los textos sobre arte. Y eso es como imponerle rápidamente a la obra un programa, un horizonte de tipo moral”. Sin embargo, “hay palabras más pequeñas que permiten ir con más lentitud hacia el sentido de las cosas”.

Llegado el caso, cierto adjetivo o determinado sustantivo son una “losa pesada que se le pone a cuestiones que son frágiles, titubeantes”. Pánico y ternura, por ejemplo, se detiene en el “Diccionario alternativo para abordar el arte contemporáneo”, un texto publicado hace casi una década por el artista Fernando García y que incluye términos como decolonial, dispositivo, hibridación, perspectiva de género, pliegue, resignificar y work in progress. Y ella misma se permite sumar en su libro neoliberalismo, antipatriarcal, feminista, antirracismo y posthumanismo, entre otros.

¿Hablan estos conceptos de quienes los usan, más que de la realidad a la que apuntan? La autora no lo descarta:

“Hay algo identitario en el uso de esas palabras, una manera de identificarse, de tomar posición rápidamente, de quedar en un lugar, generalmente en el lado del bien. O a eso se aspira. Pero en eso te comes [omites] un montón de preguntas. Hay una serie de amasijos que a veces vale la pena pensar. Hay una frase de [Roland] Barthes que siempre repito: allí donde respiramos libertad, crecen luego todos los automatismos. Es una crítica que sabe que, allí donde uno piensa que está yendo a contrapelo de la época, luego se vuelve a un nuevo principio, a la nueva moral de una época. Entonces, [hay que pensar] contra esos riesgos también”.

Ahora, si de palabras se trata, hay una que la asedia, y acaso más desde que algunos lectores empezaron a usarla para definir o describir Pánico y ternura: la empatía, que el propio libro emparenta con la crueldad (“dos actitudes que se fraguan en el desprecio por lo distinto y lo ajeno”). El empático se inclina hacia el otro, afirma hoy, “pero solo en el sentido de que también lo hace desaparecer: que siempre te dice, ‘yo te entiendo, yo he pasado por eso’”.

En ese sentido, ve la hoy popular idea de “ponerse en los zapatos del otro” como equivalente a tomar el camino corto: “Podemos ser empáticos, y después igual podemos ser unos infames… Pero esto también supone que puedo comprender al otro, que aparece ante mí como algo nítido. Hay un libro precioso de Yiyun Li (En la naturaleza las cosas crecen), autora china cuyos dos hijos se suicidaron. En un momento, empieza a despotricar contra todos los que se le acercan y le dicen que entienden su sufrimiento: “Yo, cuando me pasó algo doloroso…”. Porque siempre el empático dirá, yo pasé por ahí, siempre elevando su yo. Pero no, no has pasado por ahí: las penas no son comparables. Es falso que uno pueda ponerse en el lugar del otro”.

En ese sentido, remata, “la empatía es bien narcisista”.

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