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En medio de un tornado

Salvo los niños y los ancianos, el resto vivimos con miedo a que nos conozcan pero con sed constante de vernos reconocidos

Logo de la aplicación Instagram. Unplash

El 30 de agosto de 2015, Hugo llegó a casa desde el Hospital del Tajo, donde había nacido un par de días atrás. Esa tarde hubo un tornado en Aranjuez, y la sombrilla que su familia tenía en el patio salió volando hasta colarse en la piscina. Lo sé porque me lo contó el día que nos conocimos. Estaba subido a un balón de fútbol, mirándome mientras yo empujaba a uno de mis hijos en el columpio, cuando tuvo a b...

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El 30 de agosto de 2015, Hugo llegó a casa desde el Hospital del Tajo, donde había nacido un par de días atrás. Esa tarde hubo un tornado en Aranjuez, y la sombrilla que su familia tenía en el patio salió volando hasta colarse en la piscina. Lo sé porque me lo contó el día que nos conocimos. Estaba subido a un balón de fútbol, mirándome mientras yo empujaba a uno de mis hijos en el columpio, cuando tuvo a bien compartir conmigo el que debe ser el hito fundacional de su existencia. Le pedí que me contara qué hicieron entonces, pero lo que realmente me preguntaba era la de veces que habría escuchado aquel relato en boca de sus padres y cómo habría influido en él. No es cosa menor llegar al mundo a la par que un huracán.

Nos despedimos enseguida porque su primo, que era quien le acompañaba, tenía que irse a fútbol, pero me quedé pensando en Hugo y en ese primer hito biográfico, que casi siempre viene del otro, que la mayoría de veces es narrado en lugar de recordado. También en la voluntad —y en la capacidad— que tienen los críos de contarle a los desconocidos quiénes son en unas pocas frases, solo comparable a la de otro grupo demográfico: los ancianos. Los primeros, porque aún no se han puesto demasiadas máscaras. Los segundos, porque ya se han quitado la mayoría de ellas. Entre la niñez y la senectud, la mayoría perdemos esa naturalidad que lleva a críos y viejos a dar trocitos de sí a todo el que esté dispuesto a recibirlos. Salvo honrosas excepciones, el resto vivimos con miedo a que nos conozcan pero con sed constante de vernos reconocidos.

Ese es en parte el combustible de las cientos, de las miles, de las millones de personas que, presuntamente, nos cuentan sus vidas a diario en las redes sociales. Que retransmiten cómo se maquillan, cómo entrenan, cómo limpian sus casas, cómo ven el mundo o cómo rezan, que nos cuentan cómo crían a sus hijos, cuáles son sus problemas de pareja, su ideología política o su relación con la trascendencia. Lo hacen al amparo de los verdaderos términos y condiciones que todos firmamos cuando nos registramos en una red social: fingir que lo que allí compartamos y consumamos es la vida y no un simulacro, una autoficción.

Como la mayoría, veo todas esas aparentes intimidades hipnotizada, hago scroll hasta que se me cansan los ojos, hasta que se me cae el móvil en la cara si estoy tumbada o hasta que un chispazo de lucidez me hace preguntarme qué narices hago viendo a una señorita contar lo que come en un día mientras yo misma no sé qué voy a comer al día siguiente.

La otra cara del crío que comparte con una desconocida que la tarde que llegó a su casa recién nacido hubo un tornado, o de una anciana que se acerca a la madre de un niño rubísimo y le dice que ella tiene uno igual solo que con 50 años ya y al que el pelo se le ha caído, es Instagram: una red social en la que todos aparentamos mostrarnos cuando lo que hacemos es escondernos. En la que confundimos interacciones con conexiones. En la que fingimos darnos, cuando el único objetivo es recibir.

El fenómeno parece el mismo en un caso y otro: la necesidad de de narrarse, de compartirse, de hacer partícipe al otro de lo que somos. Pero es probable que sea justo el contrario. Y que la diferencia no sea el medio —analógico o digital—, sino la gratuidad. Algo a lo que parece que los críos y los viejos, a diferencia del resto, están dispuestos y predispuestos.

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