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Van Morrison y los pasatiempos de hombres sabios

El último disco del músico de Belfast es una nueva ración de blues por derecho que supone una bendita rareza en un contexto de consumo acelerado, viralización fatua y amnesia musical

El cantante norirlandés Van Morrison, durante una actuación en Madrid en junio de 2025.Claudio Álvarez

La procrastinación debió de evaporarse del diccionario personal de Van Morrison en torno al verano de 2015, el bendito día en que el genial y enfurruñado músico norirlandés se mirase al espejo y llegara a la conclusión de que, con su septuagésimo cumpleaños a las puertas, había llegado el momento de exprimir con devoción hasta el último de sus días. Los 13 elepés que el creador de Moondance ha puesto en circulación a lo largo de esta última década, desde ...

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La procrastinación debió de evaporarse del diccionario personal de Van Morrison en torno al verano de 2015, el bendito día en que el genial y enfurruñado músico norirlandés se mirase al espejo y llegara a la conclusión de que, con su septuagésimo cumpleaños a las puertas, había llegado el momento de exprimir con devoción hasta el último de sus días. Los 13 elepés que el creador de Moondance ha puesto en circulación a lo largo de esta última década, desde Keep Me Singing (2016) en adelante, son álbumes siempre dobles (¡!) que no bajan del notable, aunque el estajanovismo se sostenga muchas veces en el noble arte de las versiones. Pero este Somebody Tried To Sell Me a Bridge no lo habíamos visto venir tan pronto, porque aún nos estábamos relamiendo de esa irrebatible obra maestra, Remembering Now, que en junio de 2025 nos colocó frente al mejor Morrison desde los días de Hymns to the Silence (1991). Otro doble álbum, por cierto.

¿No sería mejor espaciar un poco más las entregas? Seguro que sí, aunque solo fuera por darnos tiempo a interiorizar la avalancha de información, pero al ya octogenario de Belfast le importan un bledo la mercadotecnia, la lógica comercial y hasta nuestra memoria sonora y afectiva, comprometido solo con su obra y legado. Por ello seguramente no le importe que este nuevo álbum sea una entrega menor si la comparamos con su colosal antecesora. Pero, si descontextualizamos la escucha, esta generosísima ración de blues por derecho (20 cortes, hora y cuarto de música sin respiro) vuelve a ser una bendita rareza en un contexto de consumo acelerado, viralización fatua y amnesia fulminante.

Prolongación evidente de Roll with the Punches (2017), la otra gran incursión monográfica en el género de los 12 compases, el álbum número 48 de nuestro viejo amigo nos coloca seguramente ante el Morrison menos cercano al gran público, ese oyente mucho más cómodo en el lirismo del celtic soul con briznas de folk, jazz y rhythm and blues. Eso sí, todo el argumentario apriorístico se nos desmorona cuando comprobamos lo que Van the Man es capaz a estas alturas de hacer con ‘Ain’t That a Shame’, clasicazo de Fats Domino que él ralentiza y vuelve abrasivo como si regresáramos a los tiempos de The Caledonia Soul Orchestra, su irrepetible banda de acompañamiento durante los primeros años setenta.

Al octogenario le importan un bledo la mercadotecnia, la lógica comercial y nuestra memoria sonora y afectiva

En efecto, el material ajeno es mayoría abrumadora en el disco, que escarba en las fuentes documentales de Texas, Memphis o Chicago, pero nuestro protagonista desliza cuatro suculentos originales en el repertorio. El mejor es, de lejos, ‘Social Climbing Scene’, un adorable doo wop en torno a la superficialidad de un personaje que anhela reconocimiento social y para el que el autor desliza una receta malévola: “Síguele a todo el mundo la corriente si quieres ganar”. Es ese célebre Morrison cáustico y enfadica que en la pieza que da título al trabajo, un blues casi hipnótico, clama contra la mercantilización de un mundo “en el que el dinero significa todo”.

Las otras 16 piezas son préstamos de autores ajenos, desde las debilidades ineludibles —Bobby Blue Bland en ‘You’re the One (That I Adore)’, Leadbelly para ‘On a Monday’, John Lee Hooker y su fabuloso ‘Deep Blue Sea’, el famoso ‘Rock Me Baby’ de B. B. King— a las elecciones insólitas, como el remoto pionero Blind Blake (derrítanse con ‘Delia’s Gone’) o Dave Lewis, un todoterreno de Belfast afincado en la Costa del Sol que aporta el espléndido ‘Madame Butterfly Blues’.

Al servicio de la causa morrisoniana se alistan tres invitados ilustrísimos, Buddy Guy, Elvin Bishop y Taj Mahal, todos ellos aún más veteranos que el propio jefe de operaciones. Pero en este imperio de estructura piramidal pesan aún más dos músicos de sesión fabulosos, el pianista Mitch Woods y el mago del órgano Hammond John Allair. Así da gusto entregar discos evanescentes como este, pasatiempos de hombres sabios que convierten en irrelevante cualquier lista cuqui de Spotify.

Somebody Tried To Sell Me a Bridge 

Van Morrison 
Exile Productions

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