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Virtuosos invisibles: Valverde y Vivanco

Se acaban de conmemorar los 50 años de la muerte de Luis Felipe Vivanco y se cumplen cien años del nacimiento de otra figura irrepetible de las letras españolas del siglo XX, José María Valverde

Fue José-Carlos Mainer quien habló en un libro magistral de la Filología en el purgatorio para identificar el espacio gris de resistencia blanda y reticencias sinuosas de trayectorias intelectuales complicadas en pleno franquismo. No fue cosa solo de filólogos sino de muchos otros perfiles intelectuales que pudieron compadrear a fondo con el fascismo franquista y después fueron poniendo distancias, angustias o incluso crisis existenciales fuertes co...

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Fue José-Carlos Mainer quien habló en un libro magistral de la Filología en el purgatorio para identificar el espacio gris de resistencia blanda y reticencias sinuosas de trayectorias intelectuales complicadas en pleno franquismo. No fue cosa solo de filólogos sino de muchos otros perfiles intelectuales que pudieron compadrear a fondo con el fascismo franquista y después fueron poniendo distancias, angustias o incluso crisis existenciales fuertes contra sus antiguas adhesiones ideológicas. El caso estelar sigue siendo inevitablemente Dionisio Ridruejo —el mayor de los fascistas y el primero de los traidores a la causa— pero este año trae a la memoria, o debería traer, a otras dos figuras intelectuales de incontestable nivel y parecida invisibilidad actual. Se acaban de conmemorar los 50 años de la muerte de Luis Felipe Vivanco el 21 de noviembre de 1975 (también de Ridruejo, fallecido en junio) y en este enero se cumplen cien años del nacimiento un 26 de enero en un pueblecito extremeño, Valencia de Alcántara, de otra figura irrepetible de las letras españolas del siglo XX, José María Valverde.

Apenas encontrará el lector sus papeles y pesares en las librerías, pero no es causa suficiente para obviar sus calidades íntimas de amigos, compadres domésticos (se casaron con dos hermanas poderosas, Valverde con Pilar Gefaell, y Vivanco con Teresa) y valientes reversores de sus trayectorias más tóxicas, a costa uno de la marginalidad profesional (el caso de Vivanco, que era arquitecto sin mucho trabajo) y el otro a costa del exilio sobrevenido al abandonar su cátedra de la Universidad de Barcelona en 1965 en solidaridad con las expulsiones de tres catedráticos icónicos de la resistencia intelectual, es decir, política: Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren y Agustón García Calvo. De ahí arranca la anécdota que más ha circulado, un auténtico meme prehistórico de lo que significaba tragar o no tragar durante el franquismo: el día de su dimisión de la cátedra de Estética, Valverde escribió en la pizarra del aula la frase latina “Nulla aesthetica sine ethica”, así que apaga y vámonos. Sin la coletilla, no sería de Valverde.

Apenas encontrará el lector sus papeles y pesares en las librerías, pero no es causa suficiente para obviar su calidad de valientes reversores de sus trayectorias más tóxicas

No fueron muchos quienes actuaron con este nivel de autoexigencia moral, pero tampoco fueron muchos quienes dieron de sí un conjunto de poemas y ensayos tan vigentes como los de ambos. Mientras Vivanco iniciaba en 1949 su ruta hacia el desengaño y la autocrítica íntima en poemas y páginas de diario, un jovencísimo Valverde ascendía al podio de la poesía estruendosamente católica, patriótica e ilegible hoy, pero se encontrarían ambos en el camino andando el tiempo, cuando Vivanco ya no puede más con su propia historia de desasosiego y desengaño vital y cuando Valverde da el salto a la oposición al régimen tras haber vivaqueado demasiado tiempo bajo las turbias especies de la cultura franquista.

La precocidad poética de Valverde jugó en su contra porque le faltó en el origen la distancia crítica que mimaría después con creces, cuando se dota a sí mismo de una nueva libertad imprevista y suelta amarras con las convenciones de época y de estilo y acelera la carrera hacia el rojerío compacto (fue candidato electoral en democracia por alguna escisión de extrema izquierda antisistema, como poco). Su poesía fue la que más hispanoamericana sonó durante años, con títulos como Ser de palabra, pero fue también el extraordinario ensayista de aproximaciones fiables y consistentes a la cultura occidental en sentido lato —Vida y muerte de las ideas es un libro casi comestible— o más restringido, como sus historias de la literatura inverosímilmente fiables y fundadas en sus propias lecturas —un alucinante libro de 1959 dedicado a la literatura hispanoamericana, por ejemplo— o sus ensayos de autor dedicados a maestros fértiles como su Antonio Machado de 1975. Pero no perdió de vista nunca ni la traducción como urgente fuente de ingresos —poco menos que tradujo todo lo traducible…— ni la literatura del día. Fue Jordi Amat quien rescató hace años una perturbadora carta de 1972 destinada a un niño de 25 años que se llamaba Fernando Savater y al que elogiaba como el prosista más poderoso que había leído en décadas a propósito de su segundo libro, Filosofía tachada: “En la prosa española de ideas de nuestro siglo, su libro es, tras el Juan de Mairena, el segundo libro que me convence en tono y expresión —o sea, que puedo y deseo releer—”.

Y el amor funcionó también, porque fue suya una preciosa antología de la poesía de Luis Felipe Vivanco para Alianza al año de su muerte, cuando empezaba una sombra espesa de abandono sobre un escritor íntimamente quebrado y asolado en El descampado, como tituló uno de sus mejores libros, pero capaz también de revivir la infancia con la magia de Los ojos de Toledo. Emitiría su luz más íntima y desvelada de angustia y arrepentimiento en unos Diarios espléndidos (editados en 1983 por su mujer Teresa Gefaell, y en proceso hoy de reedición ampliada) y había dado una lección de decoro intelectual y autocrítica integral al dedicar un extraordinario ensayo a entender el corazón de la batalladora y acosada Ilustración española a través de Moratín y la ilustración mágica. No fue solo suya la querencia de madurez por la asfixiada ilustración española: había algo de reversión de los fascismos juveniles en ese empeño compartido, así que tendrá razón Valverde y quizá sea verdad que se fue Vivanco “mirándonos callado, dulce y bueno”, como reza (el verbo es exacto, por una vez) el último verso del poema que Valverde dedicó a Vivanco tras su muerte hace 50 años.

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