Ir al contenido

Nuestra pluma es más fuerte que sus puños

La paliza al árbitro aleman Pascal Kaiser pretende ser más que una agresión homófoba. Es un mensaje

A la izquierda, Pascal Kaiser le ofrece a su novio un anillo de compromiso. A la derecha, el árbitro tras sufrir una agresión, en una imagen publicada en redes sociales.

En los años noventa, casi todos los equipos de fútbol tenían una mascota y casi todos los colegios tenían un maricón. Yo fui el del mío (el maricón, no la mascota). Por eso, cuando llegó Manolito, en sexto de EGB, me alegré. Manolito era expansivamente al...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

En los años noventa, casi todos los equipos de fútbol tenían una mascota y casi todos los colegios tenían un maricón. Yo fui el del mío (el maricón, no la mascota). Por eso, cuando llegó Manolito, en sexto de EGB, me alegré. Manolito era expansivamente alegre, sinuoso en el caminar. Tenía la mirada lánguida y los labios siempre hidratados con gloss, lo que le daba un puntito glaseado, la guinda de un barroco pastel. Manolito era maricón, vaya. Y esto me alegró muchísimo. No por haber encontrado a alguien como yo, apenas sospechaba entonces cómo era yo, sino porque los abusones hubieran encontrado un rival más débil.

Manolito pasó a ser el maricón oficial del colegio y yo ascendí al puesto de simple marginal. Durante ese año de tregua me junté con los chicos, gocé de un ascenso social e intenté incluso jugar al fútbol. Evité de todas las maneras posibles al pobre Manolito. Con el tiempo me he dado cuenta de que en realidad el pobre era yo, que Manolito no era más maricón, sino más valiente, más de verdad. En un mundo de niños que luchaban por ser hiperadaptados y uniformes, él supo llevar a gala sus diferencias.

Fui a un colegio público madrileño en una periferia de ladrillo visto y toldo verde. Tenía un patio modesto, de tres campos de fútbol. No es esta una forma de medir el espacio metafórica, aludiendo a un concepto espacial que todos conocemos. Era literalmente lo que había: tres campos de fútbol. Uno era el campo de los mayores, otro el de los pequeños y un tercero reconquistado para combinar fútbol y baloncesto. El resto era periferia. Los campos estaban delimitados por líneas de colores, fronteras infranqueables que separaban a unos niños de otros. Traspasarlas significaba ocupar el centro, formar parte de algo, dejar de ser público y pasar al escenario, al lugar donde pasaban las cosas. Yo siempre me moví en la periferia, flotaba en los márgenes, con el aire solícito del marginado. Aquel año me adentré en el campo de fútbol como quien entra en una guerra: esquivando golpes e intentando no llamar la atención. Pronto se recrudecieron los insultos. Era malo porque era un maricón.

Decía Alana S. Portero que “antes de definirte tú mismo, los demás te dibujan los contornos con sus palabras y sus violencias”. Y fue eso lo que nos pasó, en distintos grados, a Manolito y a mí. Eso fue lo que nos pasó a muchos niños LGTBIQ+, que aprendimos en un patio de colegio que nuestro lugar estaba en los márgenes. Fue el fútbol, antes que el sexo, el que nos marcó a muchos como maricones.

He pensado mucho en este tema estos días, al leer primero con alegría, después con rabia, la historia de Pascal Kaiser. La semana pasada, este árbitro alemán de 27 años le propuso matrimonio a su novio, Moritz, ante unos 40.000 espectadores antes de un partido de la liga de fútbol alemana. En el estadio la gente aplaudió, pero en las redes sociales empezó el acoso. Lo amenazaron, lo insultaron y filtraron su dirección. También se escribieron mensajes de apoyo y de gente escandalizada ante tanta homofobia. A estos les replicaban esa vieja letanía cacatúa: “¿Qué necesidad de exhibirse de esta manera?” “Prueba a hacer eso en Palestina”. Pero Kaiser no tuvo que irse a Palestina para sufrir las consecuencias. Estas llegaron hasta su casa.

El pasado domingo por la noche el árbitro llamó a la policía para denunciar, que restó importancia a sus palabras. 20 minutos después de colgar, tres hombres lo sorprendieron en la puerta de su casa y le dieron una paliza, según confirmaba —con una serie de fotografías escalofriantes— el diario francés L’ Equipe.

En Madrid se registra una agresión LGTBIfóbica al día. Es una dinámica que se repite; basta echar un vistazo a la hemeroteca. Homosexuales apaleados, mujeres trans hinchadas y amoratadas. Enseñamos las cicatrices, mostramos nuestros cuerpos como una cartografía del desastre. Nuestras heridas son el mensaje, nos dicen lo que puede pasar si no andamos con cuidado. La paliza a Pascal Kaiser no fue solo un delito de odio, fue un mensaje de advertencia. Para él y para todos los que somos como él. Nos están diciendo que deberíamos seguir en los márgenes, que hay espacios en los que no podemos estar, donde no podemos ser.

Me dan asco los violentos, pero también me dan rabia los tibios, los que dicen que la sexualidad es algo privado. La que se sale de la norma, claro. ¿Cuántas pedidas de mano heterosexuales y públicas hemos visto que no han acabado en paliza?

Toda persona no heterosexual sabe, ha aprendido a detectarlo, cuando un lugar es inseguro. Tenemos mapas mentales, detectamos señales (la banderita de España en la muñeca es una) que nos hacen recoger la pluma, soltar la mano amada y mirar hacia abajo. Aprendemos a desaparecer. Yo lo hice en el colegio, confiando en que Manolito se llevara todos los palos. Lo hice en un trabajo horrible lleno de homófobos en el que pensé que me despedirían al saberlo. Pero hace tiempo que me cansé de hacerlo. Soy consciente de que hemos avanzado en derechos gracias a gente cansada de transigir. Gente como Manolito, que supo reclamar su espacio en los márgenes. Gente como Kaiser, que reivindicó su sitio allá donde no somos bienvenidos. Cuando uno solo tiene fuerza, piensa que todo lo que no entiende puede resolverse a golpes. Pero nuestra pluma es más resistente que sus puños. Nuestro orgullo puede más que su fobia, que no es más que una forma fina de decir miedo. Son cobardes. Hace tiempo que rompimos los armarios. Y no vamos a volver a ellos, ni aunque pretendan arrastrarnos a base de hostias.

Archivado En