“Todo ha ido a peor” en la tierra de ‘No Other Land’ casi un año después del Oscar
El palestino Hamdan Ballal, codirector del documental que ganó la estatuilla, denuncia una reciente agresión de colonos a su familia y lamenta el negro horizonte de Cisjordania
Hamdan Ballal se adelanta a la previsible pregunta y la responde entre la molestia y el hartazgo. “Sé que me lo vais a preguntar: ‘Si esto no es vida, ¿por qué te quedas?’. Pues porque no tengo por qué irme de mi tierra […] Es una pregunta que pone la responsabilidad en la víctima. La cuestión es por qué si la ley internacional ...
Hamdan Ballal se adelanta a la previsible pregunta y la responde entre la molestia y el hartazgo. “Sé que me lo vais a preguntar: ‘Si esto no es vida, ¿por qué te quedas?’. Pues porque no tengo por qué irme de mi tierra […] Es una pregunta que pone la responsabilidad en la víctima. La cuestión es por qué si la ley internacional prohíbe lo que me pasa, no sucede nada”. En su situación, agrega, irse no sería “una elección” como las que toman cada día muchas otras personas en el mundo, sino el cumplimiento de la “orden” que le dan cada día los colonos israelíes a su alrededor y las autoridades militares que los apoyan, por acción u omisión.
Hace casi un año que ganó el Óscar por No Other Land, pero la estatuilla de Hollywood ni ha mejorado su día a día, ni le protege de los ataques de colonos que ya recogía el exitoso documental palestino-israelí que se lo dio. “A veces los colonos me hacen comentarios sobre el Óscar, pero no sé si ha hecho las cosas peores. Lo que sí sé es que, al venir a mi casa, lanzan un mensaje que es: ‘Nos da igual que tengas un Óscar’. Hace dos semanas vino uno a mi casa y me dijo: ‘Si quieres vivir tranquilo, vete. Si no, llegaré de noche y te destrozaré a ti a tu familia”.
El documental ―codirigido con Yuval Abraham, Basel Adra y Rachel Szor― transcurre donde vive y habla Ballal: Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania de la que más de mil residentes pueden ser legalmente expulsados en cualquier momento y nada ha ido a mejor. Ballal, de 37 años, lo expresa con el rostro y con las palabras: “Veo el futuro muy negro. Cualquiera que viva aquí te dirá lo mismo”. Recuerda que el ejército israelí tiene tal control sobre Cisjordania ―donde ha acelerado este mes su anexión de facto― que puede “aislar todos los pueblos en un minuto, cerrando todas las vallas”.
Activista y periodista, Ballal es menos famoso que el israelí Abraham y el palestino Adra, los dos protagonistas de la película (y desde entonces amigos) que subieron a recoger el galardón con un discurso sobre sus distintas realidades en Israel y Cisjordania. Pero es consciente de que sus únicas “armas” (usa esa palabra) son una cámara de seguridad instalada en un precario poste y alimentada por una pequeña placa solar (para grabar las posibles agresiones y desmentir acusaciones), un puñado de perros (“para alertarnos por la noche con sus ladridos si vienen a pegarnos”, precisa) y, por supuesto, la notoriedad que le ha dado No Other Land. La vive como una nueva “responsabilidad” ante los suyos, por dar un eco a su mensaje del que otros carecen. “No iba a coger el Óscar e irme”, resume.
Por eso, ha convocado a la prensa (a través de un mensaje difundido por Abraham) a su humilde casa familiar de cemento sin pintar con tejado de aluminio en Susia, uno de los poblados que conforman Masafer Yatta. El ambiente bucólico, con el incipiente verde primaveral y el trinar de los pájaros, contrasta con la cercanía del peligro. A apenas decenas de metros, tres colonos del radical asentamiento cercano (también llamado Susya y con un historial de violencia) miran con atención. Acaban de pitar insistentemente a un coche que ascendía más lento por el pedregoso e irregular camino, dejando claro que aquí ellos deciden. Los cazas israelíes sobrevuelan cada poco instalando un incómodo zumbido en el ambiente.
“La situación ha empeorado porque esta es una zona de agricultores y ganaderos, y la gente no puede labrar ni plantar la tierra. Si alguien saca a pastar el ganado, el ejército y los colonos vienen a impedírselo”. Entre unos y otros, prosigue, “te acorralan”.
El mes pasado, un grupo de colonos quemó partes de algunas viviendas, robó ganado y lanzó piedras contra palestinos en Jirbet al Fajit, Jirbet al Halawa y Jalet al Daba, otras tres aldeas de Masafer Yata, según activistas, paramédicos y vídeos difundidos en redes sociales, que denunciaron que el ejército impidió la llegada de ambulancias.
El motivo de la convocatoria es la última agresión que ha sufrido su familia, el pasado domingo. En concreto su hermano Mohamed, que acabó hospitalizado después de que un colono-soldado (un fenómeno multiplicado en los dos últimos años, con la movilización de reservistas a raíz de la invasión de Gaza) llegase hasta su casa, pese a que un tribunal israelí dictaminó dos semanas antes la clausura de la zona para no residentes.
Mohamed, de 34 años, cuenta que estaba comiendo con su familia en unos sillones que tienen en medio de la vegetación, junto a la casa, cuando llegaron dos soldados. Vio cómo un colono parecía darles instrucciones. Al llegar a la casa le pidieron la documentación.
“Me indicó que me tumbara en el suelo. Lo hice. Me exigió la documentación. Le respondí que la tenía dentro de la casa, pero que se la podía mostrar en el teléfono. Querían las de todos. Se empezó a poner muy violento y a decirme que estaba en las tierras de los colonos y que tenía que irme. Acabó agarrándome del cuello”, explica Mohamed a este periódico. Hamdan recuerda cómo su sobrino se asustó al ver “cómo se ponía azul” y le costaba respirar de camino al hospital, donde recibió oxígeno y estuvo varias horas.
El colono, precisa, era Shem Tov Luski. El mismo que agredió a Hamdan a su regreso de la gala de los Óscar en Los Ángeles. “Venían a matarme”, dijo entonces, aún con la ropa ensangrentada, al ser liberado de su arresto.
Los soldados se llevaron arrestados a dos de sus hermanos y a un sobrino. “Los dejaron esposados tres horas frente a una base y los soltaron en medio de una carretera en la que están los colonos. Era muy peligroso. No estuve tranquilo hasta que supe que alguien los ayudó y llevó a su casa”, recuerda Hamdan.
A su lado y ataviada con el traje tradicional de la zona, la madre de Hamdan, Hamdi, elabora labne, un queso típico de Oriente Próximo. A sus 65 años, es menos de discursos y más de resignación. “Los colonos nos vuelven locos todos los días, pero esta es nuestra tierra y todo viene de ella. Simplemente, tenemos paciencia. ¿Qué otra cosa podemos hacer?”.