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Yeguas del Apocalipsis, alegres aguafiestas

Chile inaugura la primera gran retrospectiva del dúo artístico y militante formado por Francisco Casas y Pedro Lemebel, que hizo del cuerpo y la provocación un arma política desde los márgenes de la dictadura

La inauguración de una muestra en un museo nacional suele atraer a público, prensa y algún representante oficial. A veces, los museos dan un ágape y organizan algún acto o intervención artística para acercarlas a algo parecido a un ritual. Pero lo que se vio el 20 de enero en el Museo Nacional de Bellas Artes en Santiago de Chile excede cualquier otra inauguración a la que haya asistido nunca. Se abrían las puertas de ...

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La inauguración de una muestra en un museo nacional suele atraer a público, prensa y algún representante oficial. A veces, los museos dan un ágape y organizan algún acto o intervención artística para acercarlas a algo parecido a un ritual. Pero lo que se vio el 20 de enero en el Museo Nacional de Bellas Artes en Santiago de Chile excede cualquier otra inauguración a la que haya asistido nunca. Se abrían las puertas de Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis, la primera retrospectiva del dúo conformado por Pedro Lemebel (1952-2015) y Francisco Casas (1959) y que estuvo en activo entre 1987 y 1993. Pese a que apenas colaboraron durante unos pocos años, lograron poner en tensión a varios sectores de la sociedad chilena en los intensos años de tránsito de la dictadura a la democracia (en Chile prefieren el término “tránsito” a “transición”, una decisión semántica nada ociosa). Las Yeguas cultivaron un arte a medio camino entre la acción política y la performance, siempre contrainstitucional y disconforme, que tenía como objetivo reventar las presentaciones oficiales, los eventos celebratorios y cualquier viso de comodidad en los panoramas culturales y políticos de la época.

Fueron, en realidad, alegres aguafiestas de un país que algunos tuvieron la intención de conducir a la democracia liberal por la vía de cierto silencio y desmemoria. Lemebel y Casas demostraron que había muchas personas que no estaban dispuestas a permitir un borrón y cuenta nueva y que no tenían la obligación de guardar respeto a las instituciones que surgieran de las estructuras anteriores. Quizá este ánimo sea la razón por la que el salón central del museo estuviera lleno a rebosar en la apertura de la exposición, con una gran presencia de público joven, casi ningún representante oficial ni prensa y una emoción palpable en cada asistente. Se cantó, se vitoreó a Francisco (“Pancha”) Casas cuando agradeció, entre lágrimas, la acogida del museo, y se le respondió con fuerza cuando Casas recordó a Lemebel con un grito que rinde homenaje a la resistencia durante la dictadura: “¡Compañero Pedro Lemebel!”… “¡Presente!”.

Resulta inevitable leer el recibimiento de la muestra como un gesto simbólico histórico, entre la melancolía y la voluntad de mostrar unidad y resistencia en la que es la última exposición que inaugurará el museo antes de que el ultraderechista José Antonio Kast tome el poder en unas semanas. Casas lo dijo sin ambages: “Yo sé que hemos perdido unas elecciones en medio de todo esto, y duele”. El comisario de la muestra, Gerardo Mosquera, terminó su breve intervención diciendo que tal vez nos hacen falta unas Yeguas en nuestro tiempo. Pareció resumir el sentir de los presentes, y de tantos que se quedaron en la puerta del museo, sin marcharse, aunque se superaran todas las previsiones de aforo.

Desbocadas es una exposición que, en realidad, juega casi totalmente en el plano de lo simbólico. Para empezar, la muestra se organiza en la institución que hace 35 años censuró a las artistas: con motivo de la llegada de la democracia, en 1990 se presentó la colectiva Museo Abierto, para la cual los comisarios pidieron obra a un gran número de artistas rechazados por la dictadura. La artista Gloria Camiruaga envió el vídeo Casa particular/La última cena, una obra que combinaba un retrato de los burdeles de travestis de Santiago con una performance de las Yeguas. El museo retiró el vídeo y, como respuesta, el día de la inauguración las Yeguas fueron a la puerta, dibujaron en el suelo a su alrededor unas estrellas con gasolina y les prendieron fuego. Este hecho fue subrayado por la directora del museo, Varinia Brodsky. “Que las Yeguas vuelvan al museo no es un hecho neutro, es un acto político”, dijo. “El museo no es un espacio neutral, es un territorio de disputa simbólica y este museo decide posicionarse”.

Este ambiente de resistencia es el óptimo para adentrarse en una muestra que parte de la negatividad y la confrontación como principio artístico. Para empezar, el arte de las Yeguas era profundamente antiobjetual y el comisario ha querido respetarlo hasta las últimas consecuencias: que haya algún registro es casi un milagro. Las salas son un inventario casi totalmente textual de performances; hay algunas fotos, algún vídeo —como Casa particular— y algún relato en prensa. En otros casos, tenemos que confiar en testigos y relatos y disfrutar de la historia. Por ejemplo, hay quienes cuentan que las Yeguas le estuvieron enseñando el culo a Nicanor Parra en la Feria del Libro de 1987. Dicen que dijo “I don’t mind”. Y siguió firmando.

No está presente su obra más famosa, la foto Las dos Fridas, aunque sí está expuesta en la colección permanente del museo. El comisario insiste en que no quería una exposición de archivo, ni insistir en lo objetual: “Había que contar las performances sin dar a entender que eran insuficientes y que necesitaban un correlato”. Una decisión tan arriesgada como acertada: con el mero relato de las performances, como una antología de ideas brillantes contadas en cartelas muy bien escritas, todo funciona. Solo en la última sala se recrea su última acción: Tu dolor dice: minado (1993) se muestra en un monitor como parte de la obra reconstituida.

Esta forma modestísima era tal vez la única de hacer justicia a dos artistas que jamás se sintieron a gusto en el terreno institucional. Provenían del mundo literario, y meterse con él fue su objetivo inicial, y solo progresivamente fueron ampliando sus objetivos y críticas a una militancia política que no buscaba la representación ni alcanzar un poder que despreciaban. Del relato de sus acciones es posible intuir una alegría enrabietada y feroz que fue capaz de asustar a las fuerzas conservadoras de su tiempo y que no dudó en desaparecer cuando sintió que su labor había terminado y que corrían peligro de fusionarse con el sistema. Lo dijo Lemebel en su manifiesto Hablo por mi diferencia: “Yo no pongo la otra mejilla. Pongo el culo, compañero”.

‘Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis’. Museo Nacional de Bellas Artes de Chile. Santiago de Chile. Hasta el 19 de abril.

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