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En la espera

No soy tan sensible a la belleza de los paisajes como a la de esas personas que existen con una contundencia que no se encuentra en los demás humanos

Era un fruto imposible, un animal extinto. Estaba en la sala de embarque de un aeropuerto, en Uruguay. Usaba un modo de moverse tan distinguido que parecía enmarcada. Primero vi la falda vaporosa, un fondo negro estampado con flores de color vivo, y los pies dentro de unas sandalias chatas sujetadas apenas por un hilo de color café, como si una raíz hubiera surgido desde las baldosas del aeropuerto y la hubiera envuelto cuidadosamente. Toda esa belleza hecha para el sobresalto estaba haciendo lo que hacíamos todos, esperar, pero su espera era una ofrenda. Llevaba sobre los hombros algo —podría...

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Era un fruto imposible, un animal extinto. Estaba en la sala de embarque de un aeropuerto, en Uruguay. Usaba un modo de moverse tan distinguido que parecía enmarcada. Primero vi la falda vaporosa, un fondo negro estampado con flores de color vivo, y los pies dentro de unas sandalias chatas sujetadas apenas por un hilo de color café, como si una raíz hubiera surgido desde las baldosas del aeropuerto y la hubiera envuelto cuidadosamente. Toda esa belleza hecha para el sobresalto estaba haciendo lo que hacíamos todos, esperar, pero su espera era una ofrenda. Llevaba sobre los hombros algo —podría denominarse chal—colocado con la tiranía del desparpajo, con el solvente revoleo de alguien que se colocó sobre los hombros cosas así durante toda la vida, con gracia y con desenvoltura. Tendría, calculo, 70 años, rostro como de Nefertiti, la boca extraordinaria, las cejas altas, los ojos oscuros que contemplaban con displicencia la pantalla de un teléfono mientras las manos de reina involuntaria daban toques serenos a la superficie lisa. Era una aparición. Si me hubieran dicho que provenía de Neptuno lo hubiera creído. La belleza le venía desde adentro como un aire blanco, una tormenta de oro. Pudo haber estado hecha de ámbar y creo que, si se le hubiera producido un rasguño en la piel, hubiera brotado desde adentro un rayo de sol. No soy tan sensible a la belleza de los paisajes como a la de esas personas que existen con una contundencia que no se encuentra en los demás humanos. Esta mujer no parecía ni buena ni mala, ni simpática ni antipática. Estaba puesta en la sala de embarque como una instalación. No pedía nada, no prometía nada, no ofrecía la posibilidad de una historia. Su singularidad desbordaba ese espacio impersonal que no estaba hecho para ella. Permanecía ahí sin prestar atención, inútil, ajena, un desajuste capaz de hacer sentir tanto en medio de un lugar diseñado para, precisamente, no sentir nada.

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