La olimpiada de las drogas
Los llamados “Juegos Aumentados”, financiados por multimillonarios, ponen al deporte de élite frente al espejo de sus propios excesos
Uno de los acontecimientos más espectaculares de este año que entra ocurrirá el 21 de mayo en Las Vegas: una competición deportiva en que los atletas irán hasta las cejas. Quizá no de cualquier sustancia, pero desde luego sí de las llamadas drogas para...
Uno de los acontecimientos más espectaculares de este año que entra ocurrirá el 21 de mayo en Las Vegas: una competición deportiva en que los atletas irán hasta las cejas. Quizá no de cualquier sustancia, pero desde luego sí de las llamadas drogas para mejorar el rendimiento (PED, por performance-enhancing drugs), como por ejemplo los esteroides anabólicos, que imitan a la testosterona y promueven el crecimiento muscular, los estimulantes que mejoran la concentración y la eritropoyetina, una hormona que fomenta la producción de glóbulos rojos en la médula ósea y, por tanto, incrementa el aporte de oxígeno a los músculos.
El organizador de estos Enhanced Games (Juegos Aumentados), llamados a veces “la olimpiada de las drogas”, es el empresario australiano Aron D’Souza, que lleva varios años peleando para organizar el evento. Según él, se trata de defender la libertad de los deportistas. La mayor parte de los que se han apuntado son nadadores, aunque también hay levantadores de peso y algún otro atleta. Y la mayoría son hombres, aunque la nadadora colombiana Isabella Arcila y la levantadora de peso dominicana Beatriz Pirón se cuentan entre las mujeres que competirán. De momento no hay ningún español en la lista. No sé qué dice esto del país.
En vez de una medalla de oro, cada ganador se llevará medio millón de dólares, más otro millón si bate un récord de los gordos (100 metros lisos en la pista o 50 metros libres en la piscina). Recibir esa pasta en Las Vegas puede ser un riesgo si a uno le gusta la ruleta, pero, por lo demás, D’Souza se ha asegurado de no obligar a nadie a tomar ningún PED, y de que quienes los tomen lo hagan bajo una atenta supervisión médica. D’Souza es abogado además de empresario, y sin duda es consciente de la que se le podría liar si un atleta sufre un colapso en la pista, cosa que nunca es descartable con estas sustancias.
Las agencias reguladoras están que trinan. El Comité Olímpico Internacional, la Agencia Mundial Antidopaje y la Agencia Antidopaje de Estados Unidos han recordado en estos meses que permitir los PED es peligroso para la salud. Otros organismos han proclamado reservas de una índole más moral, como el posible blanqueo de estas sustancias ante la opinión pública y los deportistas más jóvenes. Puede haber un punto de hipocresía en ello, porque el atletismo de élite lleva décadas, si no siglos, jugando en la frontera de lo detectable. A nadie se le oculta que los médicos de los atletas y los de los reguladores se traen una discreta guerra de armamentos entre el a ver si cuela y el aquí te pillo. De los gimnasios de barrio mejor ni hablar, y de los influencers deportivos ya bastante hablan ellos mismos.
Con todo y ello, será interesante, por decir lo menos, observar lo que ocurrirá si algún nadador o corredor bate un récord de los del millón de dólares. En aras de la transparencia, la lista de drogas que ha tomado el vencedor o la vencedora será pública, y resulta francamente difícil imaginar una mejor campaña de publicidad para esas sustancias. De hecho, el nadador griego Kristian Gkolomeev ya ha batido el récord de 50 metros libres gracias a las sustancias dopantes, en una prueba de concepto sin valor oficial organizada el año pasado por D’Souza.
Es posible que el empresario australiano sea un visionario y que haya augurado correctamente un negocio colosal en que el deporte se despoje de la habitual murga sobre el espíritu olímpico y se revele como el espectáculo de lo desmesurado que ya es incluso sin ayudas químicas. Y los atletas de élite no suelen ser muy receptivos a los argumentos sobre su salud. Pronto lo sabremos.