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Amor de madre

Parece que de la maternidad solo se pueden plasmar los sinsabores. Por eso leo ‘Matriz’, la primera novela de Sofía Brotóns, como un manifiesto revolucionario: porque no le teme a la luz

Cuando era niña, Santa Teresita de Lisieux le preguntó a su madre si iría al cielo, a lo que esta respondió que sí, siempre que fuera buena. “Pero si no fuese buena, iría al infierno. Sé muy bien lo que haría entonces: volar a ti, que estarías en el cielo. ¿Cómo se las arreglaría Dios para cogerme? Tú me apretarías fuertemente en tus brazos”, replicó la niña. Lo sabemos porque la madre se lo contó a una de sus hermanas mayores en una carta, poco antes de morir. “Leí en sus ojos que estaba positivamente convencida de que nada podría hacerle Dios si se escondía entre los brazos de su madre”, aña...

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Cuando era niña, Santa Teresita de Lisieux le preguntó a su madre si iría al cielo, a lo que esta respondió que sí, siempre que fuera buena. “Pero si no fuese buena, iría al infierno. Sé muy bien lo que haría entonces: volar a ti, que estarías en el cielo. ¿Cómo se las arreglaría Dios para cogerme? Tú me apretarías fuertemente en tus brazos”, replicó la niña. Lo sabemos porque la madre se lo contó a una de sus hermanas mayores en una carta, poco antes de morir. “Leí en sus ojos que estaba positivamente convencida de que nada podría hacerle Dios si se escondía entre los brazos de su madre”, añadió.

Con apenas tres años, la Santa le puso imagen a una de las realidades más difíciles de asir y nombrar: el amor de una madre. Un amor tan fuerte que no se quiebra aunque el amado yerre ―ni aunque la amante sea siempre imperfecta―; un amor cuyo poder compite con el del propio Dios ―porque de Él es reflejo, como aprenderá Teresita después―. Quien ha sido abrazado alguna vez con la fuerza que describe la Santa sabe de su poder. Y quien no, aún más: no hace falta ser freudiano para saber que la llaga primera, en muchos casos eterna, viene siempre del amor primero. Crees que conoces personas heridas, que tú mismo eres una de ellas, hasta que te encuentras con alguien a quien su madre no lo ha sabido, o no lo ha podido querer: entonces entiendes lo que es vivir a la intemperie.

Al amor de madre y sus complejidades se le ha escrito mucho y muy bien desde el albor de los tiempos. A su exceso y a sus carencias. Pero venía sucediendo en los últimos años que de la maternidad parecía que solo se podían plasmar los sinsabores, con libros sobre madres que se arrepentían o que abandonaban a sus hijos e hijos que para sus madres no tenían más que reproches. Un fenómeno curioso por muchas razones, como que esos títulos hayan convivido en los expositores de novedades con bellos cantos a la paternidad escritos por hombres, como si el desencantamiento de ellas hubiera supuesto el descubrimiento de ellos.

Igual por eso leo Matriz, la primera novela de Sofía Brotóns, que lleva tres ediciones en tres meses, como un manifiesto revolucionario: porque no le teme a la luz. La trama es muy sencilla: hay una mujer que ama. Que ama a su madre y a sus hijas. A la que nació y a la que no, fruto de “la única decisión que no es una decisión”. Y que se atreve a hablar de ello más allá de los tamices que han hecho que la literatura de la generación de Brotóns, que es la mía, se parezca a veces al pasillo sin gluten y sin azúcar de los supermercados: la ideología como pose, el moralismo, el adanismo.

Hace un par de semanas, justo cuando empezaba a leer el libro, mi padre me dijo una tarde mientras mis hijos jugaban a su alrededor que no creía en Dios porque, si el cielo existiera, su madre habría vuelto para pasar al menos un rato con él. Su reflexión es la misma que la de Santa Teresita pero al revés, porque así es la fe de los ateos, tuerta pero no ciega. Lo sé porque la he tenido.

En ese momento no supe responderle, porque es verdad que es muy extraño que ni el amor de una madre pueda vencer a la muerte. Por la noche, cuando mi hijo pequeño colocó bajo su cabeza, como todos los días, el cojín que ella me hizo, caí: no es que mi abuela no hubiera vuelto, es que nunca se había ido. Esa es, quizá, la característica definitoria del amor materno, ese que retrata Teresa de Lisieux y al que le escribe Sofía Brotóns: que tiene la capacidad de permanecer, no como entelequia sino como certeza, no como recuerdo sino como presencia, cuando ellas se van.

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