Análisis

Urkullu, Puigdemont y Europa

Cuando Puigdemont visitó Bruselas, no consiguió que le recibiera ningún alto cargo comunitario

El lehendakari, Iñigo Urkullu junto a Jean-Claude Juncker. STEPHANIE LECOCQ

Cuando el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, visitó Bruselas, hace un año, no solo no consiguió que le recibiera el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. No lo hizo ningún alto cargo comunitario. Sin embargo, el lehendakari Urkullu ha logrado lo que ningún presidente autonómico: le han recibido el presidente de la Comisión Europea, el comisario de economía y el negociador del Brexit. Con el simbolismo de este encuentro, Urkullu reafirma internacionalmente el nac...

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Cuando el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, visitó Bruselas, hace un año, no solo no consiguió que le recibiera el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. No lo hizo ningún alto cargo comunitario. Sin embargo, el lehendakari Urkullu ha logrado lo que ningún presidente autonómico: le han recibido el presidente de la Comisión Europea, el comisario de economía y el negociador del Brexit. Con el simbolismo de este encuentro, Urkullu reafirma internacionalmente el nacionalismo pragmático que otrora encabezó CiU en España y culmina la recuperación de la centralidad, tras su victoria electoral en 2012, primando las políticas socio-económicas, enarbolando la pluralidad vasca y superando viejos complejos ante el nacionalismo radical. Una centralidad que permite al PNV pactar el Gobierno vasco y municipios con el PSE; estar en el Gobierno de Navarra, apoyado por Bildu y Podemos y votar los Presupuestos del Gobierno del PP a cambio de saldar cuentas pendientes, insuficientemente explicadas. Un pacto que ha roto el vaticinio de numerosos comentaristas de que la irrupción de Ciudadanos y Podemos terminaría con el “privilegiado papel-bisagra” de los nacionalistas.

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A su vez, el mensaje de Europa es nítido. Muestra su preferencia por el nacionalismo pragmático frente al independentista. El Gobierno español no es ajeno, evidentemente. Ha permitido el encuentro de Urkullu con Juncker y no el de Puigdemont. Pero no necesitó explicarse ante Bruselas porque las reglas de juego europeas están claras.

Urkullu las conoce porque el PNV tiene una dilatada trayectoria europeísta. Participó en la fundación de los equipos democristianos impulsores del proyecto de la Europa unida de postguerra, convencido de que era el referente de las libertades para Euskadi, a través de una España democrática. Su sueño de la Europa de los pueblos no fue óbice para que el PNV encauzara sus objetivos a través del Consejo federal español del Movimiento Europeo, constituido en la sede del Gobierno vasco en el exilio en París. Europa ha sido y es el referente político del PNV. Incluso, su deriva soberanista, gestionada por el lehendakari Ibarretxe, tuvo que ver con la marea secesionista en algunos Estados europeos, tras la caída del muro y de la Unión Soviética. Urkullu, a tenor de los tiempos, no tiene complejo en obviar la independencia porque no cabe en la Europa actual.

Este recorrido lo conoce bien el democristiano Juncker, amigo del PNV, como lo fue Robert Schumann. Tanto que en 2000, en la etapa de Ibarretxe, se opuso a la expulsión del PNV del Partido Popular Europeo propuesta por José María Aznar. Del pedigrí europeo del PNV da fe, también, que en 2013, Urkullu fue recibido por el entonces presidente Durao Barroso. Esos credenciales europeos -Urkullu ha respaldado la apuesta de Juncker por una Europa unida y solidaria con los refugiados- ayudan a entender mejor por qué el PNV resiste en plena crisis del nacionalismo catalán así como de los partidos socialdemócratas y democristianos, sus compañeros desde la postguerra.

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