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Una expedición mexicana llega al fin del mundo

Un grupo de científicos de la UNAM aterriza en la Antártida en la primera campaña oficial de investigación del país

Elsa Arellano, Rafael López, Daisy Valera y Laura Almaraz en el Instituto de Geología de la UNAM, el 28 de enero.Ginnette Riquelme Quezada

Desde un laboratorio en el Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero con los pensamientos todavía en el hemisferio austral, los integrantes de la primera expedición oficial mexicana en ir a la Antártida con fines de investigación reciben a EL PAÍS después de un histórico viaje que los llevó, durante un mes, al fin del mundo. Gracias al apoyo del Centro Nacional de Ciencia Antártica de Ucrania (NASC), el doctor Rafael López y las doctoras Daisy Valera, Elsa Arellano y Laura Almaraz han compuesto el primer “grupo mexicano que va a hacer ciencia” al Polo Sur.

Aún emocionados por lo vivido hace apenas unas semanas, los científicos de la UNAM narran que todo sucedió muy rápido. “Las presentaciones [de los proyectos] fueron en agosto, en septiembre sacaron la convocatoria, en octubre nos dijeron que sí [nos habían elegido] y nos fuimos a finales de noviembre”, recuerda Almaraz, doctora en Ciencias del Mar y Limnología. Desde que les anunciaron que irían a la Antártida hasta que zarparon, fueron días frenéticos en los que tuvieron que prepararse para un viaje como ningún otro. “No es trivial. No es ir a hacer campo a Xochimilco”, bromea la doctora en Ciencias de la Tierra Daisy Valera.

Más allá de un proyecto de investigación robusto, la parte física también era importante para llevar a cabo esta expedición en una zona conocida por ser inhóspita. “La Antártida es un lugar muy frío todo el tiempo. Siempre tienes que hacer mucho esfuerzo, [por ejemplo], si caminas en la nieve o tienes que ir a la montaña”, explica Rafael López, doctor en Ciencias de la Tierra. Los cuatro integrantes tuvieron que realizarse análisis médicos y someterse a distintos estudios que evaluaron su capacidad de esfuerzo y su corazón. Superadas las pruebas, la aventura comenzó.

El grupo zarpó de Chile a finales de noviembre en un buque rompehielos con destino a Vernadski, una base de Ucrania, sus anfitriones, a más de 1.300 kilómetros de distancia del continente americano. Lo primero era cruzar el famoso pasaje que separa América del Sur de la Antártida. “El estrecho de Drake es el lugar con más tormentas del mundo. Incluso con el mar tranquilo, tienes olas de tres metros. [...] Una vez que estás en Punta Arenas, todo es lindo, pero cuando sales del estrecho de Magallanes y pasas el estrecho de Drake, es donde en realidad te das cuenta [de] que la vida continental acabó“, narra López.

Tras cinco días de navegación en una embarcación que se sacudía de un lado a otro mientras atravesaba un mar traicionero con un clima impetuoso, la expedición tocó tierra y se dividió en dos para comenzar su trabajo. Las doctoras Elsa Arellano y Laura Almaraz, de la Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra (Encit), reanudaron la travesía a bordo del navío ucranio por las aguas de la Antártida. Entre tanto, los doctores Rafael López y Daisy Valera, del Instituto de Geología, desembarcaron en la base Vernadski, ubicada en el archipiélago de Wilhelm.

Un milímetro de sedimento para desenterrar 100 años

Elsa Arellano, doctora en Oceanografía, explica que su proyecto consiste en estudiar los sedimentos marinos, que sirven como “un archivo paleoclimático” para reconstruir cambios ambientales. “Cada uno de los estratos que se va depositando a lo largo del tiempo trae cierta información oceanográfica y climática”, comenta. La líder de esta investigación señala que, cuando un organismo que vive en la superficie del océano muere, sus restos se depositan en el fondo. “Se van acumulando capa por capa y, en cada una de esas capas, nosotros tenemos una fotografía de lo que estuvo sucediendo en la superficie en el momento [en el] que ellos se murieron”, agrega.

Para lograr obtener esas muestras, el clima era un factor fundamental. Si nevaba o el viento era muy fuerte, el barco no podía navegar. El buque en el que viajaban las científicas Arellano y Almaraz estaba equipado con un multinucleador, una herramienta especializada para sacar el sedimento. Almaraz define este aparato como “una gran jeringa que toma un cacho de sedimento” y que es manipulado con una grúa desde el navío.

Cuenta que el multinucleador se sumerge en el agua, succiona el lodo que encuentra en el fondo y va rellenando cada uno de sus tubos de muestras de ese sedimento. Tras la extracción, con el aparato fuera del agua, las científicas toman este material para su análisis en el laboratorio. El potencial de esas muestras es enorme. La doctora Almaraz afirma que un milímetro de sedimento recolectado equivale aproximadamente a 100 años de historia paleoclimática. Y detalla: “Podemos reconstruir, por ejemplo, el cambio climático, qué tan rápido se está deshielando la zona, cuánto ha aumentado el nivel del mar y los cambios de salinidad, pH y oxigenación”.

Rocas para descifrar el Jurásico

Hace más de 145 millones de años, la Tierra, entonces dominada por los dinosaurios, tenía una configuración muy distinta a la que conocemos hoy. Durante el periodo del Jurásico, la Pangea, el supercontinente que precede a los continentes actuales, comenzó a fracturarse. La Antártida en esa época también distaba mucho de lo que es actualmente. López relata que el clima no era frío y existían bosques con una gran variedad de plantas y animales. Había, incluso, pingüinos enormes de 1,50 metros de altura. “Hasta mucho después, la Antártida se separó por completo de América del Sur y se instaló esa corriente que le da la vuelta, que es la corriente circumpolar. Eso es lo que la convirtió en un lugar completamente frío”, subraya.

Este retrato del Jurásico es posible gracias a investigaciones como la que realizan los científicos Rafael López y Daisy Valera. “Nosotros estudiamos rocas que son del Jurásico para reconstruir cómo era el clima en la Antártida en esa época”, señala López. Narran que, para recolectar las muestras de las piedras que necesitaban, se trasladaban entre las islas de la Antártida en unas pequeñas embarcaciones inflables con el motor fuera de borda. El problema radicaba en la fragilidad de estas balsas, que podían romperse fácilmente con pedazos de hielo que, por encima aparentaban ser pequeños, mientras que debajo escondían gigantes bancos de hielo que podían dejarlos tirados en medio del mar.

Tras su expedición al fin del mundo, el trabajo apenas comienza. El grupo de científicos espera pronto la liberación aduanal de las muestras recopiladas en la Antártida para arrancar las investigaciones que arrojarán los resultados finales en aproximadamente un año. López, Valera, Arellano y Almaraz coinciden en la trascendencia que este viaje tiene para demostrar las capacidades científicas del país. Destacan, sobre todo, la oportunidad que tiene México para contribuir al Tratado Antártico, creado en 1959 para proteger este espacio y promover la investigación científica, y del cual no es signatario.

El Tratado será revisado en 2048, lo que abre una ventana para el país. “México podría poner los ojos en la Antártida y yo creo que ese es el momento correcto para empezar a hacerlo”, sostiene López. Mientras los científicos esperan la llegada de sus muestras y sueñan con el día en el que exista una base mexicana en el hemisferio austral, una segunda campaña mexicana de investigación se prepara para aterrizar en el Polo Sur en los próximos meses.

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